#UPNAResponde/#NUPekErantzun: ¿Puede el confinamiento agravar situaciones de violencia de género?

Responde: Patricia Amigot Leache, profesora del Departamento de Sociología y Trabajo Social de la Universidad Pública de Navarra (UPNA).

 

A pesar de que el confinamiento en los hogares es duro para todo el mundo, hay circunstancias que intensifican su impacto negativo. En este sentido, el confinamiento endurece el infierno de las mujeres que sufren violencia por parte de su pareja y conviven con su agresor. Las estimaciones realizadas a partir de la última macroencuesta sobre violencia de género en el Estado –que data del 2015, la desarrollada en 2019 no se ha publicado todavía–, cifran en casi medio millón las mujeres que pueden estar padeciendo situaciones de violencia, de tipos e intensidades variables. El hogar es sinónimo de tensión, de amenaza y de sufrimiento para muchas mujeres. Porque esta violencia no es un acto puntual: es un proceso y una realidad cotidiana.

La desigualdad estructural de género es la base de la violencia contra las mujeres. En situaciones de violencia en la pareja, los agresores recurren a la violencia para mantener una posición jerárquica naturalizada. Como señala Luis Bonino, agreden porque se sienten con derecho de agredir, pero en esta dinámica intervienen diversas variables que operan como desencadenantes o moduladores de la violencia, sea psicológica, física o sexual. Es evidente que el confinamiento aumenta el riesgo de agresión al intensificar el malestar del agresor y la proximidad con la víctima. Pero, sobre todo, el aislamiento acrecienta la situación de vulnerabilidad de las mujeres en hogares no seguros, porque restringe los espacios y los tiempos de soledad y, por tanto, las diversas estrategias de supervivencia de las mujeres y las opciones relacionales de compañía y apoyo. Además, dificulta enormemente la posibilidad de pedir ayuda. Sabemos que las separaciones, las denuncias y los intentos de denuncia suelen provocar una escalada de la violencia.

En este contexto, se han articulado iniciativas que plantean procedimientos de solicitud de auxilio diferentes a los habituales, como pueden ser las redes, y se han lanzado campañas que nos recuerdan que este problema es un problema social y que nos concierne a todos y todas.

Mujer

Los servicios de intervención integral están haciendo esfuerzos para adecuarse a esta situación, aunque algunos recursos tienen limitaciones que urge transformar. Las plazas de los recursos de acogida, en algunos lugares, son muy limitadas, y más en una situación que provoque un incremento del número de casos. Por otro lado, el propio diseño de algunos de ellos, sin autonomía para los núcleos familiares de las mujeres y sus criaturas –lo que resulta en una convivencia intensiva y cambiante–, puede endurecer más todavía la vida en común en una situación de encierro, tanto para ellas como para las profesionales que trabajan en ellos.

Es positivo que los medios de comunicación hayan mostrado cierta preocupación por las situación de las mujeres que sufren violencia, que se esfuercen en lanzar mensajes de apoyo y acompañamiento y que faciliten información práctica. No obstante, sería necesario también emitir esos mensajes desde la comprensión y la perspectiva de género y no reproducir una constante del imaginario social que consiste en focalizar el problema en las víctimas y desdibujar a los agresores, aunque sea con buena intención. Hace unos días, aconsejaban en TVE1 a las mujeres que pudieran estar en esta situación que “no provocaran conflictos”, mensaje que traslada una responsabilización de las víctimas –entiendo que no intencionada–. Quizá en estas circunstancias deberían enviarse más mensajes a los potenciales agresores, puesto que la violencia de género, como señala Rita Segato, es un problema de algunos hombres que sufren las mujeres.

 

 

Nota: las personas interesadas podrán plantear a investigadores de la UPNA cuestiones relacionadas con el coronavirus o el estado de alarma a través del correo electrónico vicerrectorado.proyeccionuniversitaria@unavarra.es, incluyendo en el asunto #UPNAResponde/#NUPekErantzun. 

#UPNAResponde/#NUPekErantzun: ¿Los contenidos vía “online” dan respuesta a las necesidades educativas en la educación obligatoria durante el confinamiento?

Responde: Ana Mendióroz Lacambra, profesora del Departamento de Ciencias Humanas y de la Educación, directora de la Cátedra Aprender-Ikasi e investigadora del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

 

El profesorado de educación obligatoria (y también del resto de etapas educativas) está haciendo lo imposible para colgar contenidos en las plataformas “online”, con el objetivo de que el alumnado siga avanzando en los temarios. Además, en muchos casos reconoce, y la literatura científica así lo avala, que no se siente competente para crear contenidos con las TIC (tecnologías de la información y la comunicación).

Esto, que, a priori, parecía “solucionar” el parón educativo impuesto por la pandemia, no hace sino incrementar la brecha educativa. El alumnado más desfavorecido no tiene acceso en su domicilio a un ordenador y, mucho menos, a internet. Además, y en el caso de los hogares que sí se lo pueden permitir, los estudiantes necesitan la ayuda de un adulto para organizar y realizar las múltiples tareas encomendadas por los colegios. Hay muchos casos que los adultos no pueden apoyar a sus hijos, bien porque no están capacitados o bien porque están trabajando en casa o fuera de ella.

A todo esto, hay que añadirle el nivel de ansiedad que supone este confinamiento para toda la población.

¿Y si aprovechamos este periodo también no solo para instruir en contenidos específicos de cada materia sino en otros que son transversales en el currículo escolar? Por ejemplo, en la etapa de Educación Primaria son contenidos curriculares los valores y las normas de convivencia como desarrollar hábitos de trabajo individual y en equipo, de esfuerzo y responsabilidad, así como actitudes de confianza en sí mismo, con sentido crítico, iniciativa personal, curiosidad, interés y creatividad. El alumnado de esta etapa debe adquirir habilidades para la prevención y para la resolución pacífica de conflictos, que le permitan desenvolverse con autonomía en el ámbito familiar y doméstico, así como en los grupos sociales con los que se relaciona.

Es importante no olvidar que el esfuerzo del sistema educativo debe ir dirigido más que a instruir, a formar una futura ciudadanía responsable y comprometida con el mundo que le toque vivir. ¿Por qué no aprovechamos esta circunstancia para enseñarles también a ser?

 

Nota: las personas interesadas podrán plantear a investigadores de la UPNA cuestiones relacionadas con el coronavirus o el estado de alarma a través del correo electrónico vicerrectorado.proyeccionuniversitaria@unavarra.es, incluyendo en el asunto #UPNAResponde/#NUPekErantzun. 

#UPNAResponde/#NUPekErantzun: ¿Qué es el coronavirus?

Responde: Antonio G. Pisabarro De Lucas, catedrático de Microbiología en el Departamento de Ciencias de la Salud y director del Instituto IMAB (Institute for Multidisciplinary Research in Applied Biology-Instituto de Investigación Multidisciplinar en Biología Aplicada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA).

 

Los virus son moléculas de material genético que invaden células y, tomando su control, las ponen a su servicio para multiplicarse y empezar un nuevo ciclo de infección. Se trata de un verdadero secuestro biológico: las células infectadas ya no funcionan normalmente, sino que se transforman en factorías de ensamblaje de nuevos virus. En realidad, no podemos decir que los virus sean seres vivos, ya que no desarrollan actividad metabólica de ningún tipo mientras están fuera de la célula a la que infectan; y, cuando están dentro de ella, es la célula la que funciona siguiendo las órdenes del virus que la ha abducido. Los virus tampoco son capaces de multiplicarse fuera de las células (son siempre parásitos), ni tienen capacidad de movimiento. Como los virus no son seres vivos, en realidad no podemos matarlos: podemos destruirlos físicamente o podemos inactivarlos como se inactiva una bomba. Nuestra lucha contra los virus cuando nos invaden se basa en las dos armas que tenemos: una natural, la respuesta inmune que desarrollaremos o induciremos mediante la vacunación; otra artificial, mediante el uso de compuestos antivirales que destruyan de forma selectiva estos invasores.

Los virus que se ven en las fotografías son esas moléculas de material genético envasadas en cápsulas formadas por proteínas y, en ocasiones, envueltas por una capa tomada de la membrana de la célula en la que se ensambló. Aunque hay virus extremadamente pequeños, como el de la polio, y otros muy grandes, caso del de la viruela, la mayoría de ellos son tan pequeños que sólo pueden verse usando microscopios electrónicos. Al observarlos con estos microscopios, se ven algunos con formas alargadas (como el virus Ébola) o, más frecuentemente, con apariencia esférica. En muchos casos, como ocurre en el que nos ocupa estos días, la forma del virus y algunas estructuras características nos permite saber a qué grupo pertenece y tener una primera idea de sus características y del tipo de patología que pude causar, en su caso.

Coronavirus

En la naturaleza hay muchísimas más partículas víricas que células de cualquier tipo. Se estima que en un mililitro de agua de mar hay en torno a diez millones de partículas víricas. Todos los virus son parásitos. Hay virus que son parásitos de células animales, otros de células vegetales, también de bacterias (los llamados bacteriófagos) e, incluso, hay virus que funcionan como polizones de otros virus. En conjunto, son parásitos de todo lo que se puede parasitar en este mundo. Sin embargo, son parásitos muy selectivos. Cada tipo de virus sólo es capaz de infectar a un tipo específico de células: los virus bacterianos sólo infectan bacterias; los de plantas, sólo vegetales, y los animales, sólo células animales. Es más: dentro de los virus animales, los virus de unas especies tienen muy difícil infectar otras especies diferentes. Esta selectividad de células a las que parasitar llega a distinguir distintas células dentro del cuerpo. Así, por ejemplo, los virus que infectan las células del hígado y producen hepatitis, no infectan células pulmonares para producir una neumonía; y tampoco ocurre al revés. Cada virus tiene su tipo de célula víctima específico.

¿A qué se debe esta especificidad? Se debe a que los virus necesitan agarrarse a la célula que van a infectar para poder entrar en su interior y dominarla. Para hacerlo, para unirse a su víctima, los virus tienen en el exterior proteínas o estructuras que les permiten asirse de forma específica a un tipo de molécula determinada (una proteína o un azúcar, por ejemplo) que esté en la superficie de la célula. Así, si un virus determinado encuentra la estructura a la que asirse, lo hará e infectará dicha célula. Si no la encuentra, pasará de largo sin infectarla. Por esto, sólo un número muy pequeño de la enorme diversidad de virus existente puede interaccionar con nosotros y causarnos, en su caso, enfermedades. Sólo nos infectarán los virus para los que algún tipo de células de nuestro cuerpo tenga un asidero, tenga un receptor.

En el caso del nuevo coronavirus, el asidero para el virus es una proteína, ACE2, que se encuentra en el exterior de las células que recubren interiormente los pulmones, arterias, corazón, riñones e intestinos. Por esto, cuando se inhala un coronavirus y llega al interior de los pulmones, puede unirse a las células que recubren los alveolos pulmones y, a partir de ese momento, se produce la infección, se produce la enfermedad.

En un siguiente artículo, veremos cómo se produce la infección y la enfermedad.

Mientras tanto, cuídense.

 

Nota: las personas interesadas podrán plantear a investigadores de la UPNA cuestiones relacionadas con el coronavirus o el estado de alarma a través del correo electrónico vicerrectorado.proyeccionuniversitaria@unavarra.es, incluyendo en el asunto #UPNAResponde/#NUPekErantzun. 

#UPNAResponde/#NUPekErantzun: ¿Qué estrategias de acompañamiento podemos desarrollar para combatir la soledad?

Responde: Víctor Sánchez Salmerón, investigador del Departamento de Sociología y Trabajo Social de la Universidad Pública de Navarra (UPNA).

 

No cabe la menor duda de que las nuevas tecnologías tienen un potencial enorme para romper las barreras comunicativas que comportan el periodo de confinamiento que vivimos. Tras la primera semana de cuarentena, se ha intensificado más si cabe el papel central de las nuevas tecnologías en nuestro día a día. Las TICs (tecnologías de la información y las comunicaciones) están mostrándose esenciales para favorecer el teletrabajo de muchos sectores profesionales, o para mantener activa la vida académica. Con tanta o más intensidad, están contribuyendo a entretenernos, informarnos y mantener el contacto con familiares y personas allegadas. Por ello, si tanto nos están facilitando a las generaciones más jóvenes a superar la actual coyuntura de confinamiento, ¿por qué no también a las personas mayores?

No se puede negar que existen importantes brechas en el uso de las nuevas tecnologías, sobre todo, etarias (de edad) y socioeconómicas. El uso de estas es especialmente bajo entre los sectores de población de mayor edad. Sin embargo, estudios recientes concluyen que las personas mayores se muestran muy abiertas al aprendizaje del uso de nuevas tecnologías, y que las generaciones más jóvenes tienen un papel fundamental a la hora de motivar y facilitar su uso y adopción entre sus mayores.

Así entonces, las nuevas tecnologías pueden —y deben— ponerse al servicio de las personas mayores para que puedan beneficiarse también de las bondades de las TICs nos están proporcionando en estos días de aislamiento. Y esto no es una novedad. El teleacompañamiento —sobre todo telefónico— es un recurso ya conocido y empleado por entidades que trabajan con población mayor para atender situaciones de soledad y especial vulnerabilidad. En la actual coyuntura, es muy importante reforzar esta función, pero también dar un salto cualitativo en el uso de nuevos medios (redes sociales, mensajería instantánea, videollamadas…) para acompañar a nuestros mayores, independientemente de que se enfrenten o no a situaciones como las anteriores. Y esto, porque como señala, por ejemplo, un reciente informe elaborado por el Observatorio Social de La Caixa, la soledad no se siente solo por no estar acompañada, sino que tiene sobre todo que ver con la percepción de sentirse apoyada y con capacidad de encontrar apoyo caso de necesidad. La incertidumbre y el miedo que padecen las personas estos días hacen más urgente si cabe hacer notar este apoyo.

La extraordinaria labor del sector sanitario durante las últimas semanas, y el compromiso colectivo con las medidas de distancia social son imprescindibles para proteger y cuidar a las personas mayores en tanto población en situación de riesgo. Pero es necesario también prestar atención y mitigar las consecuencias psicosociales que para muchas personas mayores pueda tener el aislamiento de estos días haciendo uso de todos los medios posibles. Las redes colectivas de ayuda mutua que están surgiendo estos días contribuyen sin duda a ello. Pero también el contacto telefónico, telemático y virtual tiene que incorporarse a la lucha contra la soledad de muchas personas mayores. Estamos a tiempo como se señalaba anteriormente —en la medida que lo permita el confinamiento— de introducir a las personas mayores en su uso, y de ayudarles a adaptarse a los nuevos canales de interacción y comunicación social, también con vistas a mejorar su bienestar relacional en el futuro que vendrá después de la crisis.

 

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#UPNAResponde/#NUPekErantzun: ¿Cómo está siendo la respuesta a esta crisis desde las políticas sociales? ¿Igual o distinta a la crisis de 2008?

Responde: Lucía Martínez Virto, profesora del Departamento de Sociología y Trabajo Social de la Universidad Pública de Navarra (UPNA) e investigadora del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de esta institución.

 

Las crisis económicas tienen un impacto directo en los modelos de atención a la ciudadanía. El impacto de la crisis económica de 2008 ha dejado, a día de hoy, huella en los servicios sanitarios, educativos y, cómo no, en la intervención en emergencia social. Ahora, en el 2020, nos enfrentamos, posiblemente, a una nueva crisis de envergadura global, pero con un impacto local muy significativo. Pero ¿estamos respondiendo igual ante esta emergencia? La crisis del covid-19 tiene elementos muy diferenciados a la crisis anterior. Es todavía pronto para avistar cómo responderá en sistema a las necesidades sociales emergidas, aunque las medidas de urgencia que están desarrollando algunos gobiernos apuntan, desde luego, a un escenario distinto. Tanto el gobierno central, como comunidades, ayuntamientos e, incluso, universidades se han dotado, de manera ágil, de prestaciones y servicios que amortiguen este impacto.  Por tanto, es posible que veamos comportamientos muy distintos en el ámbito de las políticas sociales.

La inversión en gasto social tiene como objetivo, desde el desarrollo de los Estados de Bienestar, reducir las desigualdades que genera la renta y el mercado con el fin de tener una sociedad más cohesionada y con una brecha menor entre clases sociales. Ya desde los primeros seguros sociales aprobados a principios del siglo XX, las políticas sociales públicas han contribuido a la estabilidad social. Este hecho consiguió el acuerdo de la mayoría de la sociedad y, por tanto, su legitimación.  En el siglo XXI, estas bases ideológicas permanecen en nuestro imaginario social, y la inversión social en momentos de crisis es más o menos legitimada en función del reparto democrático o no de sus consecuencias.

Política social

El sociólogo, profesor e investigador José Antonio Noguera (2020) apunta a que son varias las razones que llevan a pensar que la respuesta a la emergencia generada por el covid-19 no será la misma reacción a la crisis del 2008. La primera de ellas tiene que ver con que esta crisis tiene un causante externo e imprevisto, por lo que se considera que, a todas las personas, independientemente de su situación económica y social previa, la crisis les ha pillado por sorpresa. Por tanto, se destierra la sospecha a la responsabilidad individual y la lógica del “merecimiento” a la ayuda social se legitima ante situaciones socioeconómicas imprevistas. En segundo lugar, porque las consecuencias directas y colaterales de esta crisis han tocado a todas las puertas, familias y clases sociales. Por tanto, se intensifica la “empatía” y ello reactiva la solidaridad colectiva. En tercer lugar, la necesidad se ha asentado en los hogares de manera rápida e intensa, la incertidumbre y el miedo hacen que se tambaleen los pilares de la seguridad y, por tanto, esto refuerza cualquier medida pública que contribuya a aportar estabilidad y certidumbre. En este contexto, nadie, independientemente de su ideología, se atreve a valorar como contraproducente cualquier incremento de gasto público para superar la coyuntura. Por último, ser seres humanos que viven en un mismo planeta se constituye, más que nunca, como nuestro principal rasgo identitario y, ello, homogeneiza e intensifica nuestro sentimiento colectivo y de comunidad. Por tanto, estamos en un momento paradigmático de solidaridad y redistribución.

Sin embargo, si bien el escenario que rodea a las políticas sociales es más optimista que nunca, no podemos olvidar que, al igual que ocurrió en la crisis del 2008, los efectos de esta pandemia no se distribuirán de manera democrática. Si bien sabemos que el virus es más agresivo en algunas personas (por razones de edad, patologías previas, etc.), también se identifican situaciones que pueden apuntar a las graves consecuencias que esta cuarentena tendrá para las familias más vulnerables, con empleos temporales, que viven en situaciones de soledad o hacinamiento, con dificultades económicas, sin medios telemáticos para el seguimiento de las clases que incrementarán la desigualdad educativa, etc. Cabe señalarse que el último informe Foessa (2019) constataba que el 18,4% de la población española (8,5 millones de personas) se encontraba en situación de pobreza y exclusión y que más de 4,6 millones de personas en España viven en casas que no reúnen las condiciones de habitabilidad, salubridad o adecuación suficiente. Por tanto, el momento de emergencia social no entiende de clases sociales, pero, en sus costes y recuperación, las brechas sociales serán determinantes. En los momentos de crisis, las políticas sociales toman un papel determinante. No se trata sólo de contener sus efectos, sino de invertir en una salida fuerte y resistente que supere la fragilidad de una sociedad desigual.

 

Nota: las personas interesadas podrán plantear a investigadores de la UPNA cuestiones relacionadas con el coronavirus o el estado de alarma a través del correo electrónico vicerrectorado.proyeccionuniversitaria@unavarra.es, incluyendo en el asunto #UPNAResponde/#NUPekErantzun. 

#UPNAResponde/#NUPekErantzun: ¿Qué pasos deben tenerse en cuenta para implantar el teletrabajo? ¿Qué normativa existe para regular esta cuestión?

Responde: Amaya Erro Garcés, profesora del área de Gestión de Empresas en el Departamento de Gestión de Empresas de la Universidad Pública de Navarra (UPNA).

 

El teletrabajo es una forma de organización del trabajo que realiza una persona para una empresa desde un lugar diferente a la propia sede de la empresa, a través de un sistema de telecomunicación. Es decir, para que exista teletrabajo deben darse dos elementos; el lugar de trabajo diferente a la sede de la organización y el uso de tecnología. Normalmente, el teletrabajo se realiza desde el domicilio, aunque existen otras posibilidades (trabajo en viajes, etc.). En todo caso, nos referiremos aquí al teletrabajo desde el domicilio.

Hasta la fecha, las personas que teletrabajan en España son aproximadamente el 7% del total de trabajadores, por lo que nos encontramos en una situación por debajo de la media europea en número de teletrabajadores y, de hecho, parece que el teletrabajo no acaba de despegar.

Sin embargo, ante la crisis sanitaria provocada por el covid-19, muchas empresas han optado por el teletrabajo como vía para asegurar la continuidad de la actividad económica y proteger, al mismo tiempo, la salud de los trabajadores. Este hecho hace que las cifras de teletrabajadores anteriormente descritas presenten un despunte durante el año 2020. En este sentido, podríamos afirmar que, además de las causas tradicionales que justifican el teletrabajo, como la conciliación familiar, la reducción de costes, la flexibilidad o la reducción de la contaminación derivada de los desplazamientos,  la seguridad sanitaria ha surgido como una razón adicional que puede incrementar el uso del teletrabajo.

Diversas multinacionales y grandes empresas, como Orange, Vodafone, Telefónica, BBVA, Banco Santander, Google, etc., han puesto en marcha de forma masiva el teletrabajo para casi todos sus empleados localizados en zonas de alto riesgo de coronavirus.

Es más, un análisis en Google Trends del número de búsquedas del término “teletrabajo” muestra que, a partir del mes de marzo de 2020, las búsquedas de este concepto se han multiplicado exponencialmente, tanto en España como a nivel global.

Teletrabajo

En este contexto, una de las cuestiones que centran las búsquedas de información se refiere al modo en el que se debe desarrollar el teletrabajo; a los derechos y deberes de los trabajadores bajo esta forma de organización del trabajo.

En primer lugar, es preciso señalar que no existe una normativa específica que regule en España el teletrabajo, si bien son de aplicación diversos textos legales que actúan a modo de recomendaciones o buenas prácticas. En este sentido, el Acuerdo Marco sobre Teletrabajo en Europa establece un marco general a nivel europeo para la implantación y el desarrollo del teletrabajo. Así, el Acuerdo Marco establece el carácter voluntario del teletrabajo, recomienda a los empleadores hacer frente al coste derivado de la implantación y desarrollo del teletrabajo (conexión a Internet, equipos tecnológicos) o hace referencia a la protección de datos, entre otros aspectos. En todo caso, como comentaba anteriormente, el Acuerdo Marco es un texto no normativo.

Por otro lado, el teletrabajo se regula en el artículo 13 del Estatuto de los Trabajadores como trabajo a distancia, y en muchas organizaciones se incluye en el convenio colectivo, que establece artículos concretos relativos a la forma de organizar el teletrabajo (tiempo, acceso al teletrabajo, etc.). Por último, hay empresas que optan, además, por firmar acuerdos individuales con los trabajadores a los que ofrecen esta modalidad del trabajo. En estos acuerdos, se regulan aspectos como el horario del teletrabajo, el pago de los equipos y conexiones necesarias o el tiempo de vigencia del teletrabajo.

En todo caso, ante la situación de alarma generada por el covid-19, la implantación del teletrabajo como respuesta a esta crisis se ha realizado de urgencia y, en consecuencia, la mayoría de las organizaciones no han desarrollado documentación específica para regular esta situación.

Cabe preguntarse si, a futuro, este incremento del teletrabajo derivará en la redacción de un texto normativo que regule esta modalidad de trabajo. Sería bueno que así fuera, ya que, de hecho, los expertos indican que la falta de regulación ha sido uno de los principales obstáculos para la implantación del teletrabajo.

Finalmente, cabe indicar que la razón fundamental que explica el teletrabajo reside en la confianza entre trabajador y empresa. Las organizaciones que han implantado el teletrabajo indican que no sólo ha aumentado la motivación de los trabajadores, sino que, además, se ha mejorado la productividad empresarial.

Confío que este experimento masivo de teletrabajo conduzca finalmente al despegue de esta forma de trabajo, beneficiosa tanto para la empresa como para el trabajador.

 

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#UPNAResponde/#NUPekErantzun: ¿Qué consecuencias psicológicas puede generar un estado de cuarentena?

Responde: Javier Fernández-Montalvo,  catedrático de Psicopatología del Departamento de Ciencias de la Salud de la Universidad Pública de Navarra (UPNA).

 

La evidencia científica sobre las consecuencias psicológicas de la cuarentena no es muy numerosa. Son realmente muy pocos los estudios que se han dedicado a analizar este fenómeno. Paradójicamente, la información existente en las redes sociales es abrumadora, por lo que parece fundamental analizar qué se sabe realmente sobre este fenómeno. Existen precedentes de medidas similares de cuarentena durante epidemias anteriores. Por ello, se acaba de publicar un artículo de revisión en The Lancet (Brooks y Webster, 2020 [1]), que analiza la evidencia existente sobre los efectos psicológicos de la cuarentena. Para ello, se han tenido en cuenta 24 estudios con datos relevantes, que se llevaron a cabo durante las crisis del SARS (2003), Gripe A (2009-2010), MERS (2012-2013) o Ébola (2014), entre otros. A continuación, se resumen los principales hallazgos encontrados en las personas que han pasado por una cuarentena:

a)      Mayor propensión a presentar síntomas del trastorno por estrés agudo: agotamiento, desapego, ansiedad, irritabilidad, insomnio, poca concentración e indecisión, y deterioro del desempeño laboral.

b)      Aumento de la prevalencia de síntomas de angustia y problemas psicológicos generales: trastornos emocionales, trastornos depresivos, trastornos de ansiedad y síntomas de estrés postraumático. El bajo estado de ánimo y la irritabilidad destacan por tener una elevada prevalencia.

c)       La cuarentena derivada del contacto cercano con un caso positivo aumenta los sentimientos negativos durante el período de cuarentena: temor, nerviosismo, tristeza y culpabilidad.

d)      Los niños/as presentan puntuaciones medias de estrés postraumático cuatro veces más elevadas, en comparación con aquellos/as que no han estado en cuarentena.

e)      La cuarentena es un predictor de síntomas de estrés postraumático y de depresión en trabajadores sanitarios, incluso tres años después de la misma.

f)       Los antecedentes de problemas de salud mental se asocian con ansiedad e irritabilidad, hasta 4-6 meses después del final de la cuarentena. Después de este período, muchas personas continúan desarrollando conductas de evitación: evitar a las personas que tosen o estornudan, rehuir los lugares cerrados e, incluso, los espacios públicos en las semanas posteriores a la cuarentena, etc.

g)      Los trabajadores de la salud que han sido puestos en cuarentena presentan síntomas más graves de estrés postraumático que el resto de la sociedad general y sienten una mayor estigmatización, exhiben más conductas de evitación después de la cuarentena y están más afectados psicológicamente: presentan más sentimientos de enfado, molestia, miedo, frustración, culpa, impotencia, aislamiento, soledad, nerviosismo, tristeza, preocupación y se sienten menos felices. También en este colectivo la probabilidad de pensar que están contagiados y que pueden propagar el virus a otros es mayor.

 

Tristeza

 

Estos son los únicos datos científicos que se tienen hasta la fecha sobre el impacto psicológico de la cuarentena. Se necesitan, por tanto, más estudios que valoren de forma precisa las consecuencias psicológicas del confinamiento actual, así como los factores mediadores que durante y después de la cuarentena influyen en el mayor o menor desarrollo de sintomatología específica. Entre los factores estresantes durante la cuarentena, destacan la duración de la misma, el miedo a la infección, la sensación de frustración y aburrimiento, tener suministros básicos inadecuados (comida, agua, ropa, etc.) y recibir información inadecuada y poco precisa. Entre los factores estresantes tras la cuarentena, sobresalen las pérdidas económicas como resultado de la misma y el estigma que rodea a las personas puestas en cuarentena. Se sabe que estos factores aumentan la probabilidad de desarrollar problemas específicos como resultado de la cuarentena, por lo que constituyen aspectos fundamentales a tener en cuenta para el desarrollo de consejos psicológicos basados en la evidencia, que permitan afrontar lo más adecuadamente posible el confinamiento y mitigar así las consecuencias de la cuarentena. No se debe olvidar que la capacidad de adaptación del ser humano a las circunstancias adversas es inmensa. Las personas más vulnerables, con un punto de partida más débil (soledad, exclusión, pobreza, problemas mentales previos, etc.), son las que más probabilidad tienen de verse afectadas. Probablemente, la mayoría de nosotros saldremos fortalecidos de la situación actual.

 

[1] Brooks, R. K. y Webster, L. E. (2020). The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence. The Lancet, 395, 913-920.

 

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#UPNAResponde/#NUPekErantzun: ¿Cómo está respondiendo nuestro sistema sanitario? Innovación en atención sanitaria para hacer frente al coronavirus

Responde: Tomás Belzunegui Otano, vicedecano del Grado en Medicina de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Pública de Navarra (UPNA).

 

Personalmente, creo que el sistema sanitario de Navarra está respondiendo bien y, sobre todo, de forma muy ágil y coordinada al reto que supone la emergencia infecciosa del coronavirus en la Comunidad Foral.

Todos somos conscientes de que tenemos una red sanitaria pública muy robusta y una importante presencia privada y de que esta emergencia está poniendo a prueba nuestra capacidad de adaptarnos a una situación a la que nunca nos habíamos enfrentado y que tiene unas claves muy concretas: afecta a un gran número de personas que, en un porcentaje no despreciable, presentan un cuadro clínico respiratorio grave que precisa ingreso en Unidades de Cuidados Intensivos, ventilación mecánica y un tiempo de ingreso de entre tres y cuatro semanas

Desde el principio, el Departamento de Salud del Gobierno de Navarra asumió el mando de la crisis y tuvo claro que había que cambiar totalmente la organización. Atención Primaria suspendió toda la actividad programada y se convirtió en el primer escalón de cribado y valoración (fundamentalmente, telefónica) de todas las personas   que presentaban patología respiratoria, realizando un trabajo fundamental.

Urgencias de los Hospitales (que vieron bajar a menos de la mitad el volumen de pacientes diarios) se han convertido en los lugares donde se valoran los casos con dificultad respiratoria y se les realiza una RX (radiografía) para ver si existe neumonía.

El Hospital ha suspendido todas aquellas actividades “programadas” (fundamentalmente, quirúrgicas) que no son imprescindibles.  En ese sentido, se han garantizado una serie de servicios que no se pueden suspender, como los hospitales de día de oncología, diálisis, radioterapia, intervenciones quirúrgicas urgentes, banco de sangre, coordinación de trasplantes, etc… Esto ha permitido aumentar notablemente el número de camas en unidades específicas, evitando así el contacto de pacientes con COVID-19 con el resto de personas enfermas y permitiendo cuadruplicar el número de camas en cuidados intensivos.

SOS-Navarra 112 y la red de transporte sanitario también han necesitado cambiar totalmente su forma de funcionamiento. Por decirlo de una forma comprensible, nuestro sistema de emergencias está preparado para el día a día “habitual”: accidentes de tráfico, infartos, ictus etc…, lo que en atletismo sería una carrera de 100 metros y la pandemia de coronavirus es una maratón.

Sanitaria

Es cierto que el desarrollo de los acontecimientos nos permite algo de tiempo con el fin de  prepararnos para una realidad que consiste en muchos pacientes confinados en sus domicilios con miedo, muchos pacientes ingresados en las plantas de hospitalización y muchos pacientes que están muchos días en las unidades de cuidados intensivos.

Esta situación de emergencia ha propiciado, además, que se haya creado la figura de un coordinador con capacidad ejecutiva y de decisión organizativa sobre todos los hospitales de Navarra (públicos y privados). La capacidad de la red hospitalaria es de 1.500 camas, de las que podría dedicar hasta un 50% a la atención de pacientes con coronavirus. Por ese motivo y dado que la capacidad del sistema permite seguir atendiendo a los pacientes en entornos hospitalarios, no se plantean espacios en forma de hospitales de campaña como los montados en otras comunidades.

Por el momento, se descarta el uso de hoteles para acoger pacientes con poco soporte familiar, aunque se está valorando, en función de las necesidades, ponerlos a disposición de profesionales sanitarios que estén en contacto con afectados para que no tengan que volver a sus casas y evitar posibles casos de contagio.

En definitiva, una situación a la que nunca nos habíamos enfrentado, que ha requerido un cambio total en la organización sanitaria de Navarra para responder de forma óptima. La innovación más importante del sistema, por tanto, ha sido organizativa.

 

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Los enigmas de la radicalización violenta: el caso del salafismo yihadista (y 2)

Ninguna de las teorías descritas en la entrada de la semana anterior sobre las causas específicas que azuzan la acción violenta es totalmente satisfactoria. Mi investigación plantea dos hipótesis. La primera consiste en que es útil diferenciar la radicalización cognitiva de la conductual. Se necesitan historias de vida y análisis exhaustivos de perfiles para encontrar elementos comunes y explicativos en aquellos que optaron por la opción violenta. Elementos tales como una historia previa de violencia, de pequeños actos ilegales que rompen paulatinamente las formas de control social tendrían una relevancia significativa. La segunda hipótesis es que el pensamiento y la acción están conectados en algún punto. Lo que los psicólogos denominan las convicciones fuertes, la toma de conciencia, puede ser el eslabón que conecta el pensamiento y la acción, sobre todo, en aquellos casos donde no hay un historial de violencia. Aquí se desprende un gran área de estudio empírico.

Más allá de las teorías explicativas, se sabe que, en todos aquellos que actuaron con violencia, existían fortísimos sentimientos de agravio, habían experimentado una gran crisis existencial propiciada por algún episodio personal duro, poseían una red de contactos vinculados a la violencia y, la mayor parte de los casos, vivían en una especie de desarraigo triple: de su familia, de la sociedad y de su comunidad religiosa. El nivel de conocimiento religioso suele ser bajo lo que hace que la segunda generación de inmigrantes procedentes de países musulmanes sean especialmente vulnerables. Esto es muy claro en caso francés, el país de la UE que más sufre este fenómeno. Este tipo de jóvenes vive una crisis de identidad, ya que ni sienten que pertenecen a la religión de sus padres ni a la sociedad frances que no les da oportunidades, por lo que optan por versiones radicales, simplistas, que explican muchas cosas con una narrativa diluida pero atractiva y fácil de comprender. Los agentes de radicalización ofrecen una respuesta que dota de sentido a sus vidas, ofrecen un grupo que satisface el deseo de pertenecer a un colectivo, les victimiza, les crea un enemigo externo. Poco a poco se aíslan, son entrenados y desarrollan una especie de paranoia permanente de conspiración. Si, además, hay un pequeño historial de violencia y criminalidad, el proceso se acelera, ya que las dinámicas internalizadas de control social son débiles.

Otra área de estudio fundamental son los indicadores de radicalización violenta. Se pueden diferenciar dos tipos de indicadores: individuales y territoriales. Los individuales pretenden alertar sobre cambios en el físico y el comportamiento de las personas relacionados con la radicalización. En cuanto a los territoriales, buscan generar sistemas de alarma temprana para prevenir atentados. Es conocido el nivel de alerta 1, 2, 3, 4 y 5. España está en nivel 4, aunque la Ertzaintza, por ejemplo, aboga por reducir dicho nivel al 2 o 3, ya que el nivel de alerta exige una serie de medidas legales, políticas y policiales. En cuanto a los indicadores individuales, el pensamiento rígido, el uso de barba larga repentino o la constante referencia a la lucha armada para salvar a los musulmanes del yugo occidental son algunos ejemplos de aspectos que se tienen en consideración.  En cuanto a los indicadores territoriales, los colectivos —musulmanes principalmente, pero no solo— en exclusión múltiple, la existencia de guetos, la identificación de células existentes con capacidad de captación, el incremento de la islamofobia, la presencia de individuos previamente radicalizados o la cercanía a zonas en conflicto son algunos factores que incrementan el riesgo.

Por último, conviene señalar que la prevención es el proceso más importante para combatir la radicalización violenta. Cuando se ha iniciado el proceso de radicalización, es difícil identificarlo y detenerlo. Y cuando la radicalización ha concluido, la desradicalización —otro área importantísimo de estudio— es casi imposible, salvo que haya voluntad. Algunos de los mecanismos de prevención más efectivos son el empoderamiento y la creación de resiliencia en individuos y colectivos vulnerables, dotar de recursos intelectuales y religiosos a los jóvenes, evitar zonas de exclusión en cualquiera de sus dimensiones —económica, social, lingüística, religiosa, normativa—, la educación moral para socialización en valores de convivencia, tolerancia y respeto, el fortalecimiento de comunidades musulmanas que conecten con los recién llegados y los jóvenes, la promoción de contranarrativas lideradas por líderes religiosos que deslegitimen el uso de la violencia desde el islam, políticas mediáticas que eviten los prejuicios y culpabilización de colectivos, la formación del personal de primer acceso, tales como la policía municipal, profesores, trabajadores sociales, familias y comunidades religiosas. A este respecto, las comunidades musulmanas son las más interesadas, porque son las primeras víctimas.

En resumen, un gran ámbito de estudio y de trabajo, importante, pero complejo, ya que las políticas y medidas de abordaje han de utilizar tanto las lógicas de la religión y con las de la ciencia. Es un fenómeno tanto religioso como social, económico y político.

 

Esta entrada al blog ha sido elaborada por Sergio García Magariño, investigador del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

Los enigmas de la radicalización violenta: el caso del salafismo yihadista (1)

A pesar de todo lo que se ha escrito y de la gran cantidad de estudios empíricos, todavía no se conoce bien cuál es el proceso mediante el cual una persona acaba utilizando la violencia con fines políticos y religiosos. De esta forma, tanto el diseño de indicadores rigurosos de alarma temprana como de estrategias de prevención atinadas se tornan tareas extraordinarias; cuánto más el desarrollo de programas efectivos de desradicalización. No obstante, en los siguientes párrafos, voy a intentar desgranar algunos de los puntos de consenso sobre este fenómeno tan popular como desconocido.

Las personas que optan por la violencia con fines político-religiosos suelen ser afectados por una matriz de fuerzas que operan en tres niveles: micro, meso y macro. El nivel micro se refiere a las motivaciones y procesos psicológicos que impulsan a la persona hacia la violencia. El nivel meso describe las dinámicas que se dan en el entorno cercano de la persona que facilitan la radicalización violenta. Por último, el nivel macro apunta a las grandes cuestiones sociales y económicas, a los conflictos geoestratégicos, a las narrativas y el contexto mediático, así como a la existencia de ideologías y organizaciones que puedan canalizar la acción y el pensamiento violento hacia fines político-religiosos.

Se suele decir que las motivaciones que conducen a la persona hacia el Daesh o Al-Qaeda oscilan entre elementos racional-estratégicos —la lucha terrorista es la vía más efectiva por nuestra capacidad y tamaño—, emocionales —tanto sentimientos de agravio como deseo de reconocimiento o fascinación por lo exótico y la violencia—, identitarios —mi padre, mi hermano, mi amigo también se han unido— y normativos —hay que unirse a la lucha armada porque es un deber religioso—. Muchas veces estos se combinan.

En cuanto al nivel meso, la persona que se une al Daesh o a Al-Qaeda en Europa suele hacerlo después de entrar en contacto con una célula y un agente de radicalización, suele tener una red personas que ya están implicadas de alguna manera y puede que viva en un contexto social donde se exacerba el sentimiento de agravio, la exclusión real o percibida y donde se socializa en unos valores alternativos conectados con el salafismo yihadista. La radicalización, al menos en España, se da de arriba abajo y no de abajo arriba, a pesar de que se ha difundido la idea de que las personas se radicalizan solas por internet. Internet y las redes son el soporte o material de apoyo.

El nivel macro implica cuestiones que permiten dar cauce a la opción por la lucha armada y que azuzan la radicalización, ofreciendo justificaciones para los agentes de radicalización. En otras palabras, la radicalización salafista-yihadista requiere, de forma imprescindible, de la existencia de organizaciones como el Daesh y Al-Qaeda, de la expansión de la ideología político-religiosa del salafismo-yihadista, de unos medios de comunicación que den publicidad, de conflictos armados o intervenciones unilaterales que faciliten la justificación de su proceder por parte de los grupos terroristas, por mencionar algunos. Algunos otros factores macro característicos de las sociedades occidentales y que facilitar la radicalización hacia el salafismo-yihadista son el excesivo Individualismo, la polarización, el consumismo, la secularización y la consecuencia falta de sentido, las políticas centradas demasiado en las labores de defensa —o publicitadas como tales— o las políticas discriminatorias.

A partir de aquí, el consenso se vuelve más frágil. El perfil quizá sea el aspecto que permita mayores acuerdos, ya que simplemente supone elaborar una media sobre categorías tales como sexo, edad, origen nacional, nacionalidad, nivel educativo, estatus socioeconómico, lugar de residencia o tiempo de radicalización, para todos aquellos acusados, por ejemplo, de pertenencia a grupo armado o de enaltecimiento del terrorismo. Aquí, sin embargo, viene bien diferenciar entre quienes han atentado o intentado atentar en su país de residencia y quienes han viajado a Siria o Irak para unirse al Daesh. Los datos varían un poco entre los diferentes países de Europa y todavía lo hacen más si se toma como referencia Arabia Saudí, Marruecos, Pakistán o Argelia. El Real Instituto Elcano elabora un buen perfilado para el caso de España cada dos años, pero baste mencionar que el perfil es de hombres, jóvenes, nacionales, pero procedentes de familias de origen de países árabes, clase media-baja, con familiares o amigos previamente radicalizados, disidentes de la religión de sus padres que adoptan el salafismo-yihadista de manera casi abrupta…

En cuanto a las causas específicas que azuzan la acción violenta, no se sabe con certeza. Existen varias teorías científicas explicativas, pero la mayoría han sido de una u otra forma contradichas por la tozuda realidad; en términos científicos: falsadas. En aras de ser didácticos, se podría decir que hay tres tipos de teorías. Las teorías secuenciales o de escaleras progresivas; las teorías piramidales; y la teoría de doble pirámide. El primer tipo de teorías plantean que la persona asciende desde un pensamiento y comportamiento normal hacia un pensamiento radical, hasta que finalmente justifica la violencia y, finalmente, decide actuar. Las teorías piramidales toman a grandes colectivos y plantean que en la base habría mucha gente que puede simpatizar con la lucha armada del movimiento de liberación islámico internacional. Un poco más arriba aquellos que justifican la violencia y, progresivamente, a medida que el número de personas se reducen, tendríamos a quienes actúan con violencia. Finalmente, debido a la evidencia empírica de que solamente una porción muy muy pequeña de quienes justifican la violencia deciden actuar y actúan, ha surgido otro tipo de teorías que disocia la radicalización cognitiva, del pensamiento, y la radicalización conductual. En otras palabras, se pone en cuestión que el pensamiento radical, por sí solo, conduzca a la violencia y, por tanto, se intenta explicar la radicalización cognitiva, de un lado, y la radicalización violenta, conductual, por el otro. La radicalización conductual comenzaría con pequeñas acciones, tales como la difusión de panfletos o la contribución a la propaganda a través de internet. Seguiría con labores de captación hasta eclosionar en la planificación y comisión de atentados.

 

Esta entrada al blog ha sido elaborada por Sergio García Magariño, investigador del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)