#UPNAResponde/#NUPekErantzun: Pasado, presente y futuro frente al COVID-19

Responde: Sergio García Magariño, investigador del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA).

 

La incertidumbre que se vive a raíz del coronavirus ha sincronizado, en un mismo horizonte temporal, desafíos pendientes de resolver que se han puesto de manifiesto, posibilidades de cambios sociales espontáneos imprevisibles y prescripciones diversas para transformar esta crisis en oportunidad. A continuación, se intentará tejer, entrelazando esas tres tramas relativas al pasado, presente y futuro del COVID-19, una urdimbre coherente que dé sentido al momento que se vive y que haga inteligibles los retos que la sociedad ha de enfrentar sin dilaciones.

Desafíos sin resolver

La crisis asociada al COVID-19 puede verse como un indicador de los defectos del orden social previo. En otras palabras, la «normalidad» que se atribuye al pasado, al mundo pre COVID-19, era una situación inviable que amenazaba la civilización desde muy diversos ángulos. El cambio climático, con los desastres naturales y pandemias inherentes a él, es quizá el signo más claro de unas deficiencias estructurales que hace tiempo tenían que haberse encarado.

Sin embargo, la gestión de la globalización económica tampoco estaba siendo eficiente y estaba produciendo malestar, tanto por las desigualdades que generaba, como por la fractura social que suscitaba y la fragilidad de la cadena de producción y de comercialización en que se basaba. El modelo de desarrollo, por otro lado, era insostenible, ya sea desde el punto de vista de la dependencia energética, del colapso ambiental que estaba propiciando, de la brecha entre el mundo rural y urbano que ampliaba, de la desconexión de la agricultura local, del desprecio de la vida comunitaria geográficamente situada que inducía o desde el de la poca resiliencia que engendraba y la imposibilidad cognitiva de reproducir a pequeña escala, aunque universal, los diferentes procesos de vida.

El envejecimiento de la población, además, suponía un reto para mantener los sistemas de protección social de los países occidentales, unos sistemas de protección que, según la ONU, debían llegar a todas partes del mundo para proteger a poblaciones vulnerables que no se habían beneficiado en absoluto de los avances económicos totales vinculados con el aumento de la productividad global. Las amenazas globales tipificadas por el Consejo de Seguridad, tales como las armas de destrucción masiva, el terrorismo y el crimen trasnacionales, los conflictos armados, los movimientos masivos de poblaciones, seguían acechando al mundo. La robotización de la economía y sus repercusiones sobre la organización del trabajo, la ciencia de los datos, los sistemas de rastreo, la inteligencia artificial o los avances en la investigación del genoma humano conllevaban riesgos imprevisibles en muchos ámbitos de la vida colectiva como el de la libertad, el derecho al trabajo o el rango para la voluntad de actuación.

A estos desafíos antiguos, se le han sumado dos nuevos directamente relacionados con el virus señalado. Primero, la gestión de la crisis sanitaria en sí plantea preguntas para las que todavía no hay respuesta: universalizar los tests diagnósticos, implementar sistemas de rastreo efectivos, por cuánto tiempo mantener las medidas de distanciamiento social (físico), el desarrollo, producción y aplicación masiva de una vacuna, anticiparse a una segunda ola de contagios o equilibrar la seguridad sanitaria y la libertad. Y segundo, amortiguar y resolver la crisis económica que se avecina y que, sin entrar en alarmismos, puede hacer caer el PIB mundial, según las estimaciones del FMI, en un 3% y el español en un 8% en 2020.

¿El experimento social forzado del presente cambiará tanto la vida colectiva?

Durante el período de confinamiento han surgido tendencias sociales, comportamientos espontáneos y dinámicas de vida y de trabajo que podrían alterar la forma de organización social. Predecir ahora si esos cambios serán duraderos o siquiera positivos, probablemente sea pecar de imprudencia. Sin embargo, es útil identificar cuáles son algunas de esas alteraciones de la vida cotidiana que podrían haber llegado para quedarse.

Los patrones individuales de comportamiento han sido ambivalentes, pero han hecho ver pautas no tan patentes anteriormente. Los brotes espontáneos de solidaridad y de altruismo, la conciencia de la interdependencia, la autodisciplina en pos del bien común o la reducción del consumo, sea este de bienes materiales y servicios, de energía o de actividades de ocio, como los viajes, en general, han sido gratamente bienvenidos. Asimismo, los episodios de egoísmo, los conflictos por bienes escasos, la compra compulsiva de ciertos productos, el uso desenfrenado de las redes sociales y el consumo acrítico y desproporcionado de información han sido comunes. ¿Qué tendencia triunfará?

En cuanto a los arreglos institucionales y las políticas públicas para abordar la crisis, han oscilado entre quienes proponían mayor integración y cooperación internacional, mayor solidaridad y multilateralismo, y quienes abogaban por recluirse tras las fronteras nacionales para protegerse. La Organización Mundial de la Salud ha sido gran protagonista, pero también objeto de crítica por su dudosa transparencia y eficacia en la gestión de la crisis en sus etapas iniciales. China ha sido considerada ante la comunidad internacional como la raíz de la crisis y, por tanto, el país a evitar, pero también como la salvadora y proveedora esencial de material sanitario y apoyo logístico. EEUU ha adoptado una actitud unilateral que pone en riesgo su liderazgo mundial de por sí ya deteriorado. ¿Cómo quedará la arquitectura institucional mundial tras la crisis, fortalecida o debilitada?

La comunidad geográficamente localizable (un ente casi desaparecido con la modernidad) ha resultado ser imprescindible, tanto para las dinámicas de apoyo mutuo como para la generación de una resiliencia colectiva que solo se logra con el anclaje de la economía y los procesos de vida básicos en el ámbito local. La conciencia ecológica parece haber avanzado, aunque los imperativos económicos pueden hacer que se disipe. La producción y la comercialización se han alterado, ya que el mito del abastecimiento inmediato sin importar el lugar de producción ha sido desenmascarado. ¿Habrá una reducción de las cadenas de valor y una reubicación de los lugares de producción, para acercarlos a los lugares de su consumo, al menos en el caso de ciertos productos esenciales?

Dicen que la digitalización ha sido uno de los procesos que más se ha acelerado durante la crisis. El teletrabajo se ha implantado sin avisar. La educación ha migrado al mundo online. Las nuevas tecnologías de la comunicación se han usado profusamente, alfabetizando tecnológicamente de forma exprés a millones de personas. Sin embargo, el teletrabajo no siempre ha supuesto mayor conciliación familiar, ya que elimina la separación saludable entre la casa y el trabajo, entre el deber y el ocio, y genera estrés y dificultades de concentración cuando los espacios no son los apropiados o la atención de los niños se vuelve más apremiante. La educación online ha puesto al descubierto las grandes desigualdades entre las familias con conexión y sin conexión, las familias con posibilidad de apoyar a los hijos en las tareas del cole y las que no, las familias con competencias para manejar el estrés y resolver los conflictos pacíficamente y las que no. Asimismo, la sobre exposición a la información y la comunicación online, además de haber paliado la necesidad de un contacto abruptamente interrumpido por el aislamiento, ha traído otras infecciones: las noticias falsas, la posibilidad de ser objeto de robos y estafas, la pérdida de tiempo y estrés por querer responder a todos los que escriben y no poder. ¿Qué ocurrirá después?

La ética del cuidado, la consideración por los ancianos y el aprecio del trabajo en el hogar y de la educación de los hijos parecen haberse fortalecido, aunque los asilos han sido los lugares donde más se han concentrado las muertes; y los hogares, aunque han podido ser objeto de revisión, también han sido las cárceles tortuosas para familias con tensiones y los contextos donde niños y mujeres han vivido la violencia con mayor virulencia. ¿Cuál será el resultado final?

El estatus de las profesiones parece haberse alterado, generándose una nueva pirámide de jerarquías en la que las posiciones superiores son ocupadas por el personal sanitario, los trabajadores de los supermercados, los proveedores de luz e internet, por mencionar algunos. Además, los denominados intangibles en el mundo económico, que antes se situaban en las zonas marginales del discurso público, tales como la solidaridad, la reciprocidad, el altruismo, la cooperación o la confianza, avanzan hacia el primer plano del debate. ¿Será algo pasajero o permanecerá?

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

 

¿Y ahora qué?

Salvo que las manifestaciones espontáneas de afecto, solidaridad y cooperación, tanto individuales como institucionales, den origen a nuevos patrones de comportamiento, de consumo y de relaciones y a nuevos arreglos institucionales, es probable que la inercia social haga que se vuelva al punto en el que se estaba antes de la crisis, y esto, por las razones antes expuestas, sería trágico, ya que el futuro es probable que depare situaciones más graves que esta que requieran de acción concertada. Por ello, aquí se plantean cinco líneas de actuación que podrían ser relevantes para responder a los restos del pasado y para nutrir las tendencias constructivas que han nacido o renacido con la crisis.

A todas luces parece fundamental reforzar los mecanismos de gobernanza global, los sistemas de cooperación multilateral, el sistema de seguridad colectiva de la ONU, con la visión de federalizar las relaciones entre los Estados de forma paulatina. Vivimos en una era global (Albrow) donde todos los procesos sociales se han globalizado, a excepción de la política. Esta pandemia podría (debería) ser el revulsivo para concluir el proceso de integración global y evitar que el catalizador sea una guerra, como lo ha sido en el pasado.

La política económica debería aprovechar la coyuntura para avanzar en lo glocal: visión global, conexiones globales pero acción anclada en lo local. Además, la sostenibilidad ambiental y cognitiva del modelo debería apuntalarse. Es probable que sea necesaria una política fiscal que grave, al menos temporalmente —tal como proponen exaltos funcionarios del Banco Mundial— a aquellos con rentas más altas para mantener los sistemas de protección social principalmente para los más vulnerables. Además, la redistribución de la producción de alimentos, para que no se concentre en pequeños territorios, y considerándose una cuestión de seguridad, se tornan vitales. Es el momento de intentar reformar el modelo de desarrollo para hacerlo más resiliente, circular, igualitario y sensible hacia los más desfavorecidos.

Un aspecto axial, aunque complejo, resulta de la necesidad de redefinir las relaciones entre los individuos, la comunidad y las instituciones al calor de la noción de interconexión, del empoderamiento mutuo y de la reciprocidad. No es cuestión de altruismo, sino de supervivencia. Exige tanto aprendizaje como reformular la noción de comunidad geográficamente situada. La comunidad parece reclamar la posición que le corresponde como espacio de socialización y de apoyo mutuo por excelencia; pero liberada tanto de los tintes opresivos de las comunidades tradicionales como de la virtualidad de las comunidades de adscripción y de socialización en línea.

La cuarta línea de exploración tiene que ver con la universalización de estructuras locales para el aprendizaje interconectadas, unas estructuras donde han de interactuar el conocimiento experto, la cultura y tradición local, y la experiencia, en ambientes de deliberación consultiva. Esto requiere al menos dos ajustes. Por un lado, reemplazar a la economía como eje de la existencia social para establecer a la generación de conocimiento acerca del desarrollo colectivo propio como proceso central de la existencia social; y por el otro, distinguir el conocimiento técnico que se logra mediante la investigación científica y tecnológica, del conocimiento práctico,ético y político sobre cuestiones tales como la justicia, el bien común o el desarrollo, que exigen acción y debate. Este último punto ayudaría a situar el aprendizaje en un punto medio entre la tecnocracia y el populismo, ya que cuestiones de salud pública y de justicia social siempre requerirán del saber experto, pero este nunca agotará las opciones de acción política, como bien expone Joaquín Sevilla. Por último, el aprendizaje así situado facilitaría la superación de disyuntivas artificiales como la preponderancia de la salud sobre la economía y viceversa.

Por último, feminizar la vida social parece más apremiante que nunca. Esto supone la apertura de todos los espacios de la vida colectiva para que las mujeres puedan colaborar con los hombres en la construcción de una sociedad más justa para todos, acercándoles, como Daniel Innerarity señala, a todas las esferas del poder. Sin embargo, además de eso, también exige que algunas facultades que históricamente se han asociado con la feminidad —ya sea por cuestiones de función social, por la trayectoria cultural acumulada o por rasgos inherentes—, se insuflen en todo el cuerpo social y, especialmente, en la vida pública. En una sociedad compleja e interconectada, la empatía, la conversación constructiva, la resolución pacífica de los conflictos, el tacto, la prudencia y sabiduría, el pensamiento holístico, la acción desinteresada, la anticipación y previsión, el intercambio recíproco adquieren una relevancia capital para abordar problemas como los que se han identificado anteriormente.

En definitiva, la situación crítica que se vive, y que se prolongará con mayor o menor intensidad durante un periodo considerable, ha fundido en un mismo crisol tres caminos que conducen hacia un mismo futuro: el de los asuntos pendientes, el de los cambios posibles y el de los ajustes necesarios. De su buen desenlace depende, en gran medida, que esta crisis se torne oportunidad y haga salir a la sociedad internacional reforzada.

 

Nota 1: las personas interesadas podrán plantear a investigadores de la UPNA cuestiones relacionadas con el coronavirus o el estado de alarma a través del correo electrónico ucc@unavarra.es, incluyendo en el asunto #UPNAResponde/#NUPekErantzun.

#UPNAResponde/#NUPekErantzun: ¿Puede ayudar la resiliencia a salir mejor de esta situación?

Responde: Juan María Sánchez-Prieto, director del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA).

 

La resiliencia no sólo es la capacidad de resistir y recuperarse de un acontecimiento o proceso adverso. No es un concepto puramente estratégico que mire a restablecer el equilibrio, previendo los riesgos y anticipando desde la experiencia vivida las respuestas a situaciones de vulnerabilidad o cualquier tipo de desastre (Frerks et al., 2011). Lo que importa realmente no es hacer frente a la adversidad, ni siquiera superarla, sino la transformación positiva del propio sujeto, sistema o sociedad ante el infortunio, rehacerse verdaderamente. La resiliencia exige un cambio de mirada para acoger y hacer propia la desdicha de otros. Hemos de impregnar la política de la virtud de la compasión. La ‘política de la compasión’ difiere de la política meritocrática y distingue con claridad el mundo de la representación y el de la acción. El sufrimiento nunca es virtual, aunque se contemple en la distancia o la pantalla, y, a diferencia de la lástima, la compasión siempre es práctica, se implica para actuar sobre determinadas realidades, apela a gobiernos y ciudadanos, y debe movilizar a la opinión pública en ese compromiso de participación (Boltanski, 2007). La preocupación resiliente por el presente es el modo afectivo/efectivo de crear el futuro que se nos escapa. La resiliencia, lejos de consagrar estructuras o equilibrios del pasado, invita a ‘reconstruir mejor’.

La crisis del COVID-19 ha sido un acontecimiento inesperado que nos afronta brutalmente a ello. Europa y Estados Unidos se han convertido en poco tiempo en epicentro de la pandemia y del desastre ocasionado por el virus. La reacción ha sido de incredulidad, miedo social y pánico económico ante el colapso inminente, cuando se creía superada la crisis de 2008. El regreso a la realidad ha sorprendido a algunos gobiernos, que no supieron adoptar medidas preventivas a tiempo y han mostrado su ineficacia en plena gestión de la emergencia. En su declaración de guerra al enemigo invisible, los hiperlíderes no han resistido a la tentación de la propaganda y la unilateralidad, buscando el cierre de filas en torno a ellos. Pero la fuerza de los hechos ha permitido a la opinión pública celebrar el retorno del conocimiento cualificado frente a la posverdad fútil. Y en la experiencia vivida, hacerse cargo de la realidad de tantas personas de otros continentes que sufren confinamientos, cierre de fronteras, falta de recursos sanitarios y viven en la incertidumbre o conviviendo con la muerte indiscriminada de manera habitual. El virus invisible ha hecho ver realidades invisibles.

El virus nos encierra, pero, a diferencia de la antigua peste, esta distancia social ha sido capaz de crear un nuevo sentimiento colectivo de comunidad y fraternidad. Nadie se salva si se salva solo. La resiliencia social se ha manifestado más fuerte que la política, emplazada por su parte a situar responsablemente la vida de los individuos por delante de la economía sin convertir el escudo social en argumento de lucha ideológica. Los políticos están siendo poco sensibles al dolor de quienes no pueden acompañar en la muerte a sus mayores ni despedirse de ellos. Las democracias han de aprender a llorar mejor (Stow, 2017).  La crisis del COVID-19 deja a las democracias en una encrucijada donde su propia lectura de la resiliencia será decisiva. La primera elección supone una visión corta de la resiliencia, ligada a las ideas de resistencia y refuerzo de la vigilancia para adelantarse a la adversidad, vencerla y preservar a la sociedad y el Estado (Coaffee y Rogers, 2008; Jones et al. 2018), una concepción que habría salido reforzada de la crisis ante el aparente éxito de las técnicas de biovigilancia y “big data” aplicadas en algunos países asiáticos. Esta opción, aun salvando la voluntad de autolimitación del Estado, afianza las dictaduras digitales. La segunda es más ambiciosa e implica un rearme ético, no sólo para encarar con valentía el futuro, sino para edificarlo sobre bases auténticamente humanas.

La resiliencia puede alumbrar una democracia afectiva y compasiva, que haga prevalecer la unión y el entendimiento mutuo sobre la dinámica de mutuas exclusiones, las batallas de la identidad o el nuevo culto a la frontera, forzando a los políticos a asumir sus verdaderas responsabilidades: a) el mantenimiento del orden de libertad, sabiéndolo adaptar a las circunstancias cambiantes (siempre desde el respeto a las instituciones democráticas y la cultura de la libertad); y b) la preocupación efectiva por el bien común y el bienestar de todos, que conlleva ciertamente la mejora de la dura situación presente. El poder del algoritmo no nos vuelve inmunes, ni reduce la vulnerabilidad a cero. La resiliencia realmente tampoco, pero, al hacernos conscientes de nuestros límites, nos hace más humanos y, consiguientemente, más capaces de superarlos para lograr la transformación personal y social. La democracia consciente precisa, a su vez, de un ‘capitalismo consciente’ (Mackay y Sisodia, 2013), con una visión más amplia y un propósito superior, capaz de transformarse e implicarse en la construcción de un futuro más cooperativo, humano y esperanzador. Será el mejor antídoto frente a las nuevas tentaciones de estatalismo.

 

Referencias:

Boltanski. Luc (2007), La souffrance à distance. Morale humanitaire, médias et politique, París: Gallimard.

Coaffee, Jon y Peter Rogers (2008), “Rebordering the city for new security challenges: From Counter Terrorism to Community Resilience”, Space and Polity, 12: 101-118.

Frerks, Georg, Jeroen Warner y Bart Weijs (2011), “The politics of vulnerability and resilience”, Ambiente & Sociedade, 14: 105-122.

Jones, Richard; Raab, Charles; Szekely, Ivan (2018), “Surveillance and resilience: Relationships, dynamics, and consequences”, Democracy & Security, 14: 238-275.

Mackey, John y Sisodia, Rajendra (2013), Conscious capitalism, Boston, MA: Harvard Business School.

Stow, Simon (2017), American Mourning: Tragedy, Democracy, Resilience, Cambridge: Cambridge UP.

 

Nota: las personas interesadas podrán plantear a investigadores de la UPNA cuestiones relacionadas con el coronavirus o el estado de alarma a través del correo electrónico vicerrectorado.proyeccionuniversitaria@unavarra.es, incluyendo en el asunto #UPNAResponde/#NUPekErantzun. 

#UPNAResponde/#NUPekErantzun: ¿Qué medidas, a medio plazo, son necesarias para salir fortalecidos de esta crisis?

Responde: Sergio García Magariño, investigador del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA).

 

Hoy son muchos los que constatan lo que expertos y organizaciones internacionales de la salud venían alertando desde hace años: la posibilidad de sufrir una pandemia global. La combinación de la hiperconexión, el deterioro medioambiental y las desigualdades sociales y económicas era el caldo de cultivo idóneo. Sin embargo, ese tipo de reflexiones, aunque interesantes, no suelen ser muy útiles para responder ante una situación de alarma que exige lo mejor de nosotros y, sobre todo, acción concertada a todos los niveles.

Las crisis son oportunidades para replantearse los fundamentos de la sociedad y acometer reformas de calado que en otras condiciones no son tan viables. Las grandes crisis pueden extraer lo mejor y lo peor de las personas y de las instituciones. Por ello, es arriesgado pensar que la pandemia, por sí sola, sin una estrategia a medio y largo plazo deliberada, vaya a transformar nuestra política económica y social, a generar nuevos patrones de comportamiento interpersonal y de consumo y a institucionalizar los estallidos espontáneos de solidaridad que se viven. Para salir fortalecidos de este bache y de las consecuencias inmediatas que conllevará en otras áreas diferentes de la salud, se debe hacer una serie de ajustes teniendo en cuenta varios principios relacionados con el medio y el largo plazo. Aquí esbozaré seis.

El primero es la necesidad de avanzar hacia la federalización de la humanidad. Las voces más avezadas se atreven incluso a plantear que es necesario un gobierno mundial, al menos transitorio, para responder ante el coronavirus y sus efectos económicos colaterales. Algo tan sencillo como la provisión de material sanitario básico, máscaras, guantes, tests ha resultado ser inviable a tiempo en ausencia de coordinación internacional. Qué decir de la diseminación del conocimiento técnico, de la canalización de los recursos económicos, del control de los movimientos poblacionales o del envío de personal cualificado de apoyo. Es el momento de avanzar hacia mayores niveles de integración. Las amenazas actuales y futuras, así como la economía, la cultura, la ciencia, las migraciones, son globales; global también ha de ser la política. Es el momento de tener altas miras.

Sociedad

El segundo es la oportunidad de establecer sistemas sociales más cooperativos. La competición como eje de organización social ha agotado su capacidad vertebradora ante un tipo de sociedad más compleja, interconectada e interdependiente. Ante un problema común grave, como este u otros futuros, no se debe permitirse el lujo de estar criticando, cuestionando y oponiéndose a todo lo que hacen otros. Ya sea en el ámbito político entre los partidos o facciones ideológicas, en el ámbito de las relaciones entre sectores de la sociedad —ciudadanos vs. representantes, trabajadores vs. empresarios, lo público vs. lo privado—, en la vida económica —competición entre empresas— o en las relaciones entre los Estados, la idea de que la excelencia y de que el máximo bienestar se logran a través de la competición parece no corresponderse con los hechos. Cooperar, no obstante, exige un proceso de aprendizaje. Si queremos responder con efectividad ante retos complejos como los que indudablemente vendrán, necesitamos echar a andar procesos de socialización rigurosos para rescatar y fortalecer las artes de la colaboración.

El tercero tiene que ver con el modelo económico vigente. Recuperarse del coronavirus no es una cuestión exclusivamente médica. Las sociedades tendrán que lidiar con las consecuencias económicas de este. Por ello, es buen momento para revisar el modelo de desarrollo prevalente. Además de haber traído riqueza en términos totales, ha colapsado el medio ambiente por la relación de explotación con la naturaleza que establece y las pautas de consumo que incita, ha generado grandes desigualdades, ha azuzado conflictos y ha creado un sistema social altamente dependiente —una porción cada vez menor del planeta produce comida para el resto y en zonas cada vez más lejanas de donde se consume— material y cognitivamente. El Club de Roma acaba de lanzar una carta a los líderes del mundo donde encarece a los responsables de las políticas económicas a avanzar hacia un nuevo modelo anclado en la sostenibilidad local, independiente energéticamente de las fuentes combustibles fósiles y sensible ante las desigualdades.

El cuarto está relacionado con la oportunidad de llevar hasta las últimas consecuencias lo que algunos han denominado la «feminización de la sociedad». Feminizar la vida social no implica únicamente abrir espacio para que la mujer entre, en condiciones de igualdad con el hombre, en todas las esferas de la vida colectiva a fin de crear una sociedad más justa para todos —que también—. Conlleva, sobre todo, insuflar en todos los subsistemas sociales —política, economía, derecho, academia, medios, familia…— todas esas virtudes y ese tipo de ética del cuidado que históricamente se ha asociado con la feminidad. De ser así, es probable que las decisiones tanto de alto como bajo nivel tengan en cuenta (a) otro tipo de racionalidad no instrumental sensible a los valores y a las personas, (b) la necesidad de solucionar los conflictos por vías pacíficas o (c) de establecer sistemas donde la armonía en las relaciones —ya sean entre las instituciones, entre las personas y las instituciones y entre las personas y el medio ambiente— sea la norma y no la excepción.

Mujeres

El quinto se relaciona con la relación y naturaleza de los tres actores que históricamente han vertebrado la vida colectiva: el individuo, la comunidad y las instituciones. La relación de ellos ha sido problemática y ha estado marcada por la preponderancia de uno sobre el otro. En las sociedad tradicionales, la comunidad era la entidad más importante y sus normas se imponían sobre las personas. El castigo por lo no aceptación de la norma era la expulsión del grupo o la marginación. Las sociedades modernas se han alejado de las comunidades geográficas y han adoptados formas de vida más individualizadas. Sin embargo, parece que la crisis actual, con la conciencia de fragilidad que ha suscitado, ha puesto de relieve que las comunidades de adscripción (clubes, asociaciones) y las comunidades virtuales no satisfacen completamente ni la necesidad de pertenencia ni de apoyarse mutuamente con consistencia ante calamidades colectivas. Quizá el fortalecimiento de las comunidades geográficas en los barrios, donde se aprenda a cooperar, donde se puedan dar procesos de aprendizaje y donde se puedan experimentar nuevos modelos económicos sostenibles sea una buena dirección.

El último (y probablemente más importante) principio a tener en cuenta para reajustar el orden social de tal modo que sea más resiliente ante futuros impactos económicos, humanitarios, sanitarios, criminales o medioambientales es la institucionalización del aprendizaje colectivo, de sistemas inteligentes de generación de conocimiento que permitan progresar paulatinamente hacia mayores niveles de prosperidad, paz, justicia social y sostenibilidad. Actualmente, la economía es el proceso central de la existencia social. El conocimiento experto de la salud pública ha competido, con mayor o menor éxito, durante la crisis sanitaria con los agentes económicos por imponer una agenda. Esta tensión no se resuelve ni colocando exclusivamente a la salud ni a la economía ni al conocimiento experto técnico en el centro de las decisiones. Si el aprendizaje estuviera en el centro, las decisiones que exigen tener en cuenta múltiples factores, conocimiento experto y deliberación colectiva serían más fáciles. Gran parte del conocimiento que necesitamos para reorganizar la sociedad en la dirección sugerida no se ha generado aún y tiene que ser el resultado de millones de personas e instituciones trabajando por arrojar nuevos aprendizajes que se institucionalicen progresivamente.

Por ello, crear estructuras participativas para el aprendizaje a todos los niveles, donde interactúen el conocimiento experto, la experiencia tradicional propia y las dinámicas culturales autóctonas, dentro de un enclave deliberativo y conectado con una red global, sobresale como el horizonte más relevante, así como desafiante, necesario para salir fortalecidos de esta crisis y responder con resiliencia ante futuros impactos.

 

Nota: las personas interesadas podrán plantear a investigadores de la UPNA cuestiones relacionadas con el coronavirus o el estado de alarma a través del correo electrónico vicerrectorado.proyeccionuniversitaria@unavarra.es, incluyendo en el asunto #UPNAResponde/#NUPekErantzun. 

 

#UPNAResponde/#NUPekErantzun: ¿Los contenidos vía “online” dan respuesta a las necesidades educativas en la educación obligatoria durante el confinamiento?

Responde: Ana Mendióroz Lacambra, profesora del Departamento de Ciencias Humanas y de la Educación, directora de la Cátedra Aprender-Ikasi Fundación Caja Navarra e investigadora del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

 

El profesorado de educación obligatoria (y también del resto de etapas educativas) está haciendo lo imposible para colgar contenidos en las plataformas “online”, con el objetivo de que el alumnado siga avanzando en los temarios. Además, en muchos casos reconoce, y la literatura científica así lo avala, que no se siente competente para crear contenidos con las TIC (tecnologías de la información y la comunicación).

Esto, que, a priori, parecía “solucionar” el parón educativo impuesto por la pandemia, no hace sino incrementar la brecha educativa. El alumnado más desfavorecido no tiene acceso en su domicilio a un ordenador y, mucho menos, a internet. Además, y en el caso de los hogares que sí se lo pueden permitir, los estudiantes necesitan la ayuda de un adulto para organizar y realizar las múltiples tareas encomendadas por los colegios. Hay muchos casos que los adultos no pueden apoyar a sus hijos, bien porque no están capacitados o bien porque están trabajando en casa o fuera de ella.

A todo esto, hay que añadirle el nivel de ansiedad que supone este confinamiento para toda la población.

¿Y si aprovechamos este periodo también no solo para instruir en contenidos específicos de cada materia sino en otros que son transversales en el currículo escolar? Por ejemplo, en la etapa de Educación Primaria son contenidos curriculares los valores y las normas de convivencia como desarrollar hábitos de trabajo individual y en equipo, de esfuerzo y responsabilidad, así como actitudes de confianza en sí mismo, con sentido crítico, iniciativa personal, curiosidad, interés y creatividad. El alumnado de esta etapa debe adquirir habilidades para la prevención y para la resolución pacífica de conflictos, que le permitan desenvolverse con autonomía en el ámbito familiar y doméstico, así como en los grupos sociales con los que se relaciona.

Es importante no olvidar que el esfuerzo del sistema educativo debe ir dirigido más que a instruir, a formar una futura ciudadanía responsable y comprometida con el mundo que le toque vivir. ¿Por qué no aprovechamos esta circunstancia para enseñarles también a ser?

 

Nota: las personas interesadas podrán plantear a investigadores de la UPNA cuestiones relacionadas con el coronavirus o el estado de alarma a través del correo electrónico vicerrectorado.proyeccionuniversitaria@unavarra.es, incluyendo en el asunto #UPNAResponde/#NUPekErantzun.