Ikuspegia: una visión en perspectiva de la historia de las pandemias

Eloísa Ramírez Vaquero, Catedrática de Historia Medieval en la Universidad Pública de Navarra y Joaquín Sevilla Moróder, responsable de la Cátedra de Divulgación del Conocimiento y Cultura Científica de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

 

Instalación Ikuspegia.

La humanidad lleva conviviendo con microbios de diverso tipo toda su historia. Una convivencia que pasa por épocas más pacíficas y por momentos más turbulentos a los que denominamos epidemias o pandemias. En un momento como el actual, en que una de estas pandemias ha revolucionado nuestra forma de vida, es especialmente interesante echar un vistazo a esa historia e intentar sacar de ella alguna enseñanza.

Con esa finalidad se han puesto en marcha multitud de proyectos académicos en estos meses. Por citar algunos, es muy interesante la síntesis de 19 momentos históricos elegidos por el Grupo Epidemia de la Universidad de Oviedo, el libro “El día después de las grandes epidemias” del medievalista de la Universidad Autónoma de Barcelona, José Enrique Ruiz- Domènec, y el libro “Virus y pandemias” del microbiólogo de la Universidad de Navarra Ignacio López-Goñi.

En la Universidad Pública de Navarra, desde la Cátedra Laboral Kutxa de cultura científica, también nos hemos querido sumar a este tipo de iniciativas con una instalación artística que sirva para incitar a esa mirada con perspectiva del momento actual. La instalación consiste en una escultura en la que cinco anillos de acero, de dos metros de diámetro cada uno, pretenden simbolizar cinco momentos de la historia, cinco grandes pandemias.

Dentro de cada anillo, un disco sólido representa el porcentaje de la población mundial que pereció a causa de esa enfermedad. Por último, con un taladro en cada uno de esos discos se simboliza el porcentaje de personas fallecidas a causa de la covid-19. El conjunto muestra un túnel del tiempo en el que se hacen muy patentes las enfermedades como obstáculos que ha sido necesario sortear para seguir adelante.

instalación Ikuspegia-En perpectiva. 

La instalación se completa con un sitio web en el que se da un poco de información sobre cada una de las cinco pandemias escogidas. Una parte de esa información está disponible también como locuciones a las que se puede acceder con el teléfono móvil a través de códigos QR, uno de esos elementos tecnológicos que, aunque existían desde hace mucho, se han hecho populares precisamente por las restricciones derivadas de la pandemia actual.

La selección de solo cinco momentos históricos de los muchos que se han visto marcados por enfermedades puede basarse en múltiples criterios. En nuestro caso hemos intentado que se cubriera un período amplio de la historia, que fueran pandemias propiamente dichas (de alcance mundial) y que fueran situaciones de gran impacto.

Grandes pandemias de la historia. por número de fallecidos.
Infografía elaborada a partir de Visual Capitalist. (2020, 14 marzo). Visualizing the History of Pandemics.

De la viruela al sida

1. Comenzamos en el siglo II con la peste que vivió Galeno, que mató al emperador romano junto con cerca del 5 % de la población mundial y que fue causada, probablemente, por viruela hemorrágica. En un tiempo tan remoto es imposible disponer de datos precisos. Por eso, tanto la población mundial como el número de fallecidos y la enfermedad de la que se trataba han de ser estimados a partir de las crónicas disponibles. Esta incertidumbre es aún mayor para enfermedades más antiguas.

2. A mediados del siglo VI, mientras Justiniano era emperador en Constantinopla, una oleada de peste bubónica acabó con cerca del 30 % de la población. Tan terrible balance tuvo consecuencias enormes en la demografía, la economía y la organización social. Esta pandemia contribuyó de forma importante al colapso del Imperio bizantino y, con ello, a un radical cambio de equilibrio político y económico en todo el Mediterráneo y Oriente Medio.

Vestimenta que llevaban los médicos para tratar la peste. Wikimedia Commons 

3. La tercera pandemia que representamos en la instalación es la peste negra, sufrida a mediados del siglo XIV y que supuso una mortalidad monstruosa. Se considera que en Navarra pereció el 60 % de la población. Más de 100 localidades en esta comunidad quedaron despobladas. La incidencia promedio en Europa se estima en el entorno del 40 %. Los “médicos de la peste” de entonces empezaron a utilizar una característica vestimenta, la versión ancestral de los actuales EPI, que todavía hoy es el motivo principal de los disfraces en el carnaval de Venecia. La peste volvió en múltiples oleadas, vez tras vez, hasta hoy.

4. Saltamos al siglo XX sabiendo que dejamos fuera grandes historias como la influencia de las enfermedades en la conquista de América y la introducción del alcantarillado moderno para luchar contra el cólera en el Londres del XIX. La penúltima pandemia plasmada en la instalación es la gripe de 1918, una variante especialmente agresiva de la gripe estacional que seguimos padeciendo cada invierno. En plena guerra mundial, y difundida en gran medida por las tropas, la padeció un tercio de la población mundial y causó más muertes que la propia guerra. Entre 50 y 100 millones de personas (alrededor del 5 % de la población mundial) perdieron la vida por la enfermedad.

5. Concluimos nuestra panorámica de estos eventos terribles con el sida, una pandemia que aún no podemos dar por concluida aunque que se ha controlado mucho gracias a los avances científicos y de salud pública. Un virus que se transmite por fluidos corporales (vía sexual y sanguínea principalmente) que ha matado a 35 millones de personas desde que empezó a hacerse patente a comienzos de los años 1980.

Un contexto para la covid-19

Con este repaso por momentos tan dramáticos no se pretende, ni mucho menos, minimizar el momento que estamos viviendo, solo se busca proporcionar contexto. Cuarentenas, confinamientos, vestimentas especiales para evitar contagios y mascarillas han existido desde hace siglos. La incertidumbre ante nuevas enfermedades ha generado cultos a dioses y santos, pero también odios a minorías; ha generado inmensos descalabros económicos seguidos de grandes oportunidades de desarrollo.

Una perspectiva como esta no tiene una lectura canónica, cada persona que se asome a ese repaso histórico encontrará el ángulo con el que mejor sintonice. Desde una Cátedra de cultura científica no podemos evitar señalar que en la pandemia que estamos viviendo el papel del conocimiento científico está siendo extraordinario. Nunca hemos estado tan preparados científicamente. Se dispuso de una identificación del patógeno que causaba la enfermedad, incluyendo la secuenciación de su genoma, en semanas desde que se detectó.

Además, se está logrando la inmunidad de grupo sin tener que exponer a la enfermedad a toda la población. El desarrollo de vacunas, efectivas y seguras, de diferentes tecnologías, es algo nunca visto en esa historia. Su fabricación masiva y distribución a toda la población mundial tampoco. Esperemos que podamos ponerlo en breve en la lista de singularidades de la pandemia que vivimos hoy.

Joaquín Sevilla, Catedrático de Tecnología Electrónica, Universidad Pública de Navarra y Eloísa Ramírez Vaquero, Catedrática de Historia Medieval, Universidad Pública de Navarra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Fast ciencia: Tras el coronavirus, ¿ha perdido credibilidad la ciencia?

Joaquín Sevilla Moróder, responsable de la Cátedra de Divulgación del Conocimiento y Cultura Científica, catedrático del Departamento de Ingeniería Eléctrica, Electrónica y de Comunicación e investigador del Instituto de Smart Cities (ISC) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Lo normal es que a los medios de comunicación llegue el resultado final de confrontar estudios contradictorios. Con la urgencia de la pandemia, eso no sucede.

 

Con lupa. Así observamos a la comunidad científica desde que la pandemia de COVID-19 irrumpiera en nuestras vidas. Jamás habíamos estado tan pendientes de lo que hacen y lo cierto es que nunca habíamos conocido tan de cerca los resultados a los que llegan. Sin embargo, las conclusiones contradictorias se solapan, generando una gran confusión en la sociedad. ¿Vivimos en la era de la fast ciencia? ¿Nos llegan los resultados demasiado pronto sin estar suficientemente contrastados? Nos ayuda a comprender el momento actual Joaquín Sevilla, profesor de la UPNA y director de la Cátedra de Divulgación del Conocimiento y Cultura Científica Laboral Kutxa-UPNA.

¿Ha perdido la ciencia credibilidad?
No. El cambio fundamental es que estamos viviendo la ciencia bajo el microscopio. La estamos viendo en directo y nos llama la atención los mecanismos de funcionamiento interno que sigue, mecanismos que, normalmente, no salen a la luz pública. En contextos no tan urgentes, lo que nos llega son los resultados finales ya bien empaquetados en el consenso final. Ahora, la estamos viviendo en directo con todo el proceso de lucha interna entre las diferentes visiones hasta que, con el tiempo, se va asentando en base a la evidencia y se llega al descubrimiento definitivo.

¿Es bueno ver la ciencia en directo?
No sé si es bueno o malo, pero sí sé que es inevitable: como tenemos urgencia por conocer los resultados, estamos en la puerta esperándolos según salen. Esto provoca que nos encontremos con muchos estudios que otros diferentes van a desmentir. Es malo en el sentido de que vamos a ver muchas expectativas defraudadas y nos puede generar ansiedad; y es bueno porque los resultados interesantes los estamos conociendo antes, en el primer momento.

¿Es normal que existan resultados tan contradictorios?
Sí: la ciencia es así y lo normal es que haya resultados contradictorios. Cuando uno empieza a investigar un fenómeno desconocido, no sabe qué puede afectarle. Un equipo hace un tipo de experimentos y le sale un resultado; otro lo hace de otra forma y le salen otros resultados aparentemente contradictorios. El avance de la ciencia es ir realizando más experimentos para comprender mejor la realidad y, con el tiempo, resolver las disputas llegando a consensos y estableciendo el conocimiento más veraz posible, lo que, en otras palabras, es la ciencia. A los científicos no nos llama la atención que existan opiniones opuestas, porque en los congresos siempre hay este tipo de grescas. Sin embargo, ahora, como nos afecta tanto el resultado de la ciencia con la pandemia que estamos viviendo y la estamos siguiendo con lupa, esa confrontación resulta llamativa a la sociedad, pero, insisto, no a los científicos.

Así que los científicos, por naturaleza, dudan…
Así es: de hecho, es lo que diferencia a un científico de un vendehúmos. Cuando alguien tiene clarísimo que si te inyectas lejía vas a mejorar y otro te dice “es extremadamente improbable”, pero ni siquiera te dice “no o nunca”, solamente el uso de esa seguridad te da una idea de quién parte de un conocimiento claro (porque conoce hasta dónde llega y cuáles son sus límites) y quién parte de unas creencias que ha llevado más allá de lo razonable.

Sin embargo, asistimos a un baile de resultados tan opuestos, que la ciudadanía, en muchas ocasiones, no sabe qué creer. ¿Deberían estos estudios llegarnos más tarde?
No necesariamente. Quizá lo mejor sería que tuviéramos una educación y una cultura científica de cómo es el proceso de la ciencia para poder calibrar mejor el grado de veracidad de estos informes. Las recomendaciones que vienen de la fe y están escritas en libros sagrados no cambian nunca porque las dictó el profeta. En cambio, en la búsqueda de verdades científicas, precisamente el hecho de que las recomendaciones cambien, nos da una idea de que lo que hay detrás es el mejor conocimiento disponible. Pero este no es perfecto: no viene de Dios escrito en un libro. Si se van descubriendo nuevos aspectos, se va incorporando el conocimiento y se van cambiando las recomendaciones, de manera que estén a la última de lo que se sabe. Y se va sabiendo a medida que avanza el conocimiento.

¿Ha cambiado el coronavirus la manera en la que vamos a conocer los resultados de la ciencia en el futuro?
La forma en la que se publica la ciencia tiene tiempos muy largos. La estructura típica de los papers que recogen la información científica se estableció en tiempos de Pasteur y la manera de publicarlos, aproximadamente, en la Segunda Guerra Mundial. No me atrevo a decir que una tradición centenaria vaya a cambiar de la noche a la mañana, ya que su raíz es muy profunda y, de hecho, ha resistido muy bien la llegada de Internet, que ha revolucionado otros ámbitos, como el de la música o el cine. Sin embargo, el del documento científico sigue como si Internet no hubiera aparecido. Eso sí, lo que sí creo es que la pandemia ya ha traído consigo cambios en velocidades de publicación o en que se tomen los preprints más en consideración.

¿Cuál es el valor de los preprints?
Cuando estamos en pandemia y ganar dos semanas puede salvar vidas, es bueno acortar procesos. Los preprints posibilitan publicar antes el mismo artículo que envío para que me validen. Ese estudio seguirá el camino estándar de revisión por pares pero, mientras, ese conocimiento está circulando antes para que otros lo puedan aprovechar y acelerar las fases para hacer descubrimientos y combatir este maldito bicho que nos tiene atrapados en esta vida tan rara.

Entonces, ¿a favor de los preprints?
Totalmente. Me parece que el modo tradicional de publicación tenía mucho sentido en la era del papel, pero en la era de Internet sería más razonable un sistema de publicación en el que la sanción del resto de colegas, en vez de ser a prori, por unos pocos y en un procedimiento bastante oscuro, fuese a posteriori. Algo así como una especie de los likes de Facebook, pero en un entorno controlado. Cualquiera no podría darle un like a un artículo científico, pero lo ideal es que todo fueran preprints y que las valoraciones de otros científicos del campo se incorporaran como comentarios, de modo que fuera eso lo que sancionara o no ese conocimiento. Lo natural es que la ciencia avance en esta línea de socialización, en vez de estos procedimientos muy Gutenberg, basados en sobres lacrados y personajes secretos que, cada vez, tienen menos sentido.

¿Qué papel deberían jugar los medios de comunicación en estos momentos en los que los estudios van tan rápido que apenas están contrastados?
Me parece muy difícil decidir de qué se habla y cómo y ello requiere conocimiento y una cierta línea editorial. Los medios de comunicación deben ser muy profesionales e incorporar a periodistas especializados en ciencia. Es una gran responsabilidad saber a qué no dar visibilidad hasta que se aclare más o contarlo, ya que de todas formas otros medios más sensacionalistas lo van a publicar, pero añadiendo las contextualizaciones necesarias y contrastando la información con otros científicos.

Por último, ¿qué consejo le darías a un ciudadano para que pueda distinguir cuándo un estudio tiene verdadero valor y cuándo no?
En primer lugar, debe desconfiar de aquello que le gustaría que ocurriera. Y también de quien vende duros a pesetas porque, casi seguro, es mentira. Los problemas complejos tienen soluciones complejas y el que llega con la solución milagrosa, lo más probable es que sea mentira. Además, recomiendo buscar referentes, tanto medios como personas concretas, que nos merezcan confianza porque se la han ido ganando a lo largo del tiempo con opiniones sensatas y acertadas.

Descubre más sobre este tema escuchando el podcast “Con el coronavirus, ¿ha perdido credibilidad la ciencia?”, de Ciencia al punto, el podcast de divulgación científica de la UPNA.

Más información: 

“Virus en el sistema de publicaciones científicas”, Joaquín Sevilla, Alberto Nájera y Juan Ignacio Pérez. The Conversation 3 mayo 2020

“Toma de decisiones y pandemias: conforme agregamos conocimiento, perdemos certeza”, Joaquín Sevilla. The Conversation 21 marzo 2020

“Lessons from the influx of preprints during the early COVID-19 pandemic”, Liam Brierly, The Lancet, March, 2021

“The evolving role of preprints in the dissemination of COVID-19 research and their impact on the science communication landscape”,  Nicholas Fraser et al. PLOS Biology, April 2, 2021