¿Cuándo será el coronavirus como un catarro habitual?

Antonio G. Pisabarro De Lucas, catedrático de Microbiología en el Departamento de Ciencias de la Salud y director del Instituto IMAB (Institute for Multidisciplinary Research in Applied Biology-Instituto de Investigación Multidisciplinar en Biología Aplicada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA). Denisse Patricia Rivera de la Torre, profesora de Salud Pública y Epidemiología de la Universidad de Sonora

 

Ilustración de Manuel Álvarez García.

¿Recuerdan qué era la vida normal? De repente, nos hemos visto sumergidos en un mundo peligroso en el que invisibles virus transmitidos por el aire nos amenazan cuando nos encontramos con amigos, cuando tocamos algún objeto o cuando entramos en los locales donde solíamos consumir.

Miramos con suspicacia a las personas que no nos parecen suficientemente prudentes. Sin embargo, en nuestra vida anterior nos movíamos libremente sin mascarillas y nos saludábamos dándonos la mano. Nos abrazábamos y besábamos, compartíamos objetos y vivíamos cerca los unos de los otros.

Si nos hubieran preguntado sobre la distancia social, habríamos pensado en comportamientos huraños, clasistas o, incluso, racistas. Pero, en ningún caso habríamos hablado de estar a más un metro y medio de distancia de los demás cada día.

Un año y medio de pandemia nos ha llevado a pensar que éramos irresponsables y que dábamos demasiadas oportunidades a la naturaleza para que se vengara de nosotros. Ahora nos consideramos culpables de todo lo que nos ocurre y miramos asustados alrededor buscando guías, salidas, confinamientos y otras restricciones. Ahora, en determinados momentos, nos sentimos más seguros cuando estamos aislados.

¿Era un error la antigua normalidad?

Sin embargo, no está claro que nuestra vida normal fuera un error. Los contactos sociales nos permitían reforzar las relaciones entre los miembros de la comunidad. Además, desde el punto de vista microbiológico, nos permitían formar una comunidad de microorganismos que compartimos entre todos los que convivimos en una ciudad o en un grupo social.

Estos microorganismos compartidos estimulan nuestra respuesta inmune, nos permiten estar protegidos frente otros virus y bacterias con los que nos encontramos diariamente. Asimismo, participan activamente en la digestión de los alimentos que consumimos.

No vivimos en una burbuja estéril sino en un entorno cargado de microorganismos con los que, evolutivamente, hemos aprendido a convivir. Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución. Miremos con esa luz nuestra relación con los microorganismos.

¿Quién nos enseñó a comportarnos así?

Parte de ese aprendizaje evolutivo de nuestra especie queda reflejada en nuestro comportamiento. Nos gustaría pensar que nos tocamos, nos besamos, nos acercamos y compartimos objetos por comportamientos decididos racionalmente.

Sin embargo, lo cierto es que todos esos comportamientos han sido seleccionados o tolerados evolutivamente. Son parte de la domesticación de nuestra propia especie. Es decir, con el paso del tiempo, aquellas variantes de nuestra especie mejor adaptadas a vivir en un entorno microbiano dado han sido seleccionadas y han predominado en la población.

Por su parte, las variantes microbianas que mejor podían establecerse en nuestras poblaciones han prevalecido frente a otras más letales que, eliminando al huésped, dificultaban su trasmisión.

A este proceso de coevolución lo podríamos llamar domesticación: domesticación de los humanos y de los microorganismos. Aunque quizá sería más correcto cambiar el término de domesticación (de domus, casa) por el de urbanización (de urbs, ciudad) ya que las comunidades microbianas con las que vivimos son las seleccionadas por nuestra vida en poblaciones cada vez más densas. Por eso, volveremos a nuestra vida normal, pues es la que nos permite vivir mejor en comunidad.

Ciertamente, aparecerán nuevos patógenos más o menos virulentos que se introducirán en nuestra comunidad y producirán nuevas epidemias y pandemias. Es un accidente natural imprevisible que se alza como una gran ola que barre todo lo que encuentra.

Sin embargo, la ola pasará y el mar volverá a la calma. Volveremos a nuestra vida normal porque es el resultado de nuestro proceso de selección: la vida en comunidad parece compensar evolutivamente el riesgo de la aparición de epidemias.

El coronavirus no desaparecerá en la nueva normalidad

Este coronavirus se quedará viviendo en nuestra especie de forma permanente. No cumple ninguno de los supuestos que permitiría pensar en su erradicación. Se trata de un virus adaptado a la población humana con reservorios animales, la enfermedad que produce no tiene un diagnóstico claro y distinto y no disponemos de una vacuna con una eficacia suficiente.

Además, el coronavirus es un virus de ARN que, aunque no es tan variable como el virus de la gripe, es muy variable, por lo que podrán aparecer nuevas cepas que escaparán parcialmente a nuestro sistema inmune y podrán producir oleadas epidémicas de gravedad variable.

No obstante, es de esperar que estas oleadas tiendan a ser menos pronunciadas en el futuro, aunque puedan surgir ocasionalmente nuevas variantes pandémicas como ocurre en el caso de la gripe.

¿Convivirá con nosotros el coronavirus en la nueva normalidad?

Las sucesivas olas de infección a personas vacunadas o que hayan pasado la enfermedad harán que la inmunidad individual y grupal se extienda a toda la población. El coronavirus SARS-Cov2 pasará a ser un nuevo virus de catarro invernal que producirá casos graves esporádicamente.

Esta protección causada por la circulación con baja incidencia del virus en la comunidad inmunizada se producirá cuando volvamos a la vida normal que describíamos al principio de este artículo.

El mantenimiento de las medidas de aislamiento social y otras medidas destinadas a la reducción de la movilidad de la comunidad microbiana con la que convivimos reducirá el efecto protector de esta convivencia. Así, nos hará más susceptibles a los microorganismos que nos rodean y frente a los que estamos protegidos por el contacto esporádico habitual de nuestra vida normal.

El problema fundamental de las pandemias es el colapso del sistema sanitario y del sistema social. Una vez controlada la fase crítica que causa dicho colapso, la vida normal seleccionada evolutivamente durante el proceso de domesticación de la humanidad volverá a prevalecer. Así es como ha ocurrido después de todas las pandemias anteriores que ha sufrido nuestra especie.

Antonio G. Pisabarro, Catedrático de Microbiología, Departamento de Ciencias de la Salud, Instituto de Investigación Multidisciplinar en Biología Aplicada, Universidad Pública de Navarra y Denisse Patricia Rivera de la Torre, Docente en Salud Pública y Epidemiología en la Universidad de Sonora, Universidad de Sonora

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

¿Será la salida de las tropas de EE. UU. de Afganistán el fin de las misiones humanitarias?

Sergio García Magariño, investigador del Instituto I-Communitas (Institute for Advanced Social Research-Instituto de Investigación Social Avanzada) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

 

Centro de entrenamiento militar de Afganistán.
Imagen de Chris Aram en Pixabay

He de reconocer que el anuncio del presidente Biden de la retirada final de las tropas norteamericanas de Afganistán, prevista entre el 1 de mayo y el 11 de septiembre de 2021, me pilló de sorpresa. Y no es porque no se supiera, ya que, desde el acuerdo de Doha con los talibanes en febrero de 2020, era de dominio público. Es por lo que simboliza: el fin de una guerra interminable y estéril de 20 años y el más que probable ascenso inexorable de los talibanes, a quienes la guerra aspiraba a expulsar definitivamente del poder. Pero, nos preguntamos, ¿será también el fin de las intervenciones internacionales?

Tras el atentado de las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001, EE. UU. lideró una intervención en Afganistán, avalada por el Consejo de Seguridad, para expulsar del poder a los talibanes, a quienes acusaba de haber establecido un régimen opaco desde el que Al-Qaeda se organizaba y planificaba atentados.

Esa intervención iba a acompañada de un constructo jurídico problemático para legitimar cualquier acción unilateral de EE. UU.: el ejercicio de la guerra en “legítima defensa” contra el terror.

Los primeros 14 años implicaron múltiples operaciones militares de diversos países y organismos internacionales, como la OTAN, para lograr una derrota por la fuerza. Y desde 2014, el foco se puso en instruir al gobierno y ejército afganos para ejercer el monopolio legítimo de la violencia.

El coste del “monopolio legítimo de la violencia”

Todas estas operaciones han dejado un coste indeleble, tanto en términos de vidas y desplazamientos forzados como económicos. Aunque según las fuentes los números varían ligeramente, se estima que 2 442 soldados norteamericanos y 1 144 soldados del resto de países perdieron la vida. No obstante, si se coloca el foco en Afganistán, los bajas ascienden a más de 45 000 soldados.

Esto ya es cruel, pero lo es mucho más saber que cerca de 47 000 civiles afganos murieron y que millones de personas, incluyendo cientos de miles de niños, han sido desplazados, nacional e internacionalmente.

En cuanto a los costes económicos, y solo por tomar en cuenta un dato, el Instituto Watson para asuntos internacionales y públicos de la Universidad de Brown, considera que el gasto que ha supuesto para EEUU supera los 2,26 billones (millones de millones) de dólares.

El resurgir de los talibanes

Recordemos que el propósito de la guerra era desterrar a los talibanes. Bueno, pues a pesar de que los talibanes nunca se fueron, tras la salida de las pocas tropas internacionales restantes en septiembre de 2021 –alrededor de 3 000, en comparación con las 100 000 que mandó Obama–, con casi total certeza dejarán la periferia para volver a los centros de mando del país.

Estos talibanes siguen siendo los mismos que gobernaron Afganistán con mano de hierro, sobre todo para las mujeres y las minorías, entre 1996 y 2001, con un grado de fundamentalismo poco conocido en la historia moderna.

El hecho de que no hayan atacado a las tropas internacionales desde el señalado acuerdo de Doha parece dotarles de un aura renovada de amistad y compromiso; pero la constatación de que no han cejado en su empeño contra las fuerzas nacionales y los civiles afganos revela que su crueldad persiste.

20 años de dolor y sufrimientos

Este sencillo análisis de costes-beneficios es preocupante de por sí: 20 años de dolor, muerte, sufrimiento y gastos, que se proyectarán hacia el futuro durante varias generaciones, para llegar al punto de partida con los talibanes en el poder. Sin embargo, el problema es mayor si nos adentramos en la psicología talibán y en el relato que legitima su historia: vencimos a los soviéticos comunistas en su día y ahora vencemos al nuevo imperio, a su antítesis, a EE. UU.

Además, su ideología islamista-salafista los coloca en el clímax de una lucha apocalíptica del bien contra el mal, de una yihad por salvar a la Umma, la mancomunidad islámica.

¿Hay algo más poderoso? Al inicio de la guerra, nadie quiso negociar con ellos; en mitad de la confrontación, hubo acuerdos de negociación; ahora son ellos quienes se pueden permitir el lujo de no extender la mano para renunciar a privilegios que pueden lograr por la fuerza.

¿El fin de la acción internacional y de las intervenciones humanitarias?

Los altos costes y bajos beneficios de la intervención en Afganistán, los problemas de la guerra y la acción internacional de 18 años en Iraq, el fiasco de la acción colectiva en Libia para derrocar a Gadafi y los pormenores de la no intervención directa en Siria para detener el conflicto civil plantean una pregunta común: ¿Son efectivas las intervenciones internacionales?

La pregunta está llena de aristas, puesto que genera una gran disyuntiva. La comunidad internacional, asumiendo un compromiso con la seguridad colectiva, no puede quedar impasible ante excesos de los gobiernos contra su población civil o ante una amenaza plausible para el orden internacional. Pero, ¿cómo puede ser eficaz una intervención armada mancomunada, cuando la historia reciente se interpreta desde un fracaso que, además, ha contribuido a aupar a una nueva amenaza, la del Daesh?

Acudamos al mito. Nuestra Ave Fénix, las intervenciones humanitarias, se mueve entre dos cenizas. ¿Por qué no se aleja de los talibanes y se encarna en una comunidad internacional fuerte, bien gobernada y, sobre todo, federalizada? La covid-19 nos recuerda que esa parece la mejor opción. Veamos qué depara el futuro.

Sergio García Magariño, Investigador de I-Communitas, Institute for Advanced Social Research, Universidad Pública de Navarra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

“Los estándares democráticos del alumnado han aumentado tras el confinamiento ”

Paolo Scotton, profesor del Departamento de Ciencias Humanas y de la Educación de , e investigador del grupo de investigación Educación Holística e Inclusiva (EDHO-I) de la Universidad Pública de Navarra

Tiempo estimado de lectura: 3,5 minutos

Los jóvenes universitarios buscan nuevos espacios para contribuir al cambio social

 

Son más reflexivos y críticos con la información que consumen. Interesadas en la realidad más cercana, la de su pueblo o barrio, pero con la mirada en las grandes cuestiones globales como el cambio climático o la preservación del medio ambiente. Más pesimistas y solitarios. Menos empáticas. Sin duda, la pandemia ha dejado huella en los y las jóvenes universitarias, según se desprende de un estudio realizado entre 177 estudiantes de nuevo ingreso en la Universidad Pública de Navarra.

El filósofo Paolo Scotton ha dirigido el trabajo desarrollado por el grupo de investigación Educación Holística e Inclusiva de la UPNA para determinar el impacto de la reciente pandemia en las competencias democráticas del alumnado de primer curso.

A partir de los datos recogidos, ¿es posible concluir que la reciente crisis ha alterado, en algunos aspectos de forma considerable, algunas de las actitudes democráticas del alumnado universitario?

Sí, el estudio nos ha sorprendido. Contrariamente a lo que cabía esperar antes de realizar la encuesta entre el alumnado de nuevo ingreso, la mayoría de estos cambios parecen a primera vista ser beneficiosos para el desarrollo de una actitud democrática. En particular, estos y estas jóvenes de entre 17 y 21 años dedican más tiempo a analizar la información y realizar una valoración crítica de la misma. A ello habría que añadir que se observa una mayor demanda de transparencia, equidad y justicia que el alumnado exige a las instituciones y representantes políticos. De hecho, revelan que ha habido un incremento de los estándares democráticos fijados por el alumnado.

¿En qué se traducen los cambios que habéis detectado?

Observamos una mayor atención a la realidad más próxima representada por las relaciones sociales de su propio barrio. El alumnado, desde el comienzo de la pandemia, ha madurado una mayor conciencia social en relación con los temas que afectan de forma inmediata a su vida, aunque demuestre escaso interés y solidaridad respecto a aquellas cuestiones que no inciden directamente en su existencia. Les interesa la realidad más próxima, del barrio o el pueblo en el que viven, con la idea de mejorarlo. Muestran, sin duda, más interés, pero de momento no se ha traducido en una mayor participación. Es decir, se evidencia una escasa participación en la vida asociativa de la realidad social en la que viven, y raramente intervienen en asuntos de naturaleza política. En otras palabras, el interés que el alumnado manifiesta por los temas sociales no se ve reflejado, en la práctica, por una experiencia real de participación ciudadana, algo que, por claros motivos, no ha mejorado a raíz de la reciente pandemia.

Habéis observado también un mayor interés por la actualidad…

Así es. Los y las jóvenes muestran un mayor interés hacia la actualidad, no solo porque reciben muchas más noticias, también quieren comprenderlas. Hay un análisis crítico más riguroso de lo que reciben. No se informan solo con la televisión, sino que buscan otros medios. El interés, la curiosidad y la mirada crítica hacia el entorno parece que, gracias a la pandemia, ha mejorado. Asimismo, muestran una visión muy global, sobre algunos temas como la cuestión medioambiental o la calidad de la información. La crisis que vivimos les ha dado la posibilidad de recibir más información, de analizarla críticamente y tomar partido conscientemente.

Otros cambios parecen afectar negativamente al desarrollo de una mejor convivencia democrática

Hicimos la encuesta en noviembre de 2020 y, en ese momento, el aislamiento social, junto con el aumento del tiempo de vida en entornos digitales, había determinado un desplazamiento del foco de atención desde la comunidad hacia la individualidad. Por una parte, esto parece contribuir a una mejor relación con uno mismo y a un mayor autoconocimiento, pero, por otra, parece haber afectado a la capacidad empática del alumnado. Sí, muestran más dificultades para ponerse en la piel del otro, de la otra. Además, afirman llevar una vida más solitaria, más apartada y parece que se están habituando a la virtualidad de las relaciones interpersonales y que, en cierta medida, la consideran una nueva normalidad. Su mirada hacia el futuro es más pesimista. Sin duda, su confianza respecto a la capacidad para conseguir sus propios objetivos se ha visto significativamente menguada. Como es natural, vislumbran un futuro más desalentador en materia laboral y económica.

¿Qué enseñanza nos deja las conclusiones del estudio?

Por un lado, queda clara la necesidad de reconstruir espacios de diálogo, esos espacios de escucha recíproca para imaginar la realidad, porque lo que pensamos no solo nace de la cabeza, si no desde las relaciones que tenemos con las demás personas y con el entorno que nos rodea. Y el estudio nos dice que esas formas de interrelación han cambiado. Pero también detecta la voluntad de la juventud universitaria de hacer algo, ya que muestran preocupación por los temas sociales, pero tienen dificultad de poner en práctica esta intención. Sí, demuestran una voluntad de participación política, voluntad que esta sociedad debería canalizar, cuidar y cultivar. Piden espacios para contribuir al cambio social.

Hay aspectos positivos y negativos, pero es evidente que la pandemia ha dejado una huella en los jóvenes. No sabemos si será a corto plazo, a medio o a largo. Lo tenemos que investigar en un futuro cercano.

EL proyecto ha tenido una segunda parte en la que habéis llevado a la práctica las competencias ciudadanas del alumnado. Con su ayuda habéis dado la posibilidad de imaginar el futuro a colectivos cuya voz apenas escuchamos…

Queríamos desarrollar una actividad de aprendizaje-servicio que nos permitiera legar a colectivos que estaban sufriendo más la situación y estaban poco visibilizados. Niños, personas mayores y personas con enfermedad mental. ¿Cómo podíamos influir positivamente? En esta situación de cambio en todos los aspectos, ¿cómo puede la Universidad conservar su misión social, su misión democrática, su compromiso con el entorno en el que está? Con esta preocupación nace este proyecto. Y nos preguntamos ¿qué imaginamos para el futuro? ¿Podemos imaginarlo todavía? ¿Qué piensan estos colectivos que han sido poco visibilizados? No son trabajadores, no están en el tejido productivo, pero han padecido las consecuencias de la pandemia y apenas han tenido voz propia.

¿Y qué idea tienen del mundo post pandemia?

Se han expresado a través de cartas, conversaciones y obras artísticas. En el caso de los y las más pequeñas han expresado su voluntad de conectar otra vez con espacios abiertos. Buscan y desean movimiento y libertad. También muestran un deseo de volver a conectar con sus mayores. Lo hemos visto expresado en alumnado de primaria del Colegio Público San Francisco y de la Ikastola Paz de Ziganda. Abuelos y abuelas de la Residencia el Vergel sueñan con más contacto físico y cercanía, y echan de menos bailes y actividades lúdicas. Por su parte, los miembros de la Asociación Navarra para la Salud Mental han expresado de forma artística su visión en piezas llenas de colores. Desean dejar atrás el gris en el que estamos para vislumbrar un mundo más colorido, más positivo, una nueva energía.

Descubre más sobre este tema escuchando el podcast en euskera Zientzia puntu-puntuan Zertan dira balore demokratikoak pandemia garaian?

Más información:

• Paolo Scotton , Maider Pérez de Villarreal , Unax Flores Uribe; Pamela Génez Cantero (2021) El alumnado universitario ante la pandemia. Aprendizaje-servicio y compromiso social. Universidad Pública de Navarra. INNTED Congreso Internacional de Innovación y Tendencias Educativas.

• Scotton, P. (2020). Educación universitaria y compromiso social: ventajas del aprendizaje-servicio. En: Dios, I.; Falla, D.; Gómez-López, M.; Nasaescu, E.; Vega-Gea, E.; Calmaestra, J; Rodríguez-Hidalgo, A. J. (Coords.) Libro de Investigaciones del II Congreso Internacional de Investigación e Intervención en Psicología y Educación para el Desarrollo: diversidad, convivencia y ODS. 1 ed. Córdoba: Universidad de Córdoba. p. 276-286.

• Scotton, P. (2021) University as an Engaged Community. Service-Learning as a formative and transformative practice, en Rivista Formazione Lavoro Persona, 11(33), pp. 90-105.

• Santos Rego, M.A., Lorenzo Moledo, M., Mella Núñez, I. (2020). El aprendizaje servicio y la educación universitaria. Hacer personas competentes. Octaedro, Barcelona

Corcheas iguales pero diferentes: el secreto de Pau Casals desvelado por el ordenador

Igor Saenz Abarzuza, profesor del Área de Música del Departamento de Ciencias Humanas y de la Educación de la Universidad Pública de Navarra

 

Pau Casals fotografiado por Ferdinand Schmutzer en 1914.
Wikimedia Commons 

Pau Casals fue un activista: reconocida figura del catalanismo, se exilió en Prades (Francia) en su mejor momento profesional. Era una estrella del violonchelo cuando decidió hacer un estricto boicot artístico a los países que reconocían el régimen dictatorial de Franco, lo que lo dejó sin muchas opciones.

Curiosamente, el que fuera protegido de la reina María Cristina y compañero de pupitre de Alfonso XIII, posteriormente sería acérrimo defensor de la legítima II República. Casals, tenaz en su empeño y convicciones, no paró de ayudar a los exiliados y de presionar allí donde era escuchado.

Queda en el imaginario colectivo un nonagenario Casals tocando su Cant dels Ocells o dando el famoso discurso en la ONU en 1971 pidiendo paz. Rodeado siempre de destacadas figuras intelectuales, políticas y musicales de su tiempo, fue tal la importancia del Casals más militante, que su inmenso legado musical ha quedado en un segundo plano.

Reconocido por colegas, discípulos y público, su nombre se escribe con letras de oro en la historia de la música tanto por su contribución al violonchelo, como por su labor musical más allá de su instrumento.

Revisión crítica

A falta de una revisión crítica de su vida y obra, la gran parte de sus biografías (publicadas antes de la muerte de Casals), idealizan su persona ocultando partes controvertidas como los devenires de su matrimonio con Susan Metcalfe, la relación con Frasquita de Capdevila o su vínculo con la también violonchelista Guillermina Suggia. También queda por dilucidar su papel en la Operación Serenidad en Puerto Rico, país natal de su madre.

Estos asuntos han sido revisados críticamente por la profesora de la Universidad de Montana Silvia Lazo, para poder, más allá de su vida personal, descubrir al músico que hay detrás del mito.

Pau Casals en 1915.
Wikimedia Commons / Library of Congress

Autodidacta y solidario

El músico Pau Casals, o Pablo, como se le conocía en el extranjero, atesora destacados logros: fue el primer concertista profesional del violonchelo de la historia, un eminente director de orquesta y también compositor, un virtuoso prácticamente autodidacta. Con una clara conciencia social, se preocupó de llevar la música clásica de calidad a los más humildes, creando y financiando su propia orquesta en Barcelona.

Destaca el hito de ser el primero en grabar las Seis Suites para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach, y el primero también en registrar una obra completa de tal envergadura. Lo que parecía a priori una mala estrategia comercial, resultó un acierto que otros músicos se apresuraron a imitar.

Análisis computacional

Con una personalidad arrolladora que se dejaba oír en su música, Casals sabía perfectamente lo que hacía cuando tocaba el violonchelo, como se ha podido demostrar gracias a los actuales medios de análisis. En concreto, la investigación realizada con medios computacionales sobre su interpretación de la Sarabande de la 5ª Suite, uno de los 36 movimientos que forman el conjunto de las Suites, demuestra su minucioso control del tiempo.

Esta obra, compuesta de 108 notas, tiene la peculiaridad de que 100 de estas notas tienen el valor rítmico de corchea, es decir, duran lo mismo sobre el papel. En otras palabras, la obra tiene poca variedad en cuanto a las duraciones de cada nota se refiere, pero esto es solo aparentemente.

Corcheas infinitesimalmente distintas

Según la partitura, todas estas corcheas deberían durar lo mismo, pero es aquí donde entra en juego el intérprete musical. Viendo los resultados del tiempo usado en el análisis de la Sarabande, la interpretación de Pau Casals se puede explicar a unos niveles que no son perceptibles a tiempo real.

Hoy, los ordenadores permiten analizar lo que pasa inadvertido para el común de los oyentes, pero que genios como Casals hacían deliberadamente. Gracias al programa libre Sonic Visualiser, un proyecto emprendido por la Universidad de Londres y que cuenta con equipos por todo el mundo, hay disponibles plugins que analizan diferentes parámetros del sonido: entre estos, los que permiten medir las duraciones hasta la mínima expresión.

El genio intuitivo de Casals

En el caso de la Sarabande, nos fijamos en cuánto dura cada una de las 108 notas. Es ahí, en el detalle, donde se ve al genio: tomándose la libertad de hacer durar diferente las 108 notas, esta variedad no impide a Casals respetar en todo momento la partitura de Bach.

Es más, parece que lo de saber qué hacer con cada nota no es genuino del intérprete catalán, sino uno de los secretos de los grandes maestros y de las grandes maestras. En otra reciente investigación publicada en 2021, y que parte de la mencionada anteriormente, se compara la interpretación que Pau Casals hizo con la Sarabande registrada por la violonchelista y pedagoga francesa Anne Gastinel.

La interpretación de Casals de 1939 y la de Gastinel de 2007 se llevan 68 años. Si reparamos en la duración de la grabación en el disco, la de la violonchelista francesa dura 2 minutos y 44,977 segundos, mientras que la de Casals, 2 minutos y 47,626 segundos. Por tanto, la diferencia es tan solo de 2,649 segundos.

Es paradójica esta práctica coincidencia en la duración total, ya que Bach, quien con su muerte en 1750 marca el final del barroco, no especificó la velocidad con la que la Sarabande debía ser interpretada y por eso otras versiones tienen duraciones que varían mucho más. Hay que recordar que la costumbre de especificar la velocidad con un metrónomo tardaría todavía unos años, no estandarizándose hasta Beethoven.

Iguales pero muy diferentes

¿Coincidencia? Este escaso margen de duración entre las dos versiones de la Sarabande las hace idóneas para compararlas en busca de convergencias y divergencias. Con esto ya surge la pregunta: ¿hay diferencias entre ambas interpretaciones? Sí las hay: el resultado del análisis computacional muestra las diferentes posibilidades que manejan los dos genios con la misma obra y en el mismo lapso de tiempo. Sin hacer lo mismo, tanto Pau Casals como Anne Gastinel tocan sin duda lo que Bach escribió.

Queda demostrado: Casals y Gastinel sabían perfectamente lo que se hacían en cada segundo y por debajo del mismo. Ahí están las manos del intérprete y de la intérprete. Así, las dos versiones de la Sarabande están llenas de variedad en el mínimo detalle que nos ofrece el microscopio de los datos de las duraciones de cada nota al milisegundo.

En casi el mismo tiempo, dos propuestas diferentes. Por lo tanto, como demuestran ambos maestros, hay margen para la interpretación musical. Un reproductor MIDI haría iguales todas las corcheas y una inteligencia artificial haría tres cuartos de lo mismo, por lo que el factor humano prevalece (al menos de momento). Estas investigaciones corroboran lo que tantas veces repetía Casals:

“Toda la fantasía que quieran… ¡pero con orden!”

 

Igor Saenz Abarzuza, Profesor Ayudante Doctor del Área de Música, Universidad Pública de Navarra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

¿Por qué ahora los incendios son mayores y más peligrosos?

Rosa Maria Canals Tresserras, profesora del área de Producción Vegetal del Departamento de Agronomía, Biotecnología y Alimentación de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

Tiempo de lectura estimado: 4 minutos

Es necesario gestionar el paisaje para combatir los incendios de gran magnitud

 

Los incendios precisan oxígeno, combustible y una fuente de ignición. Son procesos naturales, que han estado siempre ahí, originados por un rayo o por las propias actividades humanas. Aunque siempre hemos convivido con ellos, hoy en día los incendios son más grandes, más impredecibles y destructivos que hace tan solo unas décadas. Su comportamiento errático y su severidad desconcierta a los servicios de emergencia de todo el planeta, a pesar de su alto nivel de preparación. Dejan tras ellos miles y miles de hectáreas quemadas y, en muchos casos, también vidas. ¿Por qué han cambiado los incendios? Rosa Maria Canals, profesora de la Universidad Pública de Navarra y especialista en ecología y gestión de recursos naturales, alerta del gran peligro que suponen y defiende que hay que intervenir en el entorno natural para poner freno a los grandes fuegos.

Canadá, Portugal, Grecia u Oregón son tan solo algunos de los lugares que han sufrido en los últimos tiempos incendios de unas dimensiones enormes. ¿Están cambiando los incendios en el mundo?
Sí. En los años 60, teníamos incendios de categoría 1 y 2, pero con el paso del tiempo, estos incendios han ido incrementando en categoría y ya, en las últimas décadas, sufrimos incendios muy severos de quinta y sexta generación. Los de quinta generación pueden provocar diferentes focos simultáneos, como ocurrió en Grecia en el 2007. Los de sexta generación liberan tal cantidad de energía que son capaces de desarrollar un comportamiento propio e, incluso, generar vientos erráticos que les posibilita propagarse en direcciones, velocidades y sentidos imprevisibles. Fue lo que sucedió en el incendio de Portugal en 2017 o en el de Chile, también el mismo año, en el que, en apenas una noche, el fuego arrasó más de 100.000 hectáreas.

¿Podemos combatir incendios de esta magnitud?
En la extinción de estos grandes incendios se depende totalmente de los factores meteorológicos, de que cambie la dirección y la intensidad del viento, de que empiece a llover… Es lo único que puede frenarlos. Además, estos megaincendios se convierten en fenómenos globales, cuyo impacto puede producirse también a miles de kilómetros de distancia. Por ejemplo, el humo de los incendios de California y Oregón del pasado verano llegó hasta Europa. Los incendios de los suelos de turba de Indonesia o de Siberia están acabando con uno de los principales sumideros de carbono del planeta….

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué ahora hay más incendios y son más peligrosos?
Ahora hay más incendios debido al cambio global que incluye factores tan determinantes como el cambio climático y el cambio en la gestión del suelo. Por un lado, vivimos olas de calor más intensas en verano y periodos de sequía más prolongados, que hacen que la vegetación esté más seca. Por otro, cada vez viven menos personas en el entorno rural, se utilizan menos los recursos naturales y decae el pastoreo y los herbívoros, que son quienes desde siempre nos han ayudado a consumir y controlar la vegetación, es decir, el combustible. Además, la agricultura ha disminuido también, provocando una variación en nuestros paisajes que han dejado de ser un mosaico de teselas a ser más homogéneos. Las masas forestales arboladas, los bosques, se están recuperando rápidamente, desaparecen los espacios abiertos, disminuye la transitabilidad, se pierde biodiversidad a nivel de paisaje y se acumula mucha más biomasa combustible.

Y a todo ello, le sumamos la pasión del ser humano por vivir rodeado de Naturaleza, sin pensar en que un incendio se puede llevar por delante todo…
Todos tenemos en mente urbanizaciones como las que se dan en las zonas costeras mediterráneas o en nuestros archipiélagos, en las que las viviendas están rodeadas de bosques y densos pinares. Me imagino que una persona que se va a vivir a una casa perdida en el monte o a una urbanización pensará que, si se produce un incendio, tendrán que ir enseguida a rescatarle. Y, la pregunta es: ¿realmente nos lo podemos permitir?

Hagámosla entonces… ¿Realmente nos lo podemos permitir?
Pues difícilmente podemos. Los incendios actuales superan muchas veces nuestra capacidad de extinción, pero también nuestra capacidad de predicción: no es posible predecir hacia dónde van a ir, o cuántos focos se van a producir, lo que dificulta planificar una evacuación. Además, en lugares poco poblados, podemos organizar evacuaciones en plazos de tiempo muy cortos, como ha ocurrido en el norte de Canadá o en Oregón, pero un megaincendio en zonas con mayor densidad poblacional, es complejísimo. O se trabaja en protección civil, o se trabaja en extinción y control del incendio. No se llega a todo. Europa está muy poblada y los riesgos asociados a un incendio de estas características se multiplican. La gente está acostumbrada a sentirse protegida y no se da cuenta de que las cosas, quizá, no siempre van a ser así.

Entonces, en nuestro país, ¿no están los bomberos y servicios de emergencias preparados para extinguir estos fuegos?
En España siempre hemos sufrido incendios y existe mucho conocimiento y experiencia. Nuestras brigadas de bomberos están muy bien formadas y contamos con empresas pioneras a nivel mundial en el desarrollo de tecnología destinada a la prevención y extinción de incendios. Pero también tenemos una serie de hándicaps. Somos un país con mucha población diseminada en el entorno natural, especialmente en áreas mediterráneas, lo que supone mucha interfaz urbano-forestal, a lo que hay que añadir que, en el diseño de las urbanizaciones, no se ha tenido en cuenta el riesgo de los incendios. Nuestro clima es cálido y seco en verano, la vegetación es pirófita, -arde fácilmente- y, finalmente, se ha producido un tremendo abandono del uso de los recursos naturales (madera, leña, pastos…). El pastoreo extensivo y el aprovechamiento de nuestros bosques ha caído en picado. Es decir, existe una buena preparación para la extinción, pero tenemos unas condiciones que hacen que los incendios puedan adquirir categorías de quinta y sexta generación, que se encuentran fuera de la capacidad de extinción.

¿Y qué es lo que tenemos que hacer para impedir el enorme daño que un incendio de quinta o sexta generación podría hacer?
Tenemos que prevenir gestionando el paisaje más humanizado. El riesgo para nosotros mismos, la especie humana, es muy alto si se abandona nuestro entorno rural y natural. Es vital mantener paisajes en mosaico, aprovechar sosteniblemente los recursos maderables, pastables, etc. En definitiva, crear paisajes resilientes a los megaincendios y al cambio climático, dos grandes amenazas interconectadas. Gestión implica humanos (guardianes) viviendo en un entorno rural y aprovechando y gestionando sosteniblemente los recursos que ese entorno les ofrece. La solución pasa por recuperar el medio rural, el aprovechamiento forestal, la agricultura, la ganadería y, en el entorno de las áreas urbanas, crear cinturones verdes de muy baja carga combustible.

¿Existe conciencia en la sociedad de este peligro?
Falta mucho camino por recorrer porque somos una sociedad eminentemente urbana y muy desconocedora de nuestro entorno natural. Aunque nos gusta disfrutarlo, no entendemos su funcionamiento, su dinámica, su ecología… La Unión Europea es conocedora del grave riesgo de los megaincendios favorecidos por el cambio climático y por el cambio de usos del suelo y está apostando cada vez más por la investigación aplicada y la tecnología destinada a enfrentarnos a este riesgo.

Descubre más sobre este tema escuchando el podcast “¿Por qué ahora los incendios son mayores y más peligrosos? , de Ciencia al punto, el podcast de divulgación científica de la UPNA.

Más información: 

Adams MA (2013) Megafires, tipping points and ecosystem services: Managing forests and woodlands in an undertain future. Forest Ecology and Management, 294: 250-261.

Barbero R, et al (2015) Climate change presents increased potential for very large fires in the contiguous United States. International Journal of Wildland Fire, 24: 892-899.
Bond WJ, Keeley LE (2005) Fire as a global “herbivore”: the ecology and evolution of flammable ecosystems. Trends in Ecology and Evolution, 20: 387-394.

Calkin D, et al. (2014) How risk-management can prevent future wildfire disasters in the wildland-urban interface. Proceedings of the National Academy of Sciences of the EUA, 111: 746-751.

Canals RM (2016) El fuego en el paisaje: Aprendiendo del pasado para gestionar el futuro. En: Usando la biomasa forestal como fuente de energía sostenible. Blanco J (ed.). pp. 31-45. Ediciones de la Universidad Pública de Navarra. Pamplona.

Canals RM (2019) Landscape in motion: revisiting the role of key disturbances for the preservation of mountain ecosystems. Geographical Research Letters, 45: 515-531.
Pausas JG (2012) Los Incendios Forestales. 128 pp. Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Pausas JG (2018) Incendios forestales, encrucijada natural y social. En: Ecología de la regeneración de zonas incendiadas (García Novo F, Casal M. Pausas JG). pp. 9-14. Academia de Ciencias Sociales y del Medio Ambiente de Andalucía.

Ikuspegia: una visión en perspectiva de la historia de las pandemias

Eloísa Ramírez Vaquero, Catedrática de Historia Medieval en la Universidad Pública de Navarra y Joaquín Sevilla Moróder, responsable de la Cátedra de Divulgación del Conocimiento y Cultura Científica de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

 

Instalación Ikuspegia.

La humanidad lleva conviviendo con microbios de diverso tipo toda su historia. Una convivencia que pasa por épocas más pacíficas y por momentos más turbulentos a los que denominamos epidemias o pandemias. En un momento como el actual, en que una de estas pandemias ha revolucionado nuestra forma de vida, es especialmente interesante echar un vistazo a esa historia e intentar sacar de ella alguna enseñanza.

Con esa finalidad se han puesto en marcha multitud de proyectos académicos en estos meses. Por citar algunos, es muy interesante la síntesis de 19 momentos históricos elegidos por el Grupo Epidemia de la Universidad de Oviedo, el libro “El día después de las grandes epidemias” del medievalista de la Universidad Autónoma de Barcelona, José Enrique Ruiz- Domènec, y el libro “Virus y pandemias” del microbiólogo de la Universidad de Navarra Ignacio López-Goñi.

En la Universidad Pública de Navarra, desde la Cátedra Laboral Kutxa de cultura científica, también nos hemos querido sumar a este tipo de iniciativas con una instalación artística que sirva para incitar a esa mirada con perspectiva del momento actual. La instalación consiste en una escultura en la que cinco anillos de acero, de dos metros de diámetro cada uno, pretenden simbolizar cinco momentos de la historia, cinco grandes pandemias.

Dentro de cada anillo, un disco sólido representa el porcentaje de la población mundial que pereció a causa de esa enfermedad. Por último, con un taladro en cada uno de esos discos se simboliza el porcentaje de personas fallecidas a causa de la covid-19. El conjunto muestra un túnel del tiempo en el que se hacen muy patentes las enfermedades como obstáculos que ha sido necesario sortear para seguir adelante.

instalación Ikuspegia-En perpectiva. 

La instalación se completa con un sitio web en el que se da un poco de información sobre cada una de las cinco pandemias escogidas. Una parte de esa información está disponible también como locuciones a las que se puede acceder con el teléfono móvil a través de códigos QR, uno de esos elementos tecnológicos que, aunque existían desde hace mucho, se han hecho populares precisamente por las restricciones derivadas de la pandemia actual.

La selección de solo cinco momentos históricos de los muchos que se han visto marcados por enfermedades puede basarse en múltiples criterios. En nuestro caso hemos intentado que se cubriera un período amplio de la historia, que fueran pandemias propiamente dichas (de alcance mundial) y que fueran situaciones de gran impacto.

Grandes pandemias de la historia. por número de fallecidos.
Infografía elaborada a partir de Visual Capitalist. (2020, 14 marzo). Visualizing the History of Pandemics.

De la viruela al sida

1. Comenzamos en el siglo II con la peste que vivió Galeno, que mató al emperador romano junto con cerca del 5 % de la población mundial y que fue causada, probablemente, por viruela hemorrágica. En un tiempo tan remoto es imposible disponer de datos precisos. Por eso, tanto la población mundial como el número de fallecidos y la enfermedad de la que se trataba han de ser estimados a partir de las crónicas disponibles. Esta incertidumbre es aún mayor para enfermedades más antiguas.

2. A mediados del siglo VI, mientras Justiniano era emperador en Constantinopla, una oleada de peste bubónica acabó con cerca del 30 % de la población. Tan terrible balance tuvo consecuencias enormes en la demografía, la economía y la organización social. Esta pandemia contribuyó de forma importante al colapso del Imperio bizantino y, con ello, a un radical cambio de equilibrio político y económico en todo el Mediterráneo y Oriente Medio.

Vestimenta que llevaban los médicos para tratar la peste. Wikimedia Commons 

3. La tercera pandemia que representamos en la instalación es la peste negra, sufrida a mediados del siglo XIV y que supuso una mortalidad monstruosa. Se considera que en Navarra pereció el 60 % de la población. Más de 100 localidades en esta comunidad quedaron despobladas. La incidencia promedio en Europa se estima en el entorno del 40 %. Los “médicos de la peste” de entonces empezaron a utilizar una característica vestimenta, la versión ancestral de los actuales EPI, que todavía hoy es el motivo principal de los disfraces en el carnaval de Venecia. La peste volvió en múltiples oleadas, vez tras vez, hasta hoy.

4. Saltamos al siglo XX sabiendo que dejamos fuera grandes historias como la influencia de las enfermedades en la conquista de América y la introducción del alcantarillado moderno para luchar contra el cólera en el Londres del XIX. La penúltima pandemia plasmada en la instalación es la gripe de 1918, una variante especialmente agresiva de la gripe estacional que seguimos padeciendo cada invierno. En plena guerra mundial, y difundida en gran medida por las tropas, la padeció un tercio de la población mundial y causó más muertes que la propia guerra. Entre 50 y 100 millones de personas (alrededor del 5 % de la población mundial) perdieron la vida por la enfermedad.

5. Concluimos nuestra panorámica de estos eventos terribles con el sida, una pandemia que aún no podemos dar por concluida aunque que se ha controlado mucho gracias a los avances científicos y de salud pública. Un virus que se transmite por fluidos corporales (vía sexual y sanguínea principalmente) que ha matado a 35 millones de personas desde que empezó a hacerse patente a comienzos de los años 1980.

Un contexto para la covid-19

Con este repaso por momentos tan dramáticos no se pretende, ni mucho menos, minimizar el momento que estamos viviendo, solo se busca proporcionar contexto. Cuarentenas, confinamientos, vestimentas especiales para evitar contagios y mascarillas han existido desde hace siglos. La incertidumbre ante nuevas enfermedades ha generado cultos a dioses y santos, pero también odios a minorías; ha generado inmensos descalabros económicos seguidos de grandes oportunidades de desarrollo.

Una perspectiva como esta no tiene una lectura canónica, cada persona que se asome a ese repaso histórico encontrará el ángulo con el que mejor sintonice. Desde una Cátedra de cultura científica no podemos evitar señalar que en la pandemia que estamos viviendo el papel del conocimiento científico está siendo extraordinario. Nunca hemos estado tan preparados científicamente. Se dispuso de una identificación del patógeno que causaba la enfermedad, incluyendo la secuenciación de su genoma, en semanas desde que se detectó.

Además, se está logrando la inmunidad de grupo sin tener que exponer a la enfermedad a toda la población. El desarrollo de vacunas, efectivas y seguras, de diferentes tecnologías, es algo nunca visto en esa historia. Su fabricación masiva y distribución a toda la población mundial tampoco. Esperemos que podamos ponerlo en breve en la lista de singularidades de la pandemia que vivimos hoy.

Joaquín Sevilla, Catedrático de Tecnología Electrónica, Universidad Pública de Navarra y Eloísa Ramírez Vaquero, Catedrática de Historia Medieval, Universidad Pública de Navarra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Fast ciencia: Tras el coronavirus, ¿ha perdido credibilidad la ciencia?

Joaquín Sevilla Moróder, responsable de la Cátedra de Divulgación del Conocimiento y Cultura Científica, catedrático del Departamento de Ingeniería Eléctrica, Electrónica y de Comunicación e investigador del Instituto de Smart Cities (ISC) de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Lo normal es que a los medios de comunicación llegue el resultado final de confrontar estudios contradictorios. Con la urgencia de la pandemia, eso no sucede.

 

Con lupa. Así observamos a la comunidad científica desde que la pandemia de COVID-19 irrumpiera en nuestras vidas. Jamás habíamos estado tan pendientes de lo que hacen y lo cierto es que nunca habíamos conocido tan de cerca los resultados a los que llegan. Sin embargo, las conclusiones contradictorias se solapan, generando una gran confusión en la sociedad. ¿Vivimos en la era de la fast ciencia? ¿Nos llegan los resultados demasiado pronto sin estar suficientemente contrastados? Nos ayuda a comprender el momento actual Joaquín Sevilla, profesor de la UPNA y director de la Cátedra de Divulgación del Conocimiento y Cultura Científica Laboral Kutxa-UPNA.

¿Ha perdido la ciencia credibilidad?
No. El cambio fundamental es que estamos viviendo la ciencia bajo el microscopio. La estamos viendo en directo y nos llama la atención los mecanismos de funcionamiento interno que sigue, mecanismos que, normalmente, no salen a la luz pública. En contextos no tan urgentes, lo que nos llega son los resultados finales ya bien empaquetados en el consenso final. Ahora, la estamos viviendo en directo con todo el proceso de lucha interna entre las diferentes visiones hasta que, con el tiempo, se va asentando en base a la evidencia y se llega al descubrimiento definitivo.

¿Es bueno ver la ciencia en directo?
No sé si es bueno o malo, pero sí sé que es inevitable: como tenemos urgencia por conocer los resultados, estamos en la puerta esperándolos según salen. Esto provoca que nos encontremos con muchos estudios que otros diferentes van a desmentir. Es malo en el sentido de que vamos a ver muchas expectativas defraudadas y nos puede generar ansiedad; y es bueno porque los resultados interesantes los estamos conociendo antes, en el primer momento.

¿Es normal que existan resultados tan contradictorios?
Sí: la ciencia es así y lo normal es que haya resultados contradictorios. Cuando uno empieza a investigar un fenómeno desconocido, no sabe qué puede afectarle. Un equipo hace un tipo de experimentos y le sale un resultado; otro lo hace de otra forma y le salen otros resultados aparentemente contradictorios. El avance de la ciencia es ir realizando más experimentos para comprender mejor la realidad y, con el tiempo, resolver las disputas llegando a consensos y estableciendo el conocimiento más veraz posible, lo que, en otras palabras, es la ciencia. A los científicos no nos llama la atención que existan opiniones opuestas, porque en los congresos siempre hay este tipo de grescas. Sin embargo, ahora, como nos afecta tanto el resultado de la ciencia con la pandemia que estamos viviendo y la estamos siguiendo con lupa, esa confrontación resulta llamativa a la sociedad, pero, insisto, no a los científicos.

Así que los científicos, por naturaleza, dudan…
Así es: de hecho, es lo que diferencia a un científico de un vendehúmos. Cuando alguien tiene clarísimo que si te inyectas lejía vas a mejorar y otro te dice “es extremadamente improbable”, pero ni siquiera te dice “no o nunca”, solamente el uso de esa seguridad te da una idea de quién parte de un conocimiento claro (porque conoce hasta dónde llega y cuáles son sus límites) y quién parte de unas creencias que ha llevado más allá de lo razonable.

Sin embargo, asistimos a un baile de resultados tan opuestos, que la ciudadanía, en muchas ocasiones, no sabe qué creer. ¿Deberían estos estudios llegarnos más tarde?
No necesariamente. Quizá lo mejor sería que tuviéramos una educación y una cultura científica de cómo es el proceso de la ciencia para poder calibrar mejor el grado de veracidad de estos informes. Las recomendaciones que vienen de la fe y están escritas en libros sagrados no cambian nunca porque las dictó el profeta. En cambio, en la búsqueda de verdades científicas, precisamente el hecho de que las recomendaciones cambien, nos da una idea de que lo que hay detrás es el mejor conocimiento disponible. Pero este no es perfecto: no viene de Dios escrito en un libro. Si se van descubriendo nuevos aspectos, se va incorporando el conocimiento y se van cambiando las recomendaciones, de manera que estén a la última de lo que se sabe. Y se va sabiendo a medida que avanza el conocimiento.

¿Ha cambiado el coronavirus la manera en la que vamos a conocer los resultados de la ciencia en el futuro?
La forma en la que se publica la ciencia tiene tiempos muy largos. La estructura típica de los papers que recogen la información científica se estableció en tiempos de Pasteur y la manera de publicarlos, aproximadamente, en la Segunda Guerra Mundial. No me atrevo a decir que una tradición centenaria vaya a cambiar de la noche a la mañana, ya que su raíz es muy profunda y, de hecho, ha resistido muy bien la llegada de Internet, que ha revolucionado otros ámbitos, como el de la música o el cine. Sin embargo, el del documento científico sigue como si Internet no hubiera aparecido. Eso sí, lo que sí creo es que la pandemia ya ha traído consigo cambios en velocidades de publicación o en que se tomen los preprints más en consideración.

¿Cuál es el valor de los preprints?
Cuando estamos en pandemia y ganar dos semanas puede salvar vidas, es bueno acortar procesos. Los preprints posibilitan publicar antes el mismo artículo que envío para que me validen. Ese estudio seguirá el camino estándar de revisión por pares pero, mientras, ese conocimiento está circulando antes para que otros lo puedan aprovechar y acelerar las fases para hacer descubrimientos y combatir este maldito bicho que nos tiene atrapados en esta vida tan rara.

Entonces, ¿a favor de los preprints?
Totalmente. Me parece que el modo tradicional de publicación tenía mucho sentido en la era del papel, pero en la era de Internet sería más razonable un sistema de publicación en el que la sanción del resto de colegas, en vez de ser a prori, por unos pocos y en un procedimiento bastante oscuro, fuese a posteriori. Algo así como una especie de los likes de Facebook, pero en un entorno controlado. Cualquiera no podría darle un like a un artículo científico, pero lo ideal es que todo fueran preprints y que las valoraciones de otros científicos del campo se incorporaran como comentarios, de modo que fuera eso lo que sancionara o no ese conocimiento. Lo natural es que la ciencia avance en esta línea de socialización, en vez de estos procedimientos muy Gutenberg, basados en sobres lacrados y personajes secretos que, cada vez, tienen menos sentido.

¿Qué papel deberían jugar los medios de comunicación en estos momentos en los que los estudios van tan rápido que apenas están contrastados?
Me parece muy difícil decidir de qué se habla y cómo y ello requiere conocimiento y una cierta línea editorial. Los medios de comunicación deben ser muy profesionales e incorporar a periodistas especializados en ciencia. Es una gran responsabilidad saber a qué no dar visibilidad hasta que se aclare más o contarlo, ya que de todas formas otros medios más sensacionalistas lo van a publicar, pero añadiendo las contextualizaciones necesarias y contrastando la información con otros científicos.

Por último, ¿qué consejo le darías a un ciudadano para que pueda distinguir cuándo un estudio tiene verdadero valor y cuándo no?
En primer lugar, debe desconfiar de aquello que le gustaría que ocurriera. Y también de quien vende duros a pesetas porque, casi seguro, es mentira. Los problemas complejos tienen soluciones complejas y el que llega con la solución milagrosa, lo más probable es que sea mentira. Además, recomiendo buscar referentes, tanto medios como personas concretas, que nos merezcan confianza porque se la han ido ganando a lo largo del tiempo con opiniones sensatas y acertadas.

Descubre más sobre este tema escuchando el podcast “Con el coronavirus, ¿ha perdido credibilidad la ciencia?”, de Ciencia al punto, el podcast de divulgación científica de la UPNA.

Más información: 

«Virus en el sistema de publicaciones científicas», Joaquín Sevilla, Alberto Nájera y Juan Ignacio Pérez. The Conversation 3 mayo 2020

«Toma de decisiones y pandemias: conforme agregamos conocimiento, perdemos certeza», Joaquín Sevilla. The Conversation 21 marzo 2020

«Lessons from the influx of preprints during the early COVID-19 pandemic», Liam Brierly, The Lancet, March, 2021

«The evolving role of preprints in the dissemination of COVID-19 research and their impact on the science communication landscape»,  Nicholas Fraser et al. PLOS Biology, April 2, 2021

¿Quién es el responsable de un accidente en un vehículo autónomo?

Francisco Javier Falcone Lanas, profesor del área de Teoría de la señal y comunicaciones del Departamento de Ingeniería Eléctrica, Electrónica y de Comunicación de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

Tiempo de lectura estimado: 3 minutos

Llevamos muchos años viajando en vehículos autónomos sin ser conscientes de ello

 

Actualmente, ya existen vehículos autónomos que circulan solos, sin que nadie los conduzca. De hecho, muchos de ellos ni siquiera tienen volante. Otros, conservan la figura del conductor o conductora, pero incorporan la posibilidad de ponerlos en automático y funcionar sin la intervención humana. La tecnología avanza y la legislación, tratando de seguirle el ritmo, corre veloz tras ella, porque son muchos los dilemas éticos que plantea la posibilidad de que en nuestras ciudades transiten vehículos autónomos. Desgranamos algunos de esos retos con Francisco Falcone, profesor del departamento de Energía eléctrica, Electrónica y Comunicación de la Universidad Pública de Navarra.

¿Tenemos a nuestro alrededor más ejemplos de vehículos autónomos de los que somos conscientes?
Sin duda. Un ejemplo de ello son los aviones. La gran mayoría de los trayectos que realizan los hacen en piloto automático: eso es un dron y un vehículo autónomo desde hace muchos años. Y nadie se plantea o pone en duda que está sobrevolando el Atlántico a 9.000 metros de altura presurizado y el piloto está durmiendo. O cuando vamos a aeropuerto de Barajas, el tren subterráneo que une la T4 con la T4 Satélite es un tren autónomo: no tiene conductor.

Sin embargo, los vehículos autónomos todavía no han dado el paso a nuestras calles y carreteras…
Poco a poco lo van haciendo. Los prototipos de coches autónomos ya existen. Por ejemplo, Google Car (ahora Waymo) tiene desde hace varios años un coche que es capaz de conducir solo. Ciertos modelos de Tesla ya son capaces de, en un momento determinado, circular solos mientras sus ocupantes, por ejemplo, se echan una siesta en la autopista. En Estados Unidos van más adelantados en este sentido porque su propia realidad comercial es diferente.

Si la tecnología ya permite que existan coches autónomos, ¿por qué no están más extendidos?
Porque todavía hay muchas cuestiones éticas que resolver. Los vehículos autónomos tienen múltiples sistemas que contribuyen en la labor de conducción como son los sensores, la captura de información del exterior para poder establecer rutas y un elemento decisor que ayuda a realizar diferentes operaciones como disminuir o aumentar la velocidad, girar o detenerse: es su propio razonador o inteligencia artificial. La duda se plantea cuando el razonador debe tomar una decisión que puede poner en peligro la vida de los ocupantes del vehículo o de quienes se encuentren fuera de él. ¿Cómo toma esa decisión y, en caso de que haya un accidente, quién es el responsable subsidiario? Es la gran cuestión legal que ahora se plantea con la utilización del vehículo autónomo como tal y, probablemente, un reto mayor que el propio tecnológico.

Y en caso de accidente, ¿quién es el responsable?
Ahí está el quid de la cuestión. Hoy, si tú tienes un accidente en tu coche, está claro que puedes ser el responsable dado que tú conduces. Pero si estás montado en un coche que no tiene pedales ni volante y sufres un percance, ¿quién es el responsable? ¿Lo es el fabricante del vehículo? ¿Lo es el gestor de la infraestructura de telecomunicaciones? ¿Lo es quien ha integrado el razonador? Son temas candentes que no tienen una respuesta sencilla.

¿Qué criterios debería seguir ese razonador ante, por ejemplo, un posible accidente?
Teóricamente, el razonador debería ponderar todas las variables incluidas las de coste humano y adoptar como respuesta aquella que le dé un daño humano mínimo. Por ejemplo, si voy a atropellar a cinco personas y, a cambio, yo sufro un accidente si no las atropello, pues lo que debería hacer el razonador es esquivar a esas personas.

¿En qué punto se encuentra hoy en día la legislación?
En China y en Estados Unidos nos llevan ventaja y, desde finales del 2020, ya está operativa la legislación que regula a los vehículos tipo 4, es decir, aquellos que son cuasiautónomos. En otras palabras, un coche normal que puede conducirse solo, pero en el que siempre su ocupante tiene la opción de tomar las riendas si lo desea. En Europa, en breve, dispondremos de la normativa para los vehículos autónomos de categoría 4 y trabajan para que la legislación de los vehículos totalmente autónomos (los llamados de categoría 5) esté lista para el año 2030.

Hablemos ahora de seguridad: ¿una máquina conduce mejor que un ser humano?
Yo creo que sí. No tanto porque sea la máquina quien toma la decisión, sino porque su agilidad y capacidad de cálculo para ponderar variables es más rápida que la del ser humano. Ante un imprevisto, el tiempo de respuesta de un conductor en plenas facultades puede ser de 200 milisegundos que, traducidos en metros recorridos, son una distancia considerable. En cambio, los últimos sistemas de comunicaciones 5G tienen un retardo objetivo de un milisegundo. Si a ello le sumas que una máquina detecta la presencia de un peatón con cámaras y sensores mejores que el ángulo de visión del ser humano, está claro que va a frenar antes. De hecho, ya es posible comprar vehículos autónomos de categoría 2 que incorporan sistemas de frenado automático, capaces de detectar a un peatón y detenerse solos. ¿Y por qué lo hace el coche por ti? Porque está claro que lo va a hacer antes que tú. Otra cuestión es que ese sistema pueda no valorar otros criterios que no sean matemáticos.

Viajar en un vehículo totalmente autónomos es un acto de fe: depositamos toda nuestra confianza en la tecnología. Pero ¿qué ocurre si esta falla?
¿Hay accidentes de avión? Sí, los hay. ¿Hay muchos? Si los comparamos en porcentaje con vehículos rodados, hay muchos menos. Los vehículos autónomos, si van a ser puramente autónomos, deberán tener sistemas de seguridad redundantes para que este tipo de fallos ocurran lo menos posible. En el proceso de diseño habrá mucha seguridad duplicada o triplicada. Pero estamos en ese camino. Mientras tanto, habrá que apostar por vehículos más parecidos a los del tipo 4, es decir, que en el caso de que tengan un fallo, te permitan retomar el control. Y así, si no te funciona el guiado automático, deberás ser tú mismo quien guíe al coche.

¿Realmente vamos a ver en un futuro inmediato autobuses autónomos sin nadie al volante?
Llegarán, pero ahí me atrevo a vaticinar que no será en el 2030 y, probablemente, tampoco en el 2040. Tardaremos en verlos precisamente por las salvaguardas que debemos tener. Pero llegarán. De hecho, ahora ya hay trenes donde no existen conductores. Lo que es indudable es que la tecnología va a tener que evolucionar y ser tan eficiente y segura que se le dé por hecho ese valor.

Descubre más sobre este tema escuchando el podcast “¿Te echarías una siesta en un coche autónomo en marcha?” de Ciencia al punto, el podcast de divulgación científica de la UPNA.

Más información:

Video descriptivo de Waymo

Legislación sobre vehículos autónomos (EE. UU.)

Movilidad conectada en Europa

¿Puede la fibra óptica diagnosticar (incluso predecir) enfermedades?

Abián Bentor Socorro, profesor del área de Tecnología Electrónica del Departamento de Ingeniería Eléctrica, Electrónica y de Comunicación  de la Universidad Pública de Navarra (UPNA)

«Con la ayuda de la fibra óptica, la nanotecnología y biosensores podemos llegar a predecir si vas a padecer determinadas enfermedades»

Tiempo estimado de lectura: 3,5 minutos

Es de sobra conocida la capacidad de la fibra óptica para transmitir datos: no podríamos navegar a alta velocidad a través de Internet sin ella. Sin embargo, sus múltiples facetas en el campo de la medicina permanecen más en la sombra. La fibra óptica, a través de impulsos de luz, es capaz de curarnos… e ir más allá logrando diagnosticar, e incluso predecir, enfermedades. Abián Bentor Socorro Leránoz, profesor de ingeniería en la Universidad Pública de Navarra e investigador en aplicaciones de fibra óptica y luz en el ámbito médico, nos ayuda a descubrir el potencial de la fibra óptica.

Cuando hablamos de fibra óptica…
…nos viene directamente a la cabeza el cable que nos trae a nuestras casas Internet. Sabemos que la fibra óptica propaga datos, pero lo que no sabemos es que sirve para curarnos. Podemos guiar su luz con diferentes intensidades y, por ejemplo, quemar o reparar tejidos, pero también, introducirla dentro del cuerpo a través de mínimas incisiones y operar, sin necesidad de abrir en canal al paciente. Es tan fina y flexible que nos permite llegar a ubicaciones del cuerpo humano que, de otro modo, sería muy complicado. Pero, además, podemos utilizar la fibra óptica para detectar enfermedades y saber si esa persona está sana o tiene una enfermedad.

Sabemos que, entre otros usos, la fibra óptica se emplea para eliminar varices o piedras del riñón, practicar endoscopias, realizar tratamientos de estética o hacer desaparecer tatuajes, pero ¿de qué manera es capaz de detectar enfermedades?
Empleando técnicas de química y nanotecnología y aplicando conocimientos de telecomunicaciones, podemos crear lo que se llaman “biosensores” ópticos. Con ellos somos capaces de recubrir la fibra óptica y generar fenómenos físicos que, luego, podemos medir, como absorción de luz, luminiscencia, interferometría o resonancias. Una vez generados estos fenómenos físicos, colocamos moléculas biológicas tales como anticuerpos, enzimas, proteínas o el propio ADN. En función de la relación unívoca que existe entre esas moléculas que depositamos en la fibra y aquellas para las que se sabe que están diseñadas, podemos llegar a descubrir si la persona está enferma o no y en qué estadío.

¿Puede la fibra óptica incluso predecir enfermedades, sin que se haya desarrollado la patología o exista el menor de los síntomas?
Así es. Somos genética y, dentro de nuestro código genético, están implementadas las enfermedades que podríamos llegar a sufrir en un futuro que, a veces, se manifiestan, y a veces, no. A través de un biosensor de fibra óptica podemos llegar a saber si tenemos predisposición a una enfermedad o vamos a llegar a padecerla. Si existe una manifestación química dentro del cuerpo, es posible detectar esa molécula que dice que voy a empezar a tener una cierta enfermedad y así, poder reaccionar.

Con todas las consecuencias éticas que esto tiene…
Hay personas que han querido saber qué enfermedades podrían llegar a tener y, en base a eso, sin esperar a los síntomas, actuar antes de tiempo. Llegar a saber que, por ejemplo, en un futuro podrías desarrollar Alzheimer, cambia tu vida y la de la gente que tienes alrededor. Quizá comenzaríamos a vivir mejor o hacer cosas que probablemente no haríamos en una situación normal. Para ello diseñamos los biosensores, para adelantarnos o, si ya hay síntomas, ponerle nombre a nuestra dolencia.

Un diagnóstico precoz supone ganar posibilidades frente a la enfermedad… ¿y también ahorrar costes?
Por supuesto. Detectar una enfermedad antes de que esta se manifieste y llenemos las UCIs, evitaría un sobrecoste al sistema sanitario. Además, identificar a tiempo enfermedades que son crónicas, como el Alzheimer, la diabetes, la celiaquía, etc. supone atender al paciente en Atención Primaria y evitar el traspaso a las urgencias o al hospital, lo que implica un coste añadido al sistema. No estamos en los mejores tiempos para gastar de más, y menos en el futuro, cuando la población esté más envejecida. Si lográramos disponer de estos biosensores en Atención Primaria, podríamos detectar enfermedades crónicas y retrasar, en la medida de lo posible, el ingreso en el hospital.

En esa línea, ¿en qué proyectos estáis trabajando desde la Universidad Pública de Navarra?
Actualmente, en la UPNA estamos desarrollando aplicaciones de fibra óptica para detectar enfermedades como Alzheimer, celiaquía, ictus y otras, colocando en cada caso el anticuerpo adecuado en la fibra. Incluso, a través del aliento, integrando tecnología de fibra óptica en un proyecto realizado con la empresa Eversens, colocando un sensor entre los pacientes y la máquina. Este sensor es capaz de medir diferentes parámetros para detectar enfermedades y ver el estadío en el que nos encontramos.

Tecnología y salud unidas… ¿Inseparables?
Nuestro objetivo es ayudar a los médicos a curar a las personas y es precisamente el trato con la ingeniería y la medicina lo que estamos tratando de introducir tanto en los grados de ingeniería biomédica como de medicina de la UPNA. El hecho de que los médicos sepan hablar en lenguaje ingeniero y la ingeniería sepa hablar el lenguaje médico, es esencial para que se puedan generar proyectos comunes en base a una necesidad médica. Los médicos hoy en día nos están salvando, pero también hay que tener en cuenta que, si lo están haciendo es porque tienen a su disposición una tecnología que se está desarrollando en grupos de investigación que convierten una base científica en tecnología para ayudar a los pacientes.

Descubre más sobre este tema escuchando el podcast ¿Podrá la fibra óptica detectar y predecir enfermedades?, el podcast de divulgación científica de la UPNA.

Más información:

Publicaciones Científicas CASEIB. En esta web es posible descargarse el libro de actas del Congreso Anual de la Sociedad Española de Ingeniería Biomédica del año 2017. Entre las páginas 455 y 458, se encuentra la comunicación oral en castellano que describe los últimos trabajos realizados por nuestro grupo de la Universidad Pública de Navarra. Estrictamente, su referencia es:

Ponencia oral: “Biosensores basados en tecnologías de fibra óptica recubierta con materiales nanoestructurados”, A.B. Socorro-Leránoz, I. Del Villar, C. Elosúa, P. Zubiate, J.M. Corres, C. Bariáin, J. Goicoechea, S. Díaz, C.R. Zamarreño, M. Hernáez, P.J. Rivero, A. Urrutia, P. Sánchez-Zabal, N. De Acha, J. Ascorbe, D. López, A. Ozcáriz, L. Ruete, F.J. Arregui, I.R. Matías, XXXV Congreso Anual de la Sociedad Española de Ingeniería Biomédica (CASEIB 2017), Bilbao (España), 29 noviembre – 1 de diciembre de 2017.

Fibra óptica para diagnosticar y curar. 6 de abril de 2015. Artículo de Abián Bentor Socorro Leránoz publicado en la revista Investigación y Ciencia.

Salvad@s por la fibra (I). 25 de julio de 2018. Artículo del autor en el blog Traductor de Ciencia.

Destellos de luz. Noviembre 2015. Libro de Abián Bentor que incluye un capítulo sobre los usos médicos de la luz, incluidas las técnicas que emplean fibra óptica.

Trends in the design of wavelength-based optical fibre biosensors. (2008–2018) A.B.Socorro-Leránozab D.Santanoa I.Del Villarab I.R.Matiasab.

Trends in Fibre-Optic Uses for Personal Healthcare and Clinical Diagnostics. A. B. Socorro, S. Díaz.