Videojuegos para enseñar Historia

A lo largo del tiempo que llevo trabajando con videojuegos en las aulas, he podido ir topando con opiniones diversas acerca de mi trabajo. He detectado en primera persona que el uso educativo de los videojuegos sigue siendo un tema controvertido. Compañeros de profesión han llegado a sentirse casi ofendidos por la sola idea de “jugar a maquinitas”, al entender que la enseñanza con videojuegos elimina el esfuerzo del alumno de la “ecuación” educativa, o que incluso con ello se pretende algún tipo de “revolución” que niega los efectos de las enseñanzas tradicionales. Por todo ello, conviene aclarar que la utilización de un videojuego en un aula debe tener un sentido, y que debe estar orientada a conseguir objetivos que otras metodologías no aportan. No se pretende desterrar las demás metodologías, sino señalar que determinados videojuegos, en determinadas circunstancias y con una acción didáctica complementaria, permiten aprendizajes concretos de un alto nivel de cognición que serían muy difíciles de conseguir con otras metodologías. Es decir, se ha demostrado que los videojuegos pueden aportar aspectos complementarios interesantes en la enseñanza y, también en concreto en la enseñanza de la Historia.

De hecho, el uso de videojuegos ambientados en diferentes etapas del pasado permite al alumnado de Educación Primaria y Secundaria entender conceptos complejos de la Historia, como aquellos relacionados con el tiempo (cambios, duraciones o sucesiones), y también realidades de las sociedades históricas asociadas a lo cotidiano (economía, desigualdad social o cultura). Así se constata en una investigación desarrollada en la Universidad Pública de Navarra (UPNA) basada en varios talleres didácticos con estudiantes de entre 12 y 14 años de seis centros educativos de la Comunidad Foral: Cardenal Ilundáin y San Juan de la Cadena (ambos de Pamplona), Francisco Javier Sáenz de Oiza (Cáseda), Doña Álvara Álvarez (Falces), Santa María la Real-Maristas (Sarriguren) y el IESO de Berriozar.

La investigación siguió una doble línea de trabajo. Por un lado, se analizaron las representaciones sociales del Medievo, perceptibles en los propios videojuegos, en las producciones electrónicas de los “gamers” o jugadores (por ejemplo, foros, chats o diversos portales) y en la publicidad de estos juegos. Por otro lado, se buscó conocer el impacto de los videojuegos en las aulas, por medio de talleres realizados en centros de Educación Primaria y Secundaria. Los resultados del proyecto se pueden encontrar en la web www.historiayvideojuegos.com.

En estos talleres, no sólo se analizaron las respuestas de los alumnos a sencillas encuestas, sino que, además, se intentaron realizar pequeñas propuestas didácticas con la finalidad de enseñar Historia utilizando, junto a otros recursos más clásicos, videojuegos comerciales ambientados en épocas del pasado, en este caso, medieval. Es lo que se denomina Aprendizaje basado en juegos.

Por lo tanto, la utilización de los videojuegos puede ser una herramienta didáctica más, integrada dentro de las programaciones docentes ordinarias, para reforzar la comprensión de fenómenos históricos complejos no ligados a la Historia factual. Podemos afirmar que las estrategias lúdicas (gamificación, aprendizaje basado en juegos, juegos serios…) permiten lograr aprendizajes efectivos, interesantes, motivadores, diferentes y complementarios y, por tanto, deberían poder integrarse en todas las etapas educativas, si bien, hoy en día, suelen restringirse a Educación Infantil y Primaria.

 

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Esta entrada ha sido elaborada por Íñigo Mugueta Moreno, profesor del Departamento de Ciencias Humanas y de la Educación e investigador de la UPNA

Las consecuencias jurídicas de las infecciones asociadas a la asistencia sanitaria

Entre los incidentes negativos o “eventos adversos” que pueden perjudicar a los pacientes, las infecciones asociadas a la asistencia sanitaria (en inglés, Health Care-Associated Infection -HCAI-), y especialmente las hospitalarias o nosocomiales, son, según la OMS, los que se producen con mayor frecuencia en el mundo. Entre las infecciones hospitalarias, las cuatro endémicas más comunes son las urinarias, las del sitio de una intervención quirúrgica, la neumonía y las relacionadas con el uso de catéteres intravasculares. En España, constituyen la segunda causa de eventos adversos, por detrás de la relacionada con la medicación, según el Estudio Nacional sobre los Efectos Adversos ligados a la Hospitalización (ENEAS), de 2005.

Estas infecciones representan un serio problema, tanto desde la perspectiva de la salud pública (agravado por el incremento de la resistencia a los antibióticos), como desde el punto de vista económico. La Unión Europea recoge en la Recomendación de 9 de junio de 2009, del Consejo de la Unión Europea, sobre la seguridad de los pacientes, en particular la prevención y lucha contra las infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria (2009/C 151/01), que, según estimaciones del European Centre for Disease Prevention and Control (ECDC), anualmente en Europa las infecciones hospitalarias afectan a unos 4,1 millones de pacientes y causan directamente unas 37.000 muertes. A ello debe añadirse la producción de pérdidas de aproximadamente 7 billones de euros solo en costes directos. En España, el reciente estudio EPINE-EPPS 2017 de la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Salud Pública e Higiene, realizado sobre 313 hospitales y 61.673 pacientes, informa que el pasado año la prevalencia de pacientes con infección nosocomial en España era del 7,74%, solo ligeramente inferior al 7,88% de 1995.

Sin embargo, y a pesar de su relevancia, se trata de un problema prevenible y evitable en un porcentaje que, en Europa, se estima en el 20-30%, lo que explica, primero, que la tasa actual de infecciones nosocomiales se considere inaceptable y, segundo, los numerosos programas que se han puesto en marcha desde principios de este siglo con el objetivo de reducir su incidencia. En España, las iniciativas para combatirlo se incluyen actualmente en la Estrategia de Seguridad del Paciente del Sistema Nacional de Salud (2015-2020) del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

Desde la perspectiva de los pacientes afectados, las infecciones nosocomiales pueden originar daños como la ceguera o la amputación de algún miembro, un agravamiento del proceso que motivó inicialmente la asistencia sanitaria, la prolongación de la hospitalización o, incluso, el fallecimiento del enfermo. También pueden provocar otros daños económicos o morales; por ejemplo, cuando implican inactividad profesional o pérdida de habilidades para el paciente.

Se entiende así que el enfermo o sus familiares se planteen reclamar la indemnización de los perjuicios derivados de la infección hospitalaria. Sin embargo, mientras el sistema sanitario español está reaccionando seriamente ante el problema en lo que le corresponde, la respuesta de la jurisprudencia a las pretensiones individuales de los perjudicados por infecciones nosocomiales resulta más confusa: no siempre se entiende por qué en unos casos la reclamación prospera y en otros no, o por qué las cuantías del baremo de accidentes de circulación son en unos casos adecuadas y en otros, no; y lo mismo ocurre con la insegura aplicación de la doctrina del daño desproporcionado, o de la antijuridicidad de la lesión… Tampoco parece posible anticipar si una mera referencia genérica, en el consentimiento informado firmado por el paciente, a la posibilidad de contraer “infecciones” se considerará o no como información “adecuada y suficiente” que libere de responsabilidad al prestador del servicio.

Lo cierto es que un paciente hospitalizado se ve sometido a un riesgo de infecciones nosocomiales cuya magnitud generalmente ignora. Salvo los supuestos infrecuentes de riesgo totalmente desconocido e imprevisible para la ciencia médica (en su día lo fue el contagio de VIH), que excluye lógicamente cualquier medida previa, en la mayoría de las ocasiones las infecciones nosocomiales son, bien debidas a negligencias o fallos -y por ello evitables-, bien conocidas y previsibles -pero inevitables por producirse, a pesar de la perfecta corrección técnica de los tratamientos o intervenciones y de la adopción de todas las medidas razonablemente exigibles-.

En el primer caso, si las infecciones pudieron y debieron haberse evitado, resulta razonable indemnizar sus consecuencias. En estos supuestos, uno de los problemas de mayor interés práctico radica en determinar si las dudas acerca de la causa del daño o de la negligencia supuestamente cometida -cuando esta es también necesaria- deben perjudicar al demandante (paciente, familiares) o al demandado (titular privado o público del centro, profesionales). Aunque el punto de partida es que la carga de la prueba corresponde al demandante, en ocasiones puede invertirse (aspecto en el que las sentencias no siempre resultan coincidentes), siendo entonces el demandado quien, para resultar absuelto, deba demostrar ser ajeno a la causa del daño o haber actuado diligentemente.

En el segundo caso –infecciones previsibles, pero inevitables-, parece que solo la asunción del riesgo por un paciente informado debiera permitir exonerar de responsabilidad al prestador del servicio. Pero la dificultad de este tipo de casos reside en precisar los límites de la información sanitaria legalmente exigible, porque, superada ya la idea de que aquella deba ser “exhaustiva”, hay que admitir que una información parcial puede resultar legalmente suficiente. Conviene recordar, de todas formas, que la falta de la información debida suele considerarse causa de un daño moral específico y distinto de los relacionados con el problema de salud, y que sería propiamente el perjuicio indemnizable.

 

Esta entada ha sido realizada por María Luisa Arcos Vieira, profesora titular de Derecho civil, investigadora del Instituto INARBE (Institute for Advanced Research in Business and Economics) de la UPNA y autora del libro “Responsabilidad civil por infecciones asociadas a la asistencia sanitaria”

 

 

Radiografía de las poetas navarras de hoy

En Navarra, aunque “a priori” pueda pensarse lo contrario, el listado de poetas navarras en castellano que han publicado entre 1975 y 2015 es significativo, sobre todo, si tenemos en cuenta que cada una de ellas cuenta con tres o cuatro poemarios.

Así, en dicho periodo, se contabilizan catorce autoras nacidas en Navarra: en los años 30, María Blanca Ferrer García y María Sagrario Ochoa Medina; en los 50, Marina Aoiz Monreal, Rosa Barasoain Asurmendi, Charo Fuentes Caballero, Julia Guerra Lacunza, Socorro Latasa Miranda y Maite Pérez Larumbe; y en los 70, Irati Iturritza Errea, Uxue Juárez Gaztelu, Margarita Leoz Munilla, Trinidad Lucea Ferrer, Leire Olkotz Vicente y Regina Salcedo Irurzun. A ellas se suman tres poetas afincadas en la Comunidad Foral: Isabel Blanco Ollero, Fátima Frutos Moreira y Ana Jaka García.

A pesar de vivir épocas diferentes, todas ellas comparten temática. Hablan de la reivindicación de la mujer como sujeto activo. En sus poemas, tratan el amor y la maternidad desde un punto de vista feminista y sus personajes femeninos son más libres. También abordan el cuerpo sin miedo, sin tapujos, y persiguen cuál es el concepto de la vida en la búsqueda personal, lejos de la religión.

Desde el punto de vista del lenguaje, se percibe una evolución en las tres generaciones: primero fue más simbólico y, posteriormente, más sencillo, más cercano a la realidad. Sí es destacable el lenguaje rompedor de la generación de los 70. Las nacidas en dicha década apuestan por nuevas formas de expresión y de renovación, por el verso libre y la ruptura de los convencionalismos del lenguaje, o la experimentación y la conjugación interdisciplinar de las artes hasta lograr la construcción de una voz y de un lenguaje propios.

En los últimos años, ha sido muy destacable la influencia de las nuevas tecnologías. De hecho, Internet ha sido una puerta muy importante para dar a conocer la poesía, un género que se está revitalizando, con casos como los del madrileño Marwan y de la segoviana Elvira Sastre, dos poetas muy seguidos por los adolescentes, que hablan de la tristeza, del día a día y de problemas cotidianos, lo que favorece la conexión con el público.

Por ello, para las poetas navarras, la difusión de los contenidos no se enfoca tanto a la publicación del papel, sino al intercambio de poemas y puntos de vista con autores de otros países a través de internet y de plataformas “online” como blogs o redes sociales.

Además, las poetas navarras actuales, al igual que ocurre en el ámbito nacional, apuestan por una evolución de la concepción de la poesía. Ya no se centran exclusivamente en la palabra, sino que se muestran partidarias de combinar poesía con otras formas de reivindicación cultural como la música, el teatro o la experimentación (“performance”), es decir, expresiones artísticas más cercanas a la realidad.

Este estudio (originalmente, una tesis doctoral defendida en la Universidad Pública de Navarra) despertó el interés de publicación de la Editorial Torremozas, especialista en edición de obras literarias de mujeres, cuando el pasado febrero lanzó una antología que recoge los poemas de las autoras seleccionados por la antóloga del estudio, Isabel Logroño. Asimismo, se prevé para este 2018 el lanzamiento del contenido de investigación incluido en la tesis bajo el formato libro, con el título “Búsqueda de identidad. Mujeres poetas de Navarra (1975-2017)”, editado por el Servicio de Publicaciones del Gobierno de Navarra.

 

 

Esta entrada ha sido realizada por Isabel Logroño Carrascosa, doble licenciada en Filología Hispánica y en Comunicación Audiovisual y doctora por la UPNA con una tesis sobre la poesía femenina actual de Navarra en castellano entre 1975 y 2015