La guerra en Irán marca el precio de la factura energética global y muestra a Europa el camino hacia la transición energética

The ConversationMar Rubio Varas es catedrática de Historia e Instituciones Económicas e investigadora del Institute for Advanced Research in Business and Economics (INARBE) de la Universidad Pública de Navarra

Buques de carga en el océano. Chengxin Zhao en Pexels

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No es la primera vez que vivimos un shock de oferta en el mundo de la energía, y las consecuencias históricas siempre han sido las mismas: los precios suben

La actual escalada de tensión en Oriente Medio no es solo una crisis de seguridad. Es, ante todo, una crisis energética con consecuencias económicas directas para Europa, China y el resto del mundo. Para entender la lógica subyacente hay que mirar al mapa: concretamente, a los 54 kilómetros de anchura mínima del Estrecho de Ormuz.

Ormuz, un cuello de botella para la energía global

Por ese angosto paso marítimo fluye el 21 % del petróleo mundial. Pero la cifra más reveladora es otra: si descontamos el consumo interno de los países productores, Ormuz representa la mitad de todo el crudo que realmente circula por el planeta. El gráfico publicado por Visual Capitalist (con datos de la Agencia Internacional de Energía para el primer trimestre de 2025) sobre el comercio de petróleo a través del Estrecho, por países, ilustra con brutal claridad quién depende de ese cuello de botella y quién no.

En el lado de los productores de petróleo, cinco países del Golfo –Arabia Saudí, Irak, Emiratos, Irán y Kuwait– concentran el 93,6 % de todo el crudo que transita ese paso. En el de los compradores, la dependencia es aún más llamativa: el 89,2 % del petróleo que atraviesa Ormuz tiene como destino Asia. China, con el 37,7 % del total, encabeza la lista con diferencia. India (14,7 %), Corea del Sur (12 %) y Japón (10,9 %) completan un cuadro en el que cualquier perturbación del Estrecho golpea de forma directa y desproporcionada a las economías asiáticas.

Estados Unidos, en cambio, recibe apenas el 2,5 % de esos flujos, reflejo exacto de su autosuficiencia energética y de por qué Washington puede permitirse agitar la región sin pagar el mismo precio que sus rivales económicos.

No es la primera vez que vivimos un shock de oferta en el mundo de la energía, y las consecuencias históricas siempre han sido las mismas: los precios suben (todos, porque todo usa energía), se ajusta el consumo a la baja de la energía que escasea y las tecnologías alternativas consiguen abrirse hueco a marchas forzadas. Las grandes disrupciones geopolíticas han actuado históricamente como catalizadores de transformaciones energéticas que en tiempos de paz habrían tardado décadas.

Veámoslo.

La historia como argumento: las crisis aceleran las transiciones

La Primera Guerra Mundial es un ejemplo paradigmático: fue precisamente la presión de ese conflicto la que impulsó, entre otros procesos, la transición del carbón al petróleo en América Latina, un cambio que, en condiciones ordinarias, habría costado mucho más tiempo consolidar.

El carbón europeo no llegaba por el bloqueo atlántico y fue rápidamente sustituido por el petróleo americano. Como consecuencia, América Latina llegó a la era de dominancia del petróleo casi 30 años antes de que lo hiciera Occidente. Las crisis del petróleo de los años setenta tuvieron un efecto análogo en Europa y Japón: aceleraron la diversificación energética, el desarrollo de la energía nuclear civil y los primeros programas serios de eficiencia energética.

En todos esos casos, la amenaza sobre el suministro fue el argumento que desbloqueó inversiones y reformas que la lógica económica cotidiana no había conseguido movilizar. El programa nuclear francés no habría existido sin la crisis del petróleo.

La pregunta no es, por tanto, si la crisis actual acelerará la transición energética. La evidencia histórica sugiere que lo hará. La pregunta es quién estará mejor colocado para aprovecharla.

Europa en la encrucijada

Europa ocupa hoy una posición incómoda. Atrapada entre su dependencia de las importaciones energéticas, con el suministro del gas y el petróleo ruso en cuestión, la presión de sus aliados atlánticos para comprar más petróleo y gas estadounidense y la lentitud de su propia transición –parcialmente bloqueada por la defensa de industrias maduras de combustión–, el continente corre el riesgo de pagar la cuenta de una crisis que no ha diseñado y de la que no extrae beneficio estratégico alguno.

Como señalan Mikel Otero y Ander Goikoetxea, quien no tenga la llave de los pozos ni el control sobre las rutas de suministro solo tiene una salida: desengancharse de los fósiles. Tal vez no debería sorprendernos que África se haya puesto a ello: el primer país del mundo en prohibir la importación de vehículos de combustión fue Etiopía en 2024.

Desde una óptica económica, la aceleración de la transición no es solo una respuesta ecológica o moral. Es la única estrategia que reduce la exposición de Europa a shocks exógenos de precios, refuerza su autonomía industrial y convierte en activo propio lo que hoy es vulnerabilidad estructural. La historia lo avala. La pregunta es si la urgencia llegará antes o después de que el coste sea insoportable.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

¿Ganamos con la guerra comercial entre Estados Unidos y China?

La guerra comercial que la Administración Trump tiene con China es apasionante para los que nos dedicamos a estudiar los efectos económicos de las políticas comerciales. En la teoría económica existe consenso a la hora de evaluar el efecto global de una guerra comercial: el bienestar global mundial tiene más probabilidades de caer que de mejorar. Pero ese bienestar enmascara que hay ya y habrá ganadores y perdedores. ¿Y nosotros? ¿Estamos en el grupo de los ganadores o en el de los perdedores?

Podemos intentar saber si hay posibilidades de estar entre los ganadores. Cuando un país grande, con influencia económica, como EEUU, impone aranceles, los precios mundiales de los bienes cambian. La teoría económica y los datos históricos nos dicen que los estadounidenses verán abaratadas las importaciones que lleguen a su frontera. A estos abaratados productos que llegan a la frontera, se les fija un nuevo impuesto que llamamos arancel. Y este impuesto, como cualquier otro impuesto del mismo tipo, afecta negativamente al bienestar de los consumidores estadounidenses y positivamente a sus productores porque ahora pueden vender los mismos bienes a precios más altos. Estos son los efectos económicos de mayor dimensión de un arancel y, si el arancel no es muy grande, no es extraño que para países como EEUU el efecto global sea positivo. Pero, ¿y para nosotros?

Lo primero es ubicar nuestro “patrón comercial” en relación a los de EEUU y China. El patrón comercial se define como el tipo de bienes y servicios que exportamos e importamos. Examinando nuestro patrón comercial, observamos que es más parecido al de EEUU que al de China. Esto implica que importamos y exportamos bienes similares a los de los estadounidenses. Y eso significa que, a causa del arancel estadounidense, los bienes que llegan a nuestras fronteras también se verán abaratados. Ahí tenemos un efecto positivo para nuestro bienestar, porque aumenta nuestra capacidad de compra de productos extranjeros. Pero, además, como aquí no se ha fijado ningún arancel, nos libramos del efecto negativo. Como conclusión podríamos decir que ganaríamos, y sin llevarnos la fama de pendencieros que se ha ganado la Administración Trump.

Hay otras ganancias que pueden surgir en este caso concreto. Por ejemplo, EEUU le exige a China que tome medidas en relación a la falta de protección de la propiedad intelectual que perciben en el gobierno chino en relación a la actividad de muchas empresas chinas. En breve: les piden que tomen medidas contra el pirateo. Me consta que hay empresas en Navarra que, después de gastar mucho dinero en investigación y desarrollo, han visto como en poco tiempo sus innovaciones eran también incorporadas por empresas chinas. Y esa imitación parece que sólo se puede explicar por la existencia de espionaje industrial. Esto, evidentemente, hace mucho daño. Todo lo que reduzca el espionaje industrial chino, en principio, es positivo para nosotros.

¿Quiere todo lo anterior decir que nos viene de maravilla esta guerra comercial? No. Quiere decir que hay aspectos positivos. Los aspectos negativos son también muy grandes: mayor incertidumbre en los negocios internacionales, mayores riesgos para nuestras empresas con intereses en China o en EEUU, represalias de China, el uso que haga China de su poder financiero (adivinen qué país es el mayor prestamista para el gobierno de EEUU), etc. No es muy arriesgado decir que estos efectos negativos pueden llegar a superar a los positivos. Tampoco hay que olvidar que la Administración Trump antes atacó, entre otros, a las lavadoras coreanas, al acero canadiense, a los tomates mexicanos…, y que en breve amenaza con meterse con el sector del automóvil europeo.

Como me decía hace poco un antiguo alumno de la universidad, ahora alto funcionario en la UE, las empresas navarras es mejor que se concentren en el mercado propio. En nuestro caso, como somos Unión Europea, significa intentar aumentar la actividad con los otros 27 países con los que no nos pueden cambiar las normas comerciales del consolidado Mercado Único Europeo. ¡Ay, no!, que tenemos el Brexit. Pero esa es la otra historia apasionante para los profesores de Comercio Internacional en estos momentos.

 

Esta entrada al blog ha sido elaborada por Antonio Gómez Gómez-Plana, profesor de Comercio Internacional en el Departamento de Economía de la Universidad Pública de Navarra, donde es investigador del Instituto INARBE (Institute for Advanced Research in Business and Economics)