Por qué la integridad institucional avanza a dos velocidades en las comunidades autónomas

The ConversationSergio García Magariño, investigador del Instituto Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada (I-Communitas () de la Universidad Pública de Navarra y Bernabé Aldeguer Cerdá, profesor titular del Departamento: Derecho Constitucional, Ciencia Política y Administración de la Universitat de Valencia

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Aunque todas las comunidades autónomas han adoptado legislación sobre transparencia y buen gobierno –incorporando instrumentos impulsados a nivel comunitario europeo–, no siempre se detectan compromisos concretos.

Las estrategias de lucha contra la corrupción han detectado y sancionado en España comportamientos que debilitan la credibilidad en las instituciones y las lógicas democráticas: la politización de la justicia, las contrataciones irregulares de obras públicas, la selección amañada de funcionarios o el uso fraudulento de fondos estatales y autonómicos.

Sin embargo, es necesario un enfoque más amplio que impregne todas las políticas públicas y que a su vez se concrete en estrategias específicas de integridad, que involucre a empleados y cargos públicos de forma individual, pero también a las instituciones.

La integridad de las instituciones ha ido ganando peso en el discurso público y los debates institucionales como una garantía de calidad democrática e innovación administrativa. Más allá de la ausencia de corrupción o el castigo de conductas contra la administración pública, esta apela a la prevención del fraude y a la generación de una cultura que anticipe riesgos.

El ámbito autonómico español ha desarrollado un entorno jurídico de integridad, transparencia y buen gobierno a lo largo de la última década. Transparencia Internacional –una organización no gubernamental global dedicada a prevenir y combatir la corrupción política y corporativa–, por ejemplo, resalta el esfuerzo de la Comunidad Valenciana, el País Vasco y Cataluña. Ello permite disponer de una perspectiva temporal suficiente para valorar su puesta en práctica y evaluar los eventuales logros o impactos no esperados de esta realidad emergente.

Más allá de un modelo homogéneo para los distintos contextos autonómicos, en el estudio realizado sobre los sistemas de integridad en las comunidades autónomas de España, recientemente publicado por la editorial Comares, observamos que las formas que adoptan estos sistemas de integridad varían considerablemente.

Sistemas sofisticados frente a otros debilitados

Algunas comunidades, como la Comunidad Valenciana, Cataluña y las Islas Baleares, han consolidado sistemas relativamente sofisticados en materia de integridad institucional, con estrategias transversales, organigramas definidos y recursos propios que tienen agencias individuales de lucha y prevención del fraude y la corrupción. También han avanzado considerablemente en este ámbito Andalucía y Galicia, con programas y estrategias transversales.

Sin embargo, en otros casos hay un cierto debilitamiento de las normas, lo que exige seguir continuando con su fortalecimiento, tal como el esquema excesivamente centralizado, jerárquico y fragmentado de Madrid o las pocas herramientas prácticas de Castilla-La Mancha, Castilla y León y Extremadura.

De esta forma, algunas comunidades autónomas todavía deben realizar esfuerzos para incorporar planes antifraude, mecanismos de transparencia o canales de denuncia como parte de una estrategia global que garantice su implementación. Evitar la fragmentación y operar mejor en contextos crónicos de carencia de recursos constituyen asignaturas pendientes para conseguir objetivos satisfactorios.

Este diagnóstico nos señala que lo sistemas de integridad autonómicos, aunque afortunadamente ya están proliferando, deberían ir más allá del cumplimiento de unos mínimos legales y ser más ambiciosos para obtener resultados efectivos en la práctica organizativa y superar la distancia entre lo que proclaman las administraciones y lo que realmente hacen.

Esta brecha es significativa: la realidad que las autonomías declaran con respecto a lo que desean que ocurra en términos de integridad y los hechos en dicha materia son dos mundos separados.

Pero ¿por qué se producen estas diferencias entre comunidades autónomas y vacíos? Sobre todo, por las variaciones en el liderazgo político e institucional: para que la integridad trascienda y sea un hecho es fundamental aportar coherencia a la tríada conformada por los discursos, las normas y la implementación práctica. Así, bajo liderazgos más o menos comprometidos, la capacidad administrativa se ve fortalecida –especialmente cuando, además, se asume el imperativo de la transparencia, el buen gobierno y la ética pública y se consolidan trayectorias a largo plazo– o debilitada.

De esta forma, aunque todas las comunidades autónomas han adoptado legislación sobre transparencia y buen gobierno –incorporando instrumentos impulsados a nivel comunitario europeo–, no siempre se detectan compromisos concretos. A pesar de ello, hay que reconocer que factores como la gestión de los fondos europeos han favorecido la puesta en marcha de planes antifraude y mecanismos de control o de rendición de cuentas.

El hecho de que las exigencias europeas hayan ejercicio mayor influencia sobre el impulso de la integridad que las dinámicas políticas propias evidencia la necesidad de seguir incentivando la adopción de enfoques, métodos e instrumentos que no solamente tengan como propósito proteger la gestión de recursos económicos, sino la mejora de la calidad democrática.

Para superar, además, la distancia entre el diseño jurídico y la implementación efectiva, es preciso incorporar agencias de integridad y sistemas de evaluación y monitorización que, en la práctica, superen las limitaciones a las que se enfrenta el camino hacia el logro de un impacto real en materia de integridad.

La definición de indicadores claros, comparables, fáciles de medir y conectados con la rendición de cuentas haría más visible la integridad y la conectaría con otras áreas de gestión involucradas en el catálogo competencial autonómico.

Herramientas para el refuerzo

Aunque este estudio se centra en la integridad institucional, conviene situarlo dentro de un marco más amplio: el de la buena gobernanza. Este enfoque propone distintas herramientas para mejorar el funcionamiento de los gobiernos y las administraciones públicas, como reforzar la colaboración, fomentar el gobierno abierto, impulsar un liderazgo basado en la ética del servicio o crear mejores espacios para la toma de decisiones.

Sin embargo, avanzar en esa dirección no depende solo de cambios técnicos, legales o de una mayor supervisión. También exige transformar la cultura de las instituciones y consolidar valores que, aunque menos visibles, son esenciales para que esos cambios sean realmente efectivos.

El desigual avance de la integridad institucional en el ámbito autonómico español muestra la existencia de limitaciones organizativas, culturales y políticas, pero sirve también de acicate para continuar consolidando sistemas holísticos que incidan, de forma profunda y cotidiana, en la práctica administrativa.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Almaraz gana tiempo y seguirá abierta hasta 2030

The ConversationThe ConversationMar Rubio Varas es catedrática de Historia e Instituciones Económicas e investigadora del Institute for Advanced Research in Business and Economics (INARBE) de la Universidad Pública de Navarra

Vista de la central de Almaraz (Cáceres).
Por FroblesTrabajo propio, CC BY-SA 4.0, Enlace

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Almaraz y el resto reactores no son ya la columna vertebral del sistema que fueron hace treinta años, pero siguen aportando una base de generación estable, sin emisiones e independiente de Oriente Medio.

Se acaba de publicar en el Boletín Oficial del Estado la orden por la que el Ministerio para la Transición Ecológica de España renueva la autorización de explotación de los dos reactores de la central nuclear de Almaraz. En la práctica, esto significa que Almaraz I, que debía cerrar en noviembre de 2027, podrá seguir operando hasta el 8 de junio de 2030 (31 meses más), y que Almaraz II, con fecha de cierre prevista para octubre de 2028, recibe una prórroga de 19 meses, hasta esa misma fecha.

La decisión llega después de que el pleno del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) emitiera, el pasado 16 de julio, un informe favorable “con condiciones”. Entre ellas, garantizar la dotación mínima de personal de seguridad entre 2028 y 2030.

Antes de entrar en lo que implica y lo que no implica esta prórroga, merece la pena pararse un momento en la propia central, porque Almaraz no es solo un dato en un calendario energético: es también una pieza clave de la historia energética y social de España.

Una central con historia propia

La construcción de Almaraz arrancó en 1973, promovida por CENUSA, la sociedad que en 1958 habían formado a partes iguales (33 % cada una) Hidroeléctrica Española, Unión Eléctrica Madrileña y Compañía Sevillana de Electricidad. Almaraz I se conectó por primera vez a la red el 1 de mayo de 1981 y Almaraz II lo hizo el 8 de octubre de 1983, aunque empezaron a vender electricidad regularmente más tarde: Almaraz I el 1 de septiembre de 1983, y Almaraz II el 1 de julio de 1984. En cualquier caso, todo ello en plena carrera de construcción del parque nuclear español.

Y aquí conviene recordar una cifra que suele sorprender y que recogimos en nuestro libro sobre la historia nuclear en España: entre finales de los años sesenta y mediados de los ochenta, las eléctricas españolas llegaron a solicitar permisos para más de 40 reactores. De ellos, 22 recibieron preautorización, 15 iniciaron obras y solo 10 acabaron conectados a la red. El resto quedó por el camino, víctima de la crisis del petróleo, la caída de la demanda eléctrica, los problemas de financiación y de la fortísima oposición social que se organizó en varios emplazamientos. El parque nuclear español que conocemos hoy es, en realidad, una versión muy reducida de lo que se planeó originalmente.

Extremadura fue protagonista en ambos sentidos: dio nombre a Almaraz, pero también fue uno de los escenarios donde se fraguó una parte importante del movimiento antinuclear español. El caso más recordado es el de la central de Valdecaballeros, en Badajoz, promovida también por Hidroeléctrica Española y Sevillana: construida casi por completo pero nunca puesta en marcha, fue paralizada en 1984 tras una fortísima oposición social y las dudas sobre su rentabilidad. Aquella lucha, junto con la de Lemóniz, en el País Vasco, marcó a toda una generación de activismo antinuclear en España.

Ninguna de las tres empresas que promovieron Almaraz existe ya con ese nombre. Hidroeléctrica Española se fusionó en 1992 con Iberduero para formar Iberdrola; Sevillana de Electricidad fue absorbida por Endesa entre 1991 y 1996, y Unión Eléctrica Madrileña acabó, tras varias fusiones sucesivas, integrada en lo que hoy es Naturgy. Así, la vieja CENUSA se ha transformado en la actual Centrales Nucleares Almaraz-Trillo (CNAT), con Iberdrola al frente (52,7 % de la propiedad), seguida de Endesa (36 %) y Naturgy (11,3 %).

Fueron precisamente estas tres compañías las que, en octubre de 2025, solicitaron formalmente al Ministerio la modificación del calendario de cierre, argumentando el papel de Almaraz como infraestructura esencial (llegó a suministrar más del 7 % de la electricidad del país) en un contexto marcado por la volatilidad de los precios del gas ligada a la crisis en Oriente Próximo

Vale la pena detenerse en cómo se llegó exactamente a esos 31 y 19 meses de prórroga, porque no fue un número que pusiera el Gobierno sobre la mesa: según reconstruye pv magazine España, Iberdrola y Endesa defendían inicialmente una prórroga de diez años, mientras que Naturgy se opuso a esa opción. Al ser CNAT una comunidad de bienes en la que las decisiones exigen unanimidad, la petición final que llegó al Ministerio quedó recortada a los tres años en los que sí coincidieron las tres socias. El propio informe del CSN, además, no salió por unanimidad: el pleno lo aprobó con la abstención de uno de los consejeros.

Una fuente que fue la primera y ya no lo es

Conviene recuperar la perspectiva de cuánto ha pesado la nuclear en el sistema eléctrico español. A mediados de los noventa, con el parque recién completado y antes del despegue renovable, llegó a cubrir en torno al 35 % de la demanda, siendo la primera fuente de energía eléctrica del país. Esa cuota fue descendiendo, pero no tanto por el cierre de Zorita y Garoña como por el crecimiento del sistema y el avance de las renovables.

En 2021, la energía eólica (23,3 %) superó por primera vez a la nuclear (20,6 %), un liderazgo que no ha vuelto a ceder. Desde entonces, la nuclear es la segunda fuente, oscilando entre el 19 % y el 21 % del mix, con una producción de 52 000-56 000 gigavatios-hora (GWh) anuales (frente a los más de 58 000 GWh de mediados de la pasada década). Es, por tanto, un descenso relativo, no de producción: el parque nuclear sigue operando casi a plena potencia, con disponibilidad por encima del 83 %.

Tener esto presente ayuda a matizar el debate: Almaraz y el resto reactores no son ya la columna vertebral del sistema que fueron hace treinta años, pero siguen aportando una base de generación estable, sin emisiones e independiente de Oriente Medio.

Lo que cambia y lo que no

Es importante ser precisos aquí, porque el propio comunicado del Gobierno insiste en un matiz relevante: esta prórroga afecta únicamente a Almaraz y no altera, formalmente, el calendario de cierre del resto del parque nuclear español, que sigue fijado para 2035 según el protocolo firmado en 2019 entre las eléctricas y la Empresa Nacional de Residuos Radiactivos (Enresa). Es decir, sobre el papel, Ascó, Cofrentes, Trillo y Vandellós mantienen sus fechas de cierre escalonado tal y como estaban previstas.

Dicho esto, sería ingenuo leer esta decisión de forma aislada. Un cambio de Gobierno podría perfectamente traer consigo una revisión de ese calendario, sobre todo si Almaraz demuestra en la práctica que una central puede operar con seguridad más allá de los 40 años inicialmente previstos. El precedente que se sienta ahora, más que el contenido literal de la orden, es probablemente lo más importante de la noticia.

Que hoy, cuatro décadas después, una parte de los extremeños (representados por plataformas como “Sí a Almaraz, Sí al futuro)”) celebren la prórroga con satisfacción, mientras que el movimiento antinuclear histórico la viva como una derrota dice mucho de cómo ha cambiado el debate energético, y también de lo distintas que pueden ser las prioridades. Ambas lecturas son legítimas. Lo que no podemos hacer es fingir que no hay tensión entre ellas, ni que el debate energético español está, ni mucho menos, cerrado.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

La factura invisible del fuego: el coste económico de los incendios forestales

The ConversationElena Ferrer Zubiate, profesora titular del Departamento de Gestión de Empresas, Cristina del Río Solano, profesora titular de Economía Financiera y Francisco J. López Arceiz, profesor titular del Departamento de Gestión de Empresas de la Universidad Pública de Navarra

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España se sitúa a la cabeza de la Unión Europea en número de incendios forestales, con 300 eventos registrados, por delante de Francia, que reporta 275.

En las últimas semanas, buena parte de la geografía española, desde Aragón a Andalucía, pasando por Comunidad Valenciana, Madrid y Castilla y León, se ha visto asolada por incendios forestales.

Los incendios forestales no son un problema nuevo, pero sí creciente. En mayo de 2026, el Gobierno de España presentaba su campaña contra los incendios, donde ya señalaba que “los datos registrados entre el 1 de enero y el 15 de mayo de 2026 muestran una evolución desfavorable, con 127 incendios comunicados frente a los 40 del mismo periodo de 2025, lo que supone un incremento del 218 %”.

En relación con los denominados “grandes incendios”, hasta el 19 de julio de 2026, España registró 21 fuegos que arrasaron un total de 65 753,71 hectáreas. Esta cifra supone más del doble de la superficie quemada en el mismo periodo de 2025, año en el que se habían contabilizado 11 grandes incendios y 29 817 hectáreas afectadas.

Además, España se sitúa a la cabeza de la Unión Europea en número de incendios forestales, con 300 eventos registrados, por delante de Francia, que reporta 275.

No es el objeto de este artículo valorar las causas y agravantes de estos incendios. Los últimos datos aportados por el Ministerio para la Transición Ecológica, de 2016, señalan que ese año el 54,61 % de los incendios fueron intencionados, el 27,57 % se debieron a accidentes y neigligencias y un 10,44 % tuvieron una causa desconocida.

Nos centraremos en las consecuencias de los incendios y, en particular, en los costes asociados.

¿Cuánto cuesta un incendio?

La mejor pista de cuánto cuesta un incendio no la dan las llamas, sino lo que ocurre después. En Estados Unidos, un estudio en relación con los incendios de California del año 2018 ponía de relieve que “los daños causados por los incendios forestales en 2018 ascendieron a 148 500 millones de dólares, aproximadamente el 1,5 % del producto interno bruto anual de California, con pérdidas de capital por valor de 27 700 millones de dólares (19 %), costes sanitarios por valor de 32 200 millones de dólares (22 %) y pérdidas indirectas por valor de 88 600 millones de dólares (59 %)”.

Una investigación similar estimó que “las regiones del sur de Europa golpeadas por grandes incendios pierden entre un 0,11 % y un 0,18 % de su crecimiento anual del PIB. El empleo en transporte, alojamiento y restauración –el turismo– cae entre un 0,09 % y un 0,15 %”.

No cabe duda de que es algo prematuro intentar realizar una valoración económica de los incendios forestales que han ocurrido este año en España, pero haremos un pequeño ejercicio basado en los costes de oportunidad.

Un coste de oportunidad se define como aquello a lo que se renuncia como consecuencia de una acción o decisión. Pensemos ahora en un pequeño pueblo de cualquiera de las regiones afectadas. Durante los meses de invierno la población es de 600 habitantes, pero durante el verano en algunos momentos se llega incluso a cuadriplicar esta cifra. Un paisaje ennegrecido y una evacuación en plena temporada alta golpean justo donde más duele. A ello se suma el campo: cosechas paradas y ganado muerto o incomunicado. Son ingresos que no vuelven cuando el humo se disipa. Por tanto, un incendio deja así dos huellas: una inmediata, la de apagarlo, y otra persistente, la de recuperar lo perdido.

Mientras el fuego arde

En España, los efectos a corto plazo están vinculados con la extinción de las llamas. Aunque es difícil encontrar fuentes fiables, la Agenda Forestal de Navarra presentada en el año 2019 señalaba que el coste de extinción de un incendio forestal declarado es muy variable, pero puede rondar los 10 000 euros por hectárea cuando intervienen medios aéreos, a los que habría que sumar el importe de las tareas posincendio.

No solamente son medios aéreos los que generan este coste. También brigadas, maquinaria, combustible y retardantes trabajando sin pausa durante días. Así, en un incendio de 16 000 hectáreas estos costes ascenderían a 160 millones de euros.

Después de apagar las llamas

Sin embargo, la realidad no termina aquí. La factura que vemos en televisión, con hidroaviones y bomberos, es solo el primer recibo. Es necesario tener en cuenta los efectos a largo plazo y, especialmente, aquellos que tienen carácter indirecto.

Siguiendo con el ejemplo del pequeño pueblo, pensemos qué ocurre con un camping situado en el municipio que ve reducidas sus reservas en 50 plazas como consecuencia del incendio. A un coste de 14 euros/día por autocaravana y en la temporada de verano de 90 días, una simple multiplicación arroja una cifra de 63 000 euros perdidos. Ahora pongamos ocho campings en la zona afectada, estaríamos hablando de una cifra superior al medio millón de euros.

Y falta trasladar el golpe a panaderías, comercios y bares. Un incendio, además, cambia el paisaje, empeora la calidad y la cantidad de agua, se pierde biodiversidad y deja un suelo que tardará años en volver a sostener el ecosistema que tenía.

La moraleja económica es clara

Este ejercicio es solo una ilustración didáctica. A la factura real habría que sumar los costes de gestión forestal, ganadería extensiva y limpieza del monte durante todo el año. Todos son costes económicos reales, aunque nadie emita una factura por ellos, y los soporta en primer lugar quien vive del territorio. Así, cada incendio encarece la decisión de quedarse: se pierden ingresos, se destruyen infraestructuras y se erosiona la confianza en el futuro del lugar. El fuego no causa la despoblación, pero la empuja.

Como repiten los expertos, “los incendios se apagan en invierno”. Invertir en el territorio antes del verano no es un capricho; es, sencillamente, la política económica más barata a largo plazo. Las estadísticas oficiales muestran, año tras año, que salimos más caros apagando que previniendo.

Por eso el verdadero coste de un incendio no se salda la semana en que arde el monte, sino durante los años que tardan en recuperarse el paisaje, la economía y la gente de cada pueblo. Lo que hoy no se invierte en prevención se paga mañana, con intereses, en extinción y en abandono. Ese es el auténtico coste de oportunidad del fuego.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Los desastres naturales desestabilizan las finanzas públicas, sobre todo en las economías en desarrollo

The ConversationElena Ferrer Zubiate, profesora titular y Francisco J. López Arceiz, profesor titular del Departamento de Gestión de Empresas de la Universidad Pública de Navarra

Inundación en zona urbana
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Los desastres naturales no son eventos aislados. Sus consecuencias financieras se contagian.

Cuando un desastre natural irrumpe en una región, la atención se centra, lógicamente, en las víctimas y los daños materiales. Pero hay otra dimensión menos visible y que cada vez gana más importancia: la financiera.

Desde el mundo académico se ha comenzado a explorar si los desastres naturales también influyen en el riesgo crediticio de los estados. Es decir, en su capacidad para endeudarse y en las condiciones en que lo hacen. Veamos qué nos dicen hasta ahora esos estudios y qué preguntas quedan aún abiertas.

Por qué un desastre puede complicar las finanzas públicas

Tras una catástrofe, los gobiernos suelen aumentar el gasto en rescate, reconstrucción y ayudas a los afectados. Esto puede elevar el déficit y con él, el nivel de deuda pública. Si los mercados financieros perciben que esa deuda es menos sostenible, el coste de financiación del estado tiende a subir.

Este mecanismo depende de muchos factores: la magnitud del desastre, la situación previa de las finanzas públicas, la capacidad institucional del país o el acceso a seguros y ayuda internacional. Según el informe global para 2025 de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR), la factura global de esos eventos podría acercarse a los 2,3 billones de dólares anuales (aunque estas estimaciones deben interpretarse con cautela por la cantidad de variables incluidas).

Qué dice la investigación: primeras evidencias

Los estudios pioneros apuntan a que la conexión existe, aunque los efectos varían según el tipo de catástrofe y el contexto económico del país. Algunas investigaciones sugieren que los desastres geofísicos (terremotos, erupciones volcánicas, deslizamientos de tierra, avalanchas) y meteorológicos (olas de calor, huracanes, tornados) tienden a elevar la prima de riesgo de los países (la tasa a la que se financian en los mercados internacionales) tanto a corto como a largo plazo. En cambio, los eventos hidrológicos (sequías, inundaciones) muestran efectos más transitorios.

En el caso de los países del Caribe, la exposición recurrente a huracanes puede limitar la capacidad de los gobiernos para emitir deuda en condiciones favorables. En Europa, un análisis de 92 desastres en 17 países entre 2007 y 2021 generó reacciones distintas en los mercados de deuda soberana: el impacto varía según la región y el tipo de calamidad.

El impacto sobre el riesgo soberano es mayor en los países de Europa del Sur y Europa del Este, mientras que Europa Occidental muestra efectos más moderados y Europa del Norte los menores. Los desastres geofísicos y climatológicos (terremotos, incendios, corrimientos de tierra, erupciones volcánicas) generan los mayores aumentos del riesgo soberano, superando a los hidrológicos y meteorológicos (sequías, lluvias extremas, inundaciones).

Se trata de un tipo de investigación joven y con matices. Ni todos los desastres tienen el mismo impacto, ni todos los países reaccionan igual.

Un riesgo global, no solo local

Una de las conclusiones más relevantes de este estudio es que los desastres naturales no son eventos aislados. Sus consecuencias financieras se contagian. Cuando un país sufre una catástrofe, los inversores que tienen deuda de países vecinos o con economías similares también se ponen en alerta.

Un estudio reciente del Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés) sobre 52 economías entre los años 2000 y 2023 confirma que los riesgos físicos (daños directos a personas e infraestructuras) y los riesgos de transición (impactos económicos derivados de la transición ecológica) provocados por el cambio climático se trasladan a los rendimientos de los bonos soberanos, con efectos más pronunciados en economías en desarrollo y en países con altas emisiones.

Más expuestos y con menos recursos

Las investigaciones sugieren que las economías en desarrollo podrían ser más vulnerables a estos efectos al tener:

  • Menor margen fiscal para absorber daños imprevistos (menos fondos disponibles, capacidad para endeudarse o flexibilidad en sus presupuestos).
  • Acceso más limitado a instrumentos y mecanismos para identificar, evaluar, controlar y mitigar amenazas, proteger sus recursos, anticipar impactos negativos y tomar decisiones informadas frente a la incertidumbre.
  • Infraestructuras más frágiles.

Un análisis del Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre 164 países estima que una sequía puede reducir el crecimiento del PIB en economías emergentes alrededor de 1,4 puntos porcentuales y deteriorar el saldo primario (la diferencia entre los ingresos tributarios de un Estado y lo que gasta en sus políticas públicas y en pagar a sus funcionarios). En cambio, en economías avanzadas el efecto fiscal es menos pronunciado.

En una línea similar, otro trabajo con datos de 98 países observa que los más vulnerables al cambio climático tienden a pagar más por financiarse en los mercados, aunque la causalidad es compleja y difícil de aislar.

El cambio climático como factor de riesgo financiero

Si los desastres naturales pueden afectar al riesgo soberano hoy, el cambio climático plantea preguntas sobre lo que podría ocurrir a largo plazo. Una simulación reciente sobre las calificaciones crediticias de 109 países sugiere que, bajo escenarios de altas emisiones, podrían producirse rebajas de calificación en varias decenas de países hacia 2030, con incrementos potenciales en el coste de la deuda soberana.

Estas proyecciones, que se basan en modelos matemáticos (con su correspondiente incertidumbre), muestran una tendencia que los gestores de riesgo y los responsables de diseñar las políticas económicas tienen cada vez más en cuenta.

Investigación en curso, preguntas abiertas

Los estudios sobre la conexión entre desastres naturales y riesgo soberano son relativamente recientes y requieren más evidencias, pero apuntan en una dirección clara: las consecuencias de una catástrofe natural no se limitan a los daños inmediatos, sino que pueden extenderse a la capacidad de un país para financiarse, lo que va a influir en su desarrollo a largo plazo. Entender mejor esa relación es, en sí mismo, una forma de prepararse para el día después.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Cuando las bolsas suben, la información sobre sostenibilidad regula el optimismo de los expertos

Cristina del Río Solano, profesora titular de Economía Financiera, The ConversationThe ConversationElena Ferrer Zubiate  y Francisco J. López Arceiz profesores titulares del Departamento de Gestión de Empresas de la Universidad Pública de Navarra

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Los informes de sostenibilidad son un reflejo de la gestión empresarial y la transparencia de la organización. De ahí su impacto en los mercados financieros.

Los analistas financieros desempeñan un papel clave en los mercados. A través de la valoración de los estados financieros y otros factores relacionados con aspectos sociales, ambientales y de gobernanza de las empresas, emiten sus recomendaciones, que influyen cada día en las decisiones económicas de los inversores individuales e institucionales.

Sin embargo, en periodos de entusiasmo alcista, los analistas tienden a emitir más recomendaciones de compra que de venta, mostrando un contagio del optimismo presente en el mercado en sus recomendaciones de inversión.

Por otra parte, en los últimos años, cada vez es mayor el número de empresas que publican informes de sostenibilidad con información ambiental, social y de gobernanza (ESG). Esto implica una mayor presencia de información no financiera disponible para los participantes del mercado.

Este artículo busca responder una pregunta relevante: ¿puede la información sobre sostenibilidad reducir el sesgo optimista de los analistas?

Sostenibilidad como freno al optimismo desmedido

Los analistas financieros están sujetos a sesgos cognitivos, como el producido por el sentimiento del inversor. Este fenómeno representa la actitud o expectativa (optimista o pesimista) de los participantes hacia el mercado o hacia determinados activos, y afecta a la toma de decisiones y la valoración de los activos.

En su actividad, los analistas emplean la información financiera para emitir sus predicciones y recomendaciones. Sin embargo, en los últimos años, también han incorporado información no financiera como una variable clave en sus pronósticos.

Cuando las empresas proporcionan información no financiera, la influencia del sentimiento del mercado en el optimismo de los analistas disminuye. Así, mejora la base informativa para el análisis y las recomendaciones dependen menos de las percepciones del mercado.

Los informes de sostenibilidad

Los informes de sostenibilidad recogen esta información no financiera y exponen cómo gestiona una empresa su impacto ambiental, social y de gobernanza (los llamados factores ESG). Se detallan aspectos como las emisiones de carbono, el uso de recursos y energía, las políticas laborales, la diversidad en la plantilla, la relación con las comunidades o la estructura de gobierno corporativo.

Esta información, clave dentro de la estrategia empresarial, aporta a los analistas financieros señales que no aparecen en los estados contables tradicionales. Al analizarlos, se obtiene información sobre la calidad de la gestión, los compromisos de sostenibilidad y la preparación de la empresa para un entorno económico cada vez más exigente en materia ambiental y social

¿Más información no financiera, menos estrategias de inversión?

Estudios previos han observado que las recomendaciones de compra de los analistas de inversión suelen aportar menos información útil que las de venta. Además, el sentimiento de mercado influye en ese contenido informativo.

Por otra parte, está la creciente presencia de información no financiera. Una alta divulgación en sostenibilidad puede hacer que el valor informativo de las recomendaciones de inversión sea menor, reduciendo la importancia del papel de los analistas financieros como intermediarios de la información.

En cambio, las recomendaciones de venta sobre empresas con baja divulgación resultan mucho más informativas, especialmente cuando el sentimiento inversor es optimista, y mejoran la rentabilidad de las carteras de inversión.

Sin embargo, el patrón se invierte en periodos de bajo optimismo: en ese contexto, las recomendaciones de compra sobre empresas con alta divulgación en sostenibilidad contienen mayor valor informativo que las recomendaciones de venta sobre empresas con baja divulgación.

En otras palabras, el contenido informativo de las recomendaciones de los analistas depende tanto del sentimiento del mercado como de la calidad de la información de sostenibilidad de las empresas.

La divulgación en sostenibilidad y su importancia en los mercados

Más que una obligación normativa, los informes de sostenibilidad son un reflejo de la gestión empresarial y la transparencia de la organización. De ahí su impacto en los mercados financieros. Además, reducen el exceso de optimismo que los analistas muestran cuando el sentimiento de mercado está al alza.

La divulgación de la sostenibilidad de las empresas añade transparencia informativa a los mercados, reduce el sesgo optimista de los analistas financieros y aumenta la calidad de sus recomendaciones.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

¿Por qué están agotados los docentes?

Esperanza Bausela Herreras, The Conversationprofesora titular del Departamento de Ciencias de la Salud e investigadora del Institute for Advanced Social Research (I-COMMUNITAS) de la Universidad Pública de Navarra

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Los propios docentes reconocen que tienen importantes lagunas en áreas muy complejas y emergentes para el desarrollo de su actividad profesional que su formación no cubre, ni al inicio de su carrera ni a través de la formación continua.

Falta de tiempo y de recursos, cambios normativos, problemas de disciplina y convivencia en las aulas, necesidades de aprendizajes muy diversas y burocracia en la rendición de cuentas. Esta acumulación de factores –profesionales, emocionales y organizativos– está en el centro de las protestas que han protagonizado maestros y docentes de diferentes puntos de España en los últimos meses.

¿De dónde parte este hartazgo? Los datos del informe sobre la situación de la profesión docente, recientemente publicado por la OCDE, ahondan en esta realidad. En este informe se entrevista a docentes y responsables de dirección de 55 países de diferentes etapas educativas: infantil, primaria y secundaria.

Los resultados obtenidos nos permiten identificar al menos cuatro grandes factores que ayudan a comprender por qué tantos docentes manifiestan niveles elevados de estrés y un gran desgaste profesional.

Diversidad de necesidades de aprendizaje

En todos los niveles educativos, el profesorado trabaja de forma habitual en aulas con una elevada diversidad de estudiantes que abarcan desde dificultades de aprendizaje como la dislexia o el trastorno por déficit de atención, a diferentes presentaciones del trastorno del espectro autista o necesidades especiales de apoyo educativo.

La complejidad, diversidad y heterogeneidad de estas aulas, que incrementa la carga emocional y organizativa del profesorado, es una realidad para la que no siempre tiene conocimientos, ni competencias, ni recursos, ni tampoco tiempo para abordar.

En el caso de España, en educación secundaria obligatoria (ESO), solamente el 0.6 % del profesorado declara no tener alumnado con necesidades diversas; el 67.5 % tiene diversidad académica en el aula (diferentes dificultades o necesidades de adaptación curricular); y el 77.8 % informa de necesidades conductuales, lingüísticas o de educación especial.

Esto sitúa a España ligeramente por debajo del promedio TALIS en diversidad académica, pero por encima en necesidades conductuales, lingüísticas o de educación especial.

Sobrecarga de cambios sin tiempo

Los docentes experimentan una fuerte “fatiga por el cambio”. Muchos profesores se sienten cansados ante las continuas reformas e iniciativas que deben implementar en sus centros educativos. El estrés aumenta especialmente cuando los docentes perciben que esos cambios se exigen sin proporcionar los recursos necesarios. Y es que, con demasiada frecuencia, las nuevas demandas curriculares, tecnológicas o administrativas suelen llegar sin formación, apoyo ni tiempo para su conocimiento y aplicación.

Un ejemplo fue la reciente implantación de la evaluación por competencias con la LOMLOE. Su puesta en marcha aumentó la carga administrativa del profesorado, que tuvo que elaborar nuevas rúbricas y registros de evaluación sin disponer de más recursos ni tiempo. Y todo ello sin reconocimiento institucional y social.

Sobrecarga de trabajo administrativo

Continuando con el análisis del informe, el exceso de trabajo administrativo es la principal fuente de estrés para el profesorado. Destacan Australia (con un 69 % de los docentes con esta sensación), Bélgica (70.3 %), Costa Rica (65.2 %) y Japón (62.8 %). España se encuentra en valores próximos a los países mencionados (64.3 %).

En cuanto al estrés por corrección de tareas y exámenes, España, con un 53.5 % de docentes que reportan sentirlo, está por encima de Australia (49.7 %), Bélgica (46.6 %), Costa Rica (53 %) y Japón (36,6 %).

Fuentes de estrés (corrección de tareas frente a tareas administrativas.
Elaboración propia partiendo de datos TALIS 2024, OCDE.

Estos datos evidencian que la burocracia escolar constituye una preocupación ampliamente compartida entre los docentes de diferentes países.

Necesidad de formación profesional docente

Los propios docentes reconocen que tienen importantes lagunas en áreas muy complejas y emergentes para el desarrollo de su actividad profesional que su formación no cubre, ni al inicio de su carrera ni a través de la formación continua.

Las mayores necesidades se concentran en el uso de la inteligencia artificial, herramientas digitales, atención a estudiantes con necesidades educativas especiales, gestión del comportamiento en el aula y apoyo socioemocional a estudiantes.

Necesidades docentes en España en Educación Secundaria Obligatoria.
Elaboración propia partiendo de datos TALIS 2024, OCDE.

La autoeficacia, es decir, la percepción que tiene cada profesional de su capacidad y sus aptitudes, también es una fuente de estrés para muchos docentes. Los docentes que perciben menor autoeficacia tienden a experimentar más estrés relacionado con la gestión y la disciplina en el aula, la relación con las familias y el bienestar socioemocional del alumnado.

Mejores condiciones para enseñar

El agotamiento docente surge de la interacción de múltiples variables que hacen que las aulas sean cada vez más complejas: reformas constantes, sobrecarga laboral, demandas crecientes en el ámbito de las emociones y una necesidad constante de actualización y formación profesional.

Detrás de cada aula hay docentes que intentan responder a necesidades cada vez más complejas, plurales y diversas. Por ello, mejorar la educación no sólo es pedir más al profesorado sino ofrecer mejores condiciones para enseñar: ratios más reducidas, apoyos más especializados y menos carga burocrática.

Que son, precisamente, las reivindicaciones que actualmente mueven a movilizarse a docentes de diferentes comunidades autónomas como la Comunidad Valenciana y Cataluña.

15Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Que muchos paguen el IRPF (y que los más ricos paguen más), factores clave para financiar el estado del bienestar

25Sara Torregrosa Hetland es investigadora Ramón y Cajal del Departamento de Economía e investigadora del Institute for Advanced Research in Business and Economics (INARBE) de la Universidad Pública de Navarra

Imagen creada por IA

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el secreto de la redistribución no está solo en la progresividad de los impuestos (donde se aplican tipos impositivos más altos a las rentas superiores), sino también en convertirlos en un fenómeno de masas.

Cada año, el impuesto sobre la renta provee a los gobiernos con ingresos esenciales para llevar a cabo sus políticas. En la Unión Europea de los 27 supone, de media, entre un 9 y un 10 % del PIB. Pero no sólo es importante por su peso en la economía.

El impuesto sobre la renta es también un instrumento clave para la reducción de la desigualdad. Como suele ser progresivo (es decir, quien tiene más renta paga un porcentaje mayor), las rentas netas, tras el pago del impuesto, son menos desiguales que las rentas brutas. Esto, a su vez, puede contribuir a la reducción de la desigualdad con el paso del tiempo.

En esta época del año, muchos nos enfrentamos a la declaración fiscal. Esto es algo que los españoles en general no empezaron a hacer hasta mediados de los ochenta. En otros países, sin embargo, el impuesto sobre la renta tiene una historia más larga que merece la pena conocer.

De impuesto de élites a impuesto de masas

Durante la primera mitad del siglo XX, el impuesto sobre la renta creció y se desarrolló en los países más avanzados. En un artículo reciente, el profesor Oriol Sabaté y yo hemos analizado su comportamiento en Suecia, Estados Unidos y Reino Unido.

Nuestro estudio muestra que el efecto de este impuesto en la reducción de la desigualdad fue más fuerte donde se aplicó de manera más generalizada, incorporando a la mayoría de la población en su red. Es decir, el secreto de la redistribución no está solo en la progresividad de los impuestos (donde se aplican tipos impositivos más altos a las rentas superiores), sino también en convertirlos en un fenómeno de masas.

Además, nuestro trabajo evidencia la gran precocidad del sistema fiscal sueco. Ya en la década de 1920 cerca de la mitad de la población del país hacía su declaración de la renta, un hito que los países anglosajones no alcanzarían hasta la Segunda Guerra Mundial. Para 1950, esta cifra superaba el 75 % en los tres países estudiados, consolidando la transición desde un impuesto “de élites” a un impuesto “de masas”.

Las guerras mundiales fueron eventos clave para la evolución de la fiscalidad. Ambas contiendas impulsaron la redistribución en el impuesto sobre la renta, pero con dinámicas diferentes. Durante la Primera Guerra Mundial se recaudó más dinero y, además, crecieron mucho los tipos impositivos aplicados a los más ricos. Durante la Segunda, la redistribución alcanzó niveles récord y los tipos impositivos aplicados a las clases altas volvieron a crecer, pero la progresividad del impuesto disminuyó. Esto se debió a que la base del impuesto fue ampliada drásticamente para incluir a las clases medias y bajas.

Impuesto sobre la renta y estado del bienestar

Desde la orientación socialdemócrata de Suecia hasta la más liberal de Estados Unidos, distintos impuestos sobre la renta se pueden vincular a modelos diferentes de estados del bienestar. La redistribución por vía de este impuesto creció durante la primera mitad del siglo XX en los tres países analizados en nuestro artículo, pero lo hizo de manera diferente.

El Reino Unido destaca como el país que generó el sistema más redistributivo, al combinar un gran tamaño con una considerable progresividad. En Estados Unidos, el impuesto tuvo, en general, un menor alcance, aunque creció de manera muy importante en los años cuarenta. Finalmente, Suecia tuvo sistemáticamente la base fiscal más amplia, pero también el sistema menos progresivo de los tres. En buena parte, esto se debe a la aplicación de impuestos locales.

El impuesto sobre la renta en España

España no tuvo un impuesto sobre la renta comparable hasta 1932, cuando apareció la “Contribución general sobre la renta”. Durante los siguientes 40 años, este impuesto y sus sucesores alcanzaban apenas a un 1 % de los hogares, y recaudaban en torno al 0,15 % del PIB.

Hasta los años de la Transición, el sistema fiscal español seguía siendo pequeño y basado en impuestos indirectos. La redistribución de la renta brillaba por su ausencia. Con la democracia, esto empezó a cambiar. El actual IRPF se introdujo en 1978, al mismo tiempo que se daban pasos hacia el desarrollo del estado del bienestar.

El impuesto sobre la renta hoy

A partir de 1970, los sistemas fiscales en muchos países avanzados han ido perdiendo progresividad, reduciendo los tipos aplicados a las rentas altas. Tras varias décadas de convergencia, el porcentaje del PIB que se recauda en impuestos sobre la renta en España es bastante parecido al de los países analizados en el artículo: entre el 9,1 % español y el 11,3 % sueco.

El tipo efectivo del impuesto sobre la renta español hoy en día está cerca del 15%, un nivel que países más avanzados alcanzaron en los años cuarenta del siglo pasado. Cabe preguntarse, por tanto, sobre la influencia de estas diferencias fiscales en los niveles de desigualdad social y de desarrollo del sistema de bienestar de los países analizados.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

La guerra en Irán marca el precio de la factura energética global y muestra a Europa el camino hacia la transición energética

The ConversationMar Rubio Varas es catedrática de Historia e Instituciones Económicas e investigadora del Institute for Advanced Research in Business and Economics (INARBE) de la Universidad Pública de Navarra

Buques de carga en el océano. Chengxin Zhao en Pexels

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No es la primera vez que vivimos un shock de oferta en el mundo de la energía, y las consecuencias históricas siempre han sido las mismas: los precios suben

La actual escalada de tensión en Oriente Medio no es solo una crisis de seguridad. Es, ante todo, una crisis energética con consecuencias económicas directas para Europa, China y el resto del mundo. Para entender la lógica subyacente hay que mirar al mapa: concretamente, a los 54 kilómetros de anchura mínima del Estrecho de Ormuz.

Ormuz, un cuello de botella para la energía global

Por ese angosto paso marítimo fluye el 21 % del petróleo mundial. Pero la cifra más reveladora es otra: si descontamos el consumo interno de los países productores, Ormuz representa la mitad de todo el crudo que realmente circula por el planeta. El gráfico publicado por Visual Capitalist (con datos de la Agencia Internacional de Energía para el primer trimestre de 2025) sobre el comercio de petróleo a través del Estrecho, por países, ilustra con brutal claridad quién depende de ese cuello de botella y quién no.

En el lado de los productores de petróleo, cinco países del Golfo –Arabia Saudí, Irak, Emiratos, Irán y Kuwait– concentran el 93,6 % de todo el crudo que transita ese paso. En el de los compradores, la dependencia es aún más llamativa: el 89,2 % del petróleo que atraviesa Ormuz tiene como destino Asia. China, con el 37,7 % del total, encabeza la lista con diferencia. India (14,7 %), Corea del Sur (12 %) y Japón (10,9 %) completan un cuadro en el que cualquier perturbación del Estrecho golpea de forma directa y desproporcionada a las economías asiáticas.

Estados Unidos, en cambio, recibe apenas el 2,5 % de esos flujos, reflejo exacto de su autosuficiencia energética y de por qué Washington puede permitirse agitar la región sin pagar el mismo precio que sus rivales económicos.

No es la primera vez que vivimos un shock de oferta en el mundo de la energía, y las consecuencias históricas siempre han sido las mismas: los precios suben (todos, porque todo usa energía), se ajusta el consumo a la baja de la energía que escasea y las tecnologías alternativas consiguen abrirse hueco a marchas forzadas. Las grandes disrupciones geopolíticas han actuado históricamente como catalizadores de transformaciones energéticas que en tiempos de paz habrían tardado décadas.

Veámoslo.

La historia como argumento: las crisis aceleran las transiciones

La Primera Guerra Mundial es un ejemplo paradigmático: fue precisamente la presión de ese conflicto la que impulsó, entre otros procesos, la transición del carbón al petróleo en América Latina, un cambio que, en condiciones ordinarias, habría costado mucho más tiempo consolidar.

El carbón europeo no llegaba por el bloqueo atlántico y fue rápidamente sustituido por el petróleo americano. Como consecuencia, América Latina llegó a la era de dominancia del petróleo casi 30 años antes de que lo hiciera Occidente. Las crisis del petróleo de los años setenta tuvieron un efecto análogo en Europa y Japón: aceleraron la diversificación energética, el desarrollo de la energía nuclear civil y los primeros programas serios de eficiencia energética.

En todos esos casos, la amenaza sobre el suministro fue el argumento que desbloqueó inversiones y reformas que la lógica económica cotidiana no había conseguido movilizar. El programa nuclear francés no habría existido sin la crisis del petróleo.

La pregunta no es, por tanto, si la crisis actual acelerará la transición energética. La evidencia histórica sugiere que lo hará. La pregunta es quién estará mejor colocado para aprovecharla.

Europa en la encrucijada

Europa ocupa hoy una posición incómoda. Atrapada entre su dependencia de las importaciones energéticas, con el suministro del gas y el petróleo ruso en cuestión, la presión de sus aliados atlánticos para comprar más petróleo y gas estadounidense y la lentitud de su propia transición –parcialmente bloqueada por la defensa de industrias maduras de combustión–, el continente corre el riesgo de pagar la cuenta de una crisis que no ha diseñado y de la que no extrae beneficio estratégico alguno.

Como señalan Mikel Otero y Ander Goikoetxea, quien no tenga la llave de los pozos ni el control sobre las rutas de suministro solo tiene una salida: desengancharse de los fósiles. Tal vez no debería sorprendernos que África se haya puesto a ello: el primer país del mundo en prohibir la importación de vehículos de combustión fue Etiopía en 2024.

Desde una óptica económica, la aceleración de la transición no es solo una respuesta ecológica o moral. Es la única estrategia que reduce la exposición de Europa a shocks exógenos de precios, refuerza su autonomía industrial y convierte en activo propio lo que hoy es vulnerabilidad estructural. La historia lo avala. La pregunta es si la urgencia llegará antes o después de que el coste sea insoportable.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

El gran apagón ibérico: buscando respuestas para una crisis sin precedentes

Mar Rubio Varas es profesora del Departamento de Economía de la Universidad Pública de Navarra

Imagen cedida por pexels

El 28 de abril de 2025 quedará marcado en la historia energética de la península ibérica tras producirse uno de los apagones más significativos de las últimas décadas. La interrupción del suministro eléctrico, que ha afectado simultáneamente a España y Portugal, se ha convertido en uno de los 15 cortes de electricidad más importantes de la historia mundial por el número de personas afectadas, con más de 58 millones de ciudadanos experimentando sus consecuencias.

Un apagón histórico

Lo que hace particularmente destacable este incidente no es solo su magnitud, sino también la respuesta a la crisis, de las autoridades y de la ciudadanía. A diferencia de otros grandes apagones históricos, como el de Norteamérica en 2003 o el de India en 2012, la respuesta de las autoridades, los operadores del sistema eléctrico y las empresas suministradoras permitió reducir su impacto en las infraestructuras críticas.

A lo largo del día fue avanzando el restablecimiento del servicio mientras que los hospitales, aeropuertos y servicios esenciales mantuvieron su funcionamiento gracias a sus sistemas de respaldo, demostrando la importancia de contar con protocolos de emergencia robustos.

Protocolos coordinados

Un factor clave en esta relativamente rápida respuesta fue la actuación de REDEIA (anteriormente conocida como Red Eléctrica de España), el operador del sistema eléctrico español, que cuenta con una experiencia acumulada de más de cuatro décadas en la gestión de la red de transporte de alta tensión. Les recomiendo que sigan sus explicaciones en redes sociales.

La compañía activó sus protocolos de contingencia y hubo coordinación con su homólogo portugués, REN (Redes Energéticas Nacionais). Esta colaboración transfronteriza fue fundamental para aislar el fallo inicial y prevenir un efecto dominó que podría haber extendido el apagón a otras regiones europeas.

Cabe destacar la importancia de mantener una estrategia de inversión continua en tecnologías de monitorización en tiempo real y sistemas inteligentes de gestión de red, que permiten detectar con rapidez las anomalías y responder de manera precisa, pese a la enorme magnitud de la incidencia para un sistema eléctrico interconectado como es el europeo.

Causas preliminares y lecciones aprendidas

Aunque las investigaciones para determinar las causas exactas del apagón siguen en curso, las primeras hipótesis apuntan a factores técnicos (aunque se han barajado ataques intencionados, a esta hora no hay evidencias).

Este incidente subraya la importancia de continuar fortaleciendo las infraestructuras eléctricas para hacerlas más resilientes ante eventos extremos, especialmente en un contexto de transición energética y cambio climático. Aunque fundamental para la sostenibilidad, la creciente integración de energías renovables en el mix energético ibérico plantea nuevos desafíos en la estabilidad de las redes que van a requerir de soluciones innovadoras.

No menos destacable fue la reacción de la ciudadanía durante el apagón, con escasos incidentes reportados pese a la magnitud del corte eléctrico. Los servicios de emergencia registraron un volumen de llamadas elevado pero manejable, principalmente consultas informativas más que situaciones críticas.

Las redes sociales, accesibles a través de dispositivos móviles con batería, sirvieron como canal de información alternativo, permitiendo a las autoridades difundir recomendaciones y actualizaciones sobre el progreso en la restauración del servicio. También la radio volvió a ser fundamental, como en anteriores situaciones de emergencia (la DANA, Filomena y tantas otras veces).

Repercusiones para Europa

Este apagón tendrá importantes repercusiones en las políticas energéticas de la Unión Europea. Si bien el sistema ibérico ha demostrado su capacidad de recuperación, el incidente refuerza la necesidad de acelerar las inversiones en interconexiones eléctricas entre países miembros y en sistemas de almacenamiento energético que puedan proporcionar respaldo en situaciones de emergencia.

La Comisión Europea ya ha anunciado que estudiará detalladamente este caso para extraer conclusiones aplicables al conjunto de la red eléctrica continental, en línea con los objetivos del Pacto Verde Europeo y la estrategia de descarbonización para 2050.

El gran apagón ibérico, a pesar de su magnitud histórica, está demostrando que la preparación, la inversión en infraestructuras robustas y la coordinación eficaz entre operadores son factores decisivos para minimizar el impacto de este tipo de crisis. La respuesta de REDEIA y REN, junto con el comportamiento responsable de la ciudadanía, hace que lo que podría haber sido una catástrofe en un caso de estudio sobre la gestión de emergencias energéticas.

Mientras el suministro eléctrico se restablece progresivamente en toda la península, ya comienzan los análisis para reforzar la resiliencia de un sistema que, pese al incidente de hoy, confirma su posición entre los más fiables y avanzados del mundo.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Del pensamiento a la acción: los impulsos nerviosos que activan nuestros músculos

Javier Rodriguez-Falces es profesor e investigador del Departamento de Ingeniería Eléctrica, Electrónica y Comunicación de la Universidad Pública de Navarra

Imagen cedida por pixabay

Fueron unas ranas las que, por casualidad, dieron la explicación sobre el proceso de comunicación entre los nervios y los músculos, uno de los grandes misterios para la fisiología hasta el siglo XVIII.

En la década de 1780, el médico y físico Luigi Galvani se sorprendió al comprobar que una rana que disecaba en su laboratorio, al recibir una descarga eléctrica por equivocación, contraía una pata. Armado de un bisturí conectado a un generador de corriente, sus históricos experimentos inspirarían la imaginación de científicos e, incluso, de escritores como Mary Shelley.

Galvani observó que, cuando los nervios de la pata de la rana eran tocados con la punta conductora del bisturí, respondían con fuertes “sacudidas”. Estas contracciones ocurrían simultáneamente con las chispas eléctricas del generador de corriente. Así, el experimento puso de manifiesto que impulsos eléctricos de algún tipo se propagaban desde los nervios hasta los músculos.

Impulsos eléctricos y excitabilidad celular

Muchas células del organismo son capaces de generar y conducir impulsos eléctricos (también llamados potenciales de acción). Se trata de una especie de descarga eléctrica con forma de triángulo, de muy corta duración (1-2 milisegundos), que se propaga a lo largo de la membrana celular. Su misión principal es llevar información entre unos tejidos y otros.

La capacidad de generar impulsos eléctricos y transmitirlos es la característica que hace que una célula sea “excitable” eléctricamente. Y la excitabilidad celular es la cualidad que permite el movimiento… y la vida.

Existen varias células corporales capaces de generar impulsos eléctricos, pero las encargadas del movimiento son las células del sistema nervioso (neuronas) y las células (fibras) musculares.

Otros ejemplos de células excitables son las encargadas de la audición (generan impulsos eléctricos en respuesta a estímulos sonoros), de la vista (responden a estímulos visuales) o del tacto (hacen lo mismo con los estímulos mecánicos y térmicos).

Dos tipos de conducción eléctrica en el cuerpo

Habría que diferenciar la conducción eléctrica nerviosa (que ocurre entre el cerebro y los tejidos periféricos, como músculos y órganos) de la conducción eléctrica muscular (que sucede exclusivamente dentro de las fibras musculares).

En la conducción nerviosa, los impulsos eléctricos viajan a través de las fibras nerviosas para permitir la comunicación entre el cerebro, la médula espinal y el resto del cuerpo. Hay que aclarar que el impulso eléctrico no viaja por el nervio, sino a lo largo del axón de la neurona.

El axón es un cable que sale desde el centro (cabeza) de la neurona y va hasta un lugar alejado de este. Su diámetro es finísimo (1-20 micrómetros, que equivalen a la milésima parte de un milímetro), y miles de ellos se agrupan, empaquetados, en un solo nervio.

En el caso particular del movimiento muscular, el impulso eléctrico viaja desde el cerebro hasta el músculo solicitado, haciendo, eso sí, una pequeña “parada” en la médula espinal.

Por otra parte, en la conducción muscular, los impulsos eléctricos se transmiten a través de las fibras musculares para provocar su contracción. En este caso, el impulso eléctrico hace un solo viaje: desde el centro de la fibra muscular (que es donde llega la terminación de la fibra nerviosa) hasta el final de la fibra muscular (en la unión con el tendón).

A toda velocidad

Los impulsos eléctricos en los nervios viajan a 35-75 m/s, mientras que en la fibra muscular lo hacen a 4 m/s. ¡Una velocidad 10 veces menor! La velocidad del impulso en los nervios es tan elevada gracias a que la propagación es “saltatoria”. Esto quiere decir que el impulso eléctrico se propaga dando saltos entre unos anillos dispuestos a lo largo del axón, llamados nódulos de Ranvier.

Sin embargo, el impulso eléctrico en la fibra muscular se propaga a lo largo de la membrana de dicha fibra, lo que explica que se desplace mucho más lento.

¿Por qué la conducción nerviosa es tan rápida? Parece que es un aspecto propiciado por la evolución humana para reaccionar rápidamente a las amenazas y estímulos externos.

Por ejemplo, si alguien nos acerca un fuego al dedo índice, se generan impulsos eléctricos que viajan rápidamente por las neuronas sensoriales desde dicho apéndice hasta el cerebro. Es entonces cuando notamos la sensación de calor y apartamos rápidamente la mano.

De la electricidad a la mecánica

Se podría decir que el funcionamiento de un músculo y el de un coche son similares en el sentido que, en ambos casos, primero ocurren los eventos eléctricos y luego los mecánicos.

En el coche, lo primero que hacemos es girar la llave para que la corriente eléctrica viaje hasta las bujías y a las bobinas de encendido (eventos eléctricos), y sólo después se accionan los pistones, el cigüeñal y el árbol de levas, produciendo el movimiento (eventos mecánicos).

En el caso del cuerpo, el impulso eléctrico viaja desde el cerebro a la médula espinal para finalmente llegar al músculo (eventos eléctricos), y sólo después las fibras musculares se acortan, produciendo la contracción y el movimiento (eventos mecánicos).

Todo empieza en el cerebro

Los movimientos voluntarios primero se planifican y preparan en la corteza premotora del cerebro, que es una región ubicada en el lóbulo frontal. Después, esta información se traspasa a la corteza motora primaria (ubicada justo detrás del lóbulo frontal), que es donde están las neuronas motoras que envían los impulsos eléctricos a los músculos.

Sin embargo, el cerebro piensa en ejecutar un movimiento, no en contraer un músculo aislado –algo que es casi imposible–. Como somos seres funcionales, nuestro cerebro planifica y prepara movimientos que tengan una función concreta: lanzar una piedra, coger una cuchara, agarrar el volante del coche. Para alcanzar esa funcionalidad, los movimientos voluntarios necesitan la activación de varios músculos simultáneamente (músculos “sinergistas”) y no la activación de uno aislado.

Como hemos visto, el movimiento de un músculo es el resultado de una larga cadena de eventos eléctricos y mecánicos que se producen en este orden: se piensa en el movimiento a realizar, se activan las neuronas cerebrales responsables de ese movimiento, se conduce el impulso eléctrico por las fibras nerviosas, se conduce el impulso eléctrico por las fibras musculares y, finalmente, se acorta el músculo produciendo la contracción.

Javier Rodriguez-Falces, Profesor Titular del Departamento de Ingeniería Eléctrica, Electrónica y Comunicación de la Universidad Pública de Navarra. Su área de especialización es la Ingeniería Biomédica

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.