25 años del 11‑S: cómo ha cambiado nuestra percepción del terrorismo

Responde: Sergio García Magariño, investigador del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA).

Una rosa blanca colocada en el monumento del 11 de septiembre en Nueva York, simbolizando recuerdo y duelo. Lars Mulder en Pexels 
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(…) el terrorismo ha dejado de preocupar a los españoles. Actualmente, menos del 2 % considera lo considera una de los problemas importantes del país.

Una máxima de las ciencias sociales es que las percepciones que tienen las personas sobre la realidad, con independencia de lo ancladas que aquellas estén en los hechos, tienen consecuencias reales y alteran dicha realidad. Por ello, 25 años después de los dramáticos atentados de Al-Qaeda contra las Torres Gemelas, examinaremos en este artículo la evolución, por un lado, de la percepción social sobre el terrorismo en España, y por el otro, de la naturaleza de esa amenaza.

El miedo al yihadismo

La percepción de los ciudadanos acerca del terrorismo ha cambiado en los últimos 25 años en base a cuatro ejes: el tipo de terrorismo que preocupa; el grado de preocupación que supone; la conexión que tiene con la polarización, y la fuente de la que proviene.

El tipo de terrorismo que hoy inquieta es el yihadista, en primer lugar, y el de extrema derecha, en segundo lugar, aunque mucho más lejanamente. Este rasgo no es exclusivo de España, sino que es compartido en los países occidentales.

Sin embargo, en España existe una particularidad muy importante: el terrorismo que seguía preocupando principalmente tras los atentados del 11-S era el de ETA. Tras su disolución, esta inquietud se ha ido disipando y la preocupación por la amenaza yihadista ha escalado hasta la primera posición.

Además, los estudios que se han realizado sobre el nivel de conocimiento del terrorismo de ETA de las nuevas generaciones indican que este es prácticamente inexistente.

El grado de preocupación también ha cambiado. Las encuestas del CIS ofrecen una perspectiva clara del patrón. Hasta 2005, el terrorismo era una de las principales inquietudes de los españoles, alcanzando cerca del 80 %. ETA era la principal preocupación. Pero, tras los atentados yihadistas en Madrid el 11-M de 2004, que dejaron 192 muertos y 1 856 heridos, el yihadismo también se veía como una amenaza.

A partir de entonces, y con la sola excepción de un pico de preocupación excepcional tras los atentados yihadistas de Cambrils (Tarragona) y de Barcelona en 2017, que dejaron 16 muertos y más de 120 heridos, el terrorismo ha dejado de preocupar a los españoles. Actualmente, menos del 2 % considera lo considera una de los problemas importantes del país.

El peligro de la extrema derecha

En Europa, en general, y en España, en particular, la polarización y el terrorismo se consideraban dos fenómenos inconexos, a pesar de que en Estados Unidos se percibieran como emparentados. Esta perspectiva también ha cambiado. En los últimos años, en Europa y en España se ha comenzado a pensar que puede haber un eslabón que los une, especialmente en lo relativo al terrorismo de extrema derecha y a la polarización ideológica y de los afectos. A mayor distancia emocional entre grupos ideológicos, menos sensibilidad de unos hacia otros, más deshumanización y más posibilidad de captar personas resentidas que puedan emprender acciones violentas con fines políticos.

La percepción sobre la fuente de la que proviene el terrorismo y de los colectivos más susceptibles de ser captados y convertidos en terroristas ha variado. Al inicio del siglo XXI, los vascos y, más en particular, los nacionalistas vascos, eran percibidos como la fuente medular del terrorismo en España. ETA se nutría de ellos y la amenaza, por tanto, era interna.

Hoy, los migrantes del norte de África, los menores no acompañados y los musulmanes son los colectivos más estigmatizados, percibidos, además, como vulnerables ante los agentes de radicalización violenta.

La fuente, por tanto, es exterior. Los grupos más movilizados en ambos polos del espectro ideológico, aunque poco representativos, también perciben a las personas de ultraderecha (si se encuentran en el extremo izquierdo) o a las vinculadas al socialismo más militante (si encuentran en el polo derecho) como potenciales terroristas; o, al menos, como filoterroristas.

La pregunta lógica que se desprende de este análisis es la siguiente: ¿hasta qué punto se corresponden estas percepciones con la realidad?

Naturaleza de la amenaza

España y la Unión Europea, desde el 2015, tienen un sistema que evalúa el potencial de atentados terroristas basado en una escala de cinco niveles, siendo el primer nivel “riesgo bajo” y el quinto “riesgo muy alto”. Desde su creación, España se ha mantenido en el Nivel de Alerta Antiterrorista (NAA) 4: “riesgo alto”. Además, en momentos puntuales, como tras los atentados de 2017, la alerta ascendió a “Nivel 4 reforzado”.

Es importante tener en cuenta que el quinto nivel implica la presencia del ejército en las calles. Antes de 2015, la escala que usaban las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado era diferente, pero siempre se mantuvo en niveles bastante altos.

Los expertos creen que la amenaza terrorista está más cerca de España que nunca, aunque la población y los representantes políticos la subestimen. Esta apreciación se fundamenta en el hecho de que la presencia de grupos yihadistas en el norte de África ha crecido considerablemente.

Aquí radica una de las claves de por qué España y Europa se han mostrado tibios en la respuesta ante actitudes y comportamientos de Marruecos que pueden interpretarse como desleales: es un aliado esencial en la lucha antiterrorista y la contención geográfica de terroristas.

El tipo de amenaza real también ha cambiado. Durante la primera década del siglo XXI, ETA era la principal amenaza, aunque el terrorismo yihadista de corte internacional ya había ocupado un espacio propio. Actualmente, el terrorismo yihadista, tal como se ha indicado, constituye la principal amenaza.

Los servicios de inteligencia de España y Europa también alertan acerca del riesgo de atentados terroristas de extrema derecha, ya que existen ciertos grupos operando en Europa. El peligro, no obstante, es notablemente menor. Por último, dichos análisis también mencionan la operación de ciertos grupos ecologistas extremos que pueden haber estado planeando acciones reivindicativas violentas.

En cuanto a la procedencia del riesgo, los estudios indican que en España ha pasado de ser eminentemente interna (nacional), en tiempos de ETA, a ser externa, en lo que concierne al terrorismo yihadista. Sin embargo, este último está comenzando a ser un fenómeno endógeno, ya que el lugar y procedencia de quienes se radicalizan actualmente es mayoritariamente es España.

Menos terrorismo, pero más letal

Finalmente, cabe mencionar una paradoja en lo que respecta al terrorismo global: mientras que los índices reconocidos muestran una caída drástica del terrorismo en el mundo, en Occidente se ha producido un gran incremento en su grado de letalidad. Además, el Sahel, no tan lejos de Europa ni de España, se ha consolidado como el epicentro del terrorismo global.

Lo expuesto muestra que, aunque la percepción ciudadana de la amenaza que constituye el terrorismo ha cambiado y se ha reducido hasta casi desaparecer, esta percepción no se corresponde con la realidad. Los hechos son tozudos: el terrorismo en el mundo ha caído, pero en Europa es más letal que antes y el epicentro del terrorismo global, localizado en el norte de África, se sitúa cada vez más cerca del sur de España y, por lo tanto, de la Unión Europea.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Los enigmas de la radicalización violenta: el caso del salafismo yihadista (y 2)

Ninguna de las teorías descritas en la entrada de la semana anterior sobre las causas específicas que azuzan la acción violenta es totalmente satisfactoria. Mi investigación plantea dos hipótesis. La primera consiste en que es útil diferenciar la radicalización cognitiva de la conductual. Se necesitan historias de vida y análisis exhaustivos de perfiles para encontrar elementos comunes y explicativos en aquellos que optaron por la opción violenta. Elementos tales como una historia previa de violencia, de pequeños actos ilegales que rompen paulatinamente las formas de control social tendrían una relevancia significativa. La segunda hipótesis es que el pensamiento y la acción están conectados en algún punto. Lo que los psicólogos denominan las convicciones fuertes, la toma de conciencia, puede ser el eslabón que conecta el pensamiento y la acción, sobre todo, en aquellos casos donde no hay un historial de violencia. Aquí se desprende un gran área de estudio empírico.

Más allá de las teorías explicativas, se sabe que, en todos aquellos que actuaron con violencia, existían fortísimos sentimientos de agravio, habían experimentado una gran crisis existencial propiciada por algún episodio personal duro, poseían una red de contactos vinculados a la violencia y, la mayor parte de los casos, vivían en una especie de desarraigo triple: de su familia, de la sociedad y de su comunidad religiosa. El nivel de conocimiento religioso suele ser bajo lo que hace que la segunda generación de inmigrantes procedentes de países musulmanes sean especialmente vulnerables. Esto es muy claro en caso francés, el país de la UE que más sufre este fenómeno. Este tipo de jóvenes vive una crisis de identidad, ya que ni sienten que pertenecen a la religión de sus padres ni a la sociedad frances que no les da oportunidades, por lo que optan por versiones radicales, simplistas, que explican muchas cosas con una narrativa diluida pero atractiva y fácil de comprender. Los agentes de radicalización ofrecen una respuesta que dota de sentido a sus vidas, ofrecen un grupo que satisface el deseo de pertenecer a un colectivo, les victimiza, les crea un enemigo externo. Poco a poco se aíslan, son entrenados y desarrollan una especie de paranoia permanente de conspiración. Si, además, hay un pequeño historial de violencia y criminalidad, el proceso se acelera, ya que las dinámicas internalizadas de control social son débiles.

Otra área de estudio fundamental son los indicadores de radicalización violenta. Se pueden diferenciar dos tipos de indicadores: individuales y territoriales. Los individuales pretenden alertar sobre cambios en el físico y el comportamiento de las personas relacionados con la radicalización. En cuanto a los territoriales, buscan generar sistemas de alarma temprana para prevenir atentados. Es conocido el nivel de alerta 1, 2, 3, 4 y 5. España está en nivel 4, aunque la Ertzaintza, por ejemplo, aboga por reducir dicho nivel al 2 o 3, ya que el nivel de alerta exige una serie de medidas legales, políticas y policiales. En cuanto a los indicadores individuales, el pensamiento rígido, el uso de barba larga repentino o la constante referencia a la lucha armada para salvar a los musulmanes del yugo occidental son algunos ejemplos de aspectos que se tienen en consideración.  En cuanto a los indicadores territoriales, los colectivos —musulmanes principalmente, pero no solo— en exclusión múltiple, la existencia de guetos, la identificación de células existentes con capacidad de captación, el incremento de la islamofobia, la presencia de individuos previamente radicalizados o la cercanía a zonas en conflicto son algunos factores que incrementan el riesgo.

Por último, conviene señalar que la prevención es el proceso más importante para combatir la radicalización violenta. Cuando se ha iniciado el proceso de radicalización, es difícil identificarlo y detenerlo. Y cuando la radicalización ha concluido, la desradicalización —otro área importantísimo de estudio— es casi imposible, salvo que haya voluntad. Algunos de los mecanismos de prevención más efectivos son el empoderamiento y la creación de resiliencia en individuos y colectivos vulnerables, dotar de recursos intelectuales y religiosos a los jóvenes, evitar zonas de exclusión en cualquiera de sus dimensiones —económica, social, lingüística, religiosa, normativa—, la educación moral para socialización en valores de convivencia, tolerancia y respeto, el fortalecimiento de comunidades musulmanas que conecten con los recién llegados y los jóvenes, la promoción de contranarrativas lideradas por líderes religiosos que deslegitimen el uso de la violencia desde el islam, políticas mediáticas que eviten los prejuicios y culpabilización de colectivos, la formación del personal de primer acceso, tales como la policía municipal, profesores, trabajadores sociales, familias y comunidades religiosas. A este respecto, las comunidades musulmanas son las más interesadas, porque son las primeras víctimas.

En resumen, un gran ámbito de estudio y de trabajo, importante, pero complejo, ya que las políticas y medidas de abordaje han de utilizar tanto las lógicas de la religión y con las de la ciencia. Es un fenómeno tanto religioso como social, económico y político.

 

Esta entrada al blog ha sido elaborada por Sergio García Magariño, investigador del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

Los enigmas de la radicalización violenta: el caso del salafismo yihadista (1)

A pesar de todo lo que se ha escrito y de la gran cantidad de estudios empíricos, todavía no se conoce bien cuál es el proceso mediante el cual una persona acaba utilizando la violencia con fines políticos y religiosos. De esta forma, tanto el diseño de indicadores rigurosos de alarma temprana como de estrategias de prevención atinadas se tornan tareas extraordinarias; cuánto más el desarrollo de programas efectivos de desradicalización. No obstante, en los siguientes párrafos, voy a intentar desgranar algunos de los puntos de consenso sobre este fenómeno tan popular como desconocido.

Las personas que optan por la violencia con fines político-religiosos suelen ser afectados por una matriz de fuerzas que operan en tres niveles: micro, meso y macro. El nivel micro se refiere a las motivaciones y procesos psicológicos que impulsan a la persona hacia la violencia. El nivel meso describe las dinámicas que se dan en el entorno cercano de la persona que facilitan la radicalización violenta. Por último, el nivel macro apunta a las grandes cuestiones sociales y económicas, a los conflictos geoestratégicos, a las narrativas y el contexto mediático, así como a la existencia de ideologías y organizaciones que puedan canalizar la acción y el pensamiento violento hacia fines político-religiosos.

Se suele decir que las motivaciones que conducen a la persona hacia el Daesh o Al-Qaeda oscilan entre elementos racional-estratégicos —la lucha terrorista es la vía más efectiva por nuestra capacidad y tamaño—, emocionales —tanto sentimientos de agravio como deseo de reconocimiento o fascinación por lo exótico y la violencia—, identitarios —mi padre, mi hermano, mi amigo también se han unido— y normativos —hay que unirse a la lucha armada porque es un deber religioso—. Muchas veces estos se combinan.

En cuanto al nivel meso, la persona que se une al Daesh o a Al-Qaeda en Europa suele hacerlo después de entrar en contacto con una célula y un agente de radicalización, suele tener una red personas que ya están implicadas de alguna manera y puede que viva en un contexto social donde se exacerba el sentimiento de agravio, la exclusión real o percibida y donde se socializa en unos valores alternativos conectados con el salafismo yihadista. La radicalización, al menos en España, se da de arriba abajo y no de abajo arriba, a pesar de que se ha difundido la idea de que las personas se radicalizan solas por internet. Internet y las redes son el soporte o material de apoyo.

El nivel macro implica cuestiones que permiten dar cauce a la opción por la lucha armada y que azuzan la radicalización, ofreciendo justificaciones para los agentes de radicalización. En otras palabras, la radicalización salafista-yihadista requiere, de forma imprescindible, de la existencia de organizaciones como el Daesh y Al-Qaeda, de la expansión de la ideología político-religiosa del salafismo-yihadista, de unos medios de comunicación que den publicidad, de conflictos armados o intervenciones unilaterales que faciliten la justificación de su proceder por parte de los grupos terroristas, por mencionar algunos. Algunos otros factores macro característicos de las sociedades occidentales y que facilitar la radicalización hacia el salafismo-yihadista son el excesivo Individualismo, la polarización, el consumismo, la secularización y la consecuencia falta de sentido, las políticas centradas demasiado en las labores de defensa —o publicitadas como tales— o las políticas discriminatorias.

A partir de aquí, el consenso se vuelve más frágil. El perfil quizá sea el aspecto que permita mayores acuerdos, ya que simplemente supone elaborar una media sobre categorías tales como sexo, edad, origen nacional, nacionalidad, nivel educativo, estatus socioeconómico, lugar de residencia o tiempo de radicalización, para todos aquellos acusados, por ejemplo, de pertenencia a grupo armado o de enaltecimiento del terrorismo. Aquí, sin embargo, viene bien diferenciar entre quienes han atentado o intentado atentar en su país de residencia y quienes han viajado a Siria o Irak para unirse al Daesh. Los datos varían un poco entre los diferentes países de Europa y todavía lo hacen más si se toma como referencia Arabia Saudí, Marruecos, Pakistán o Argelia. El Real Instituto Elcano elabora un buen perfilado para el caso de España cada dos años, pero baste mencionar que el perfil es de hombres, jóvenes, nacionales, pero procedentes de familias de origen de países árabes, clase media-baja, con familiares o amigos previamente radicalizados, disidentes de la religión de sus padres que adoptan el salafismo-yihadista de manera casi abrupta…

En cuanto a las causas específicas que azuzan la acción violenta, no se sabe con certeza. Existen varias teorías científicas explicativas, pero la mayoría han sido de una u otra forma contradichas por la tozuda realidad; en términos científicos: falsadas. En aras de ser didácticos, se podría decir que hay tres tipos de teorías. Las teorías secuenciales o de escaleras progresivas; las teorías piramidales; y la teoría de doble pirámide. El primer tipo de teorías plantean que la persona asciende desde un pensamiento y comportamiento normal hacia un pensamiento radical, hasta que finalmente justifica la violencia y, finalmente, decide actuar. Las teorías piramidales toman a grandes colectivos y plantean que en la base habría mucha gente que puede simpatizar con la lucha armada del movimiento de liberación islámico internacional. Un poco más arriba aquellos que justifican la violencia y, progresivamente, a medida que el número de personas se reducen, tendríamos a quienes actúan con violencia. Finalmente, debido a la evidencia empírica de que solamente una porción muy muy pequeña de quienes justifican la violencia deciden actuar y actúan, ha surgido otro tipo de teorías que disocia la radicalización cognitiva, del pensamiento, y la radicalización conductual. En otras palabras, se pone en cuestión que el pensamiento radical, por sí solo, conduzca a la violencia y, por tanto, se intenta explicar la radicalización cognitiva, de un lado, y la radicalización violenta, conductual, por el otro. La radicalización conductual comenzaría con pequeñas acciones, tales como la difusión de panfletos o la contribución a la propaganda a través de internet. Seguiría con labores de captación hasta eclosionar en la planificación y comisión de atentados.

 

Esta entrada al blog ha sido elaborada por Sergio García Magariño, investigador del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)